España
Rita Maestre ve «patético» que Ayuso fuera sin velo a Arabia Saudí y no que ella mostrara sus feas tetas en una capilla católica
La portavoz mediática de Más Madrid, Rita Maestre, ha calificado de «patético» el gesto de la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, en Arabia Saudí a cuenta de la Supercopa, cuando pretendió ser «la adalid en la lucha de los derechos de las mujeres». Ver el patetismo en el ojo ajeno y no cuando la hoy portavoz de Más Madrid entró en una capilla católica, junto a un grupo de rabiosas feministas, mostrando sus feas tetas, confirma que la obeiencia izquietista se trata e una patología moral de muy difícil sanación.
La portavoz mediática de Más Madrid, Rita Maestre, ha calificado de «patético» el gesto de la presidenta de la Comunidad, Isabel Díaz Ayuso, en Arabia Saudí a cuenta de la Supercopa, cuando pretendió ser «la adalid en la lucha de los derechos de las mujeres».
No son de ahora los extraños comportamientos de la mayoría de la izquierda europea cuando se trata de hacer frente a la mema de eechos que sufren las mujeres en muchas sociedades islámicas.
Su refinamiento ideológico se acentúa cuando desempolvan las acusaciones de racismo y xenofobia si alguien osa alertar de los peligros del integrismo en templos y oratorios, pero utilizan toda su artillería verbal y demagógica cuando algún sacerdote católico se atreve a expresar alguna orientación moral dirigida a sus fieles. Si un obispo opina sin imponer o recomienda sobre cuestiones morales, parecen reventar, por la reacción de los izquierdistas, las costuras de la sociedad; si un imán aconseja castigar a las mujeres, les dicta la forma de vestir y pretende coartar la libertad de expresión de todos e instaurar el delito de blasfemia, debe ser admitido como muestra de una particularidad cultural y religiosa.
El marxismo califica la religión como el opio del pueblo, dado que predica la sumisión y la aceptación de la propia condición como algo inevitable, aconseja resignación y la espera de la recompensa en el más allá, lo que favorece a los ricos y poderosos, pero parece que la interpretación actual afecta sólo al cristianismo, pues se olvida del islam.
Los partidos de izquierda tienen a gala, según ellos, ser los máximos defensores de la mujer y de los homosexuales, pero su jurisdicción se detiene a la puerta de las mezquitas, aunque en las iglesias penetra hasta el sagrario. Más dramático aún es que se ignoren las sistemáticas condenas a muerte que se dictan contra ellos en varios países cuya legislación se inspira en El Corán.
El alcalde, José Luis Martínez-Almeida, defendió a su compañera de partido escribiendo en un tuit que ella había «hecho más por los derechos y libertades de las mujeres que el feminismo*de las bonitas y de los bonitos».
A Almeida le espeta que sus «gracias» sólo las aplauden en Vox, el mismo partido que «revienta los actos sobre la violencia machista». «Esas son las actitudes de quienes le ríen las gracias al alcalde», ha defendido.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
