España
Querido Pablo
Salvador Sostres.- El PP ha pedido más tiempo para Pablo Casado pero quien tiene que pedirlo es él. Yo le tengo un gran aprecio a Pablo. Me gusta, me interesa, le respeto y me cae muy bien. Me parece que lo anuncié hace meses pero para que quede claro, certifico que le voté. Y viendo hoy los resultados, continúo creyendo que mi voto fue el adecuado.
Pero si quiere tiempo tiene que salir a pedirlo él y a explicarnos para qué lo quiere. No digo que tenga que hacerlo mañana, pero a la mayor brevedad posible ha de preguntarse honestamente si tiene algo que ofrecerle al PP, al centro derecha español y a España en general, y si es capaz de poderlo explicar para que podamos entenderlo. Porque lo sustancial, lo que verdaderamente importa, no es si Pablo tiene “derecho” a más tiempo, tal como sus antecesores lo tuvieron, perdiendo dos elecciones; sino el derecho que tienen los españoles de buena voluntad a tener un centro derecha propositivo, estable, centrado y con vocación mayoritaria. Pablo no puede pensar en sí mismo, ni lamerse las heridas, ni eludir el hondo examen de conciencia que ha de llevarle a dilucidar si realmente su continuidad tiene algún sentido.
Yo pienso que España necesita tener de vuelta cuanto antes a su partido alfa, el de los propietarios, un centro derecha conservador y moderado, más bien liberal en lo económico, aunque compasivo de fondo -más compasivo que solidario, esa palabra la izquierda ha embrutecido tanto-; un partido como el que el presidente Rajoy lideraba, que pese a lo que digan las histéricas desbarató el golpe al Estado que hubo en Cataluña, dejó al independentismo sin un propósito claro, peleado, y sin articulación política posible, y lo consiguió además sin generar más bronca que la estrictamente necesaria.
Un PP como el de Rajoy, que ganaba elecciones en las situaciones más angustiosas, cuando todos los líderes de los países de nuestro entorno las perdían por causa de los populismos y la crisis. Un PP sólido, previsible, tranquilo, tal vez con las ideas más claras en la batalla contra el totalitarismo feminista. España no puede depender de un Narciso sin escrúpulos como Rivera, ni el centro derecha puede mirarse en el espejo de Vox porque esto es regalarle a los socialistas -y cosas peores- el centro y por lo tanto La Moncloa.
Ya hemos visto dónde nos ha llevado el voto impulsivo, el voto de darse el gustazo, la injusta impaciencia con que hemos tratado al PP, el no entender -como lo entendió enseguida el presidente Rajoy- que España es un país de izquierdas en el que la derecha sólo gana cuando está milimétricamente centrada. Ya hemos visto dónde nos ha llevado tanta arrogancia del más listo de la clase: muchísimas gracias y muchísimas felicidades.
Ahora podríamos volver a entender la realidad antes de querer cambiarla, entender a los españoles, entender cómo funciona España, y votar con el cerebro y no con cualquier otra víscera. Éste es el único camino que tiene el centro derecha para recuperar el poder, y por mucho que algunos se empeñen en estridencias que yo intelectualmente puedo perfectamente compartir, y defenderlas en mis artículos, de camino sólo hay uno, y tarde lo que tarde esta nueva derecha tripartita en darse cuenta, continuará habiendo sólo uno, será exactamente el mismo, y la única diferencia son los años.
Los años que permitiremos que Sánchez continúe en el poder secándonos la prosperidad y disparando contra todas y cada una de nuestras esperanzas.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
