España
Rosa Díez cree que Junqueras tiene que dar su visto bueno al informe de la Abogacía del Estado
Rosa Díez considera que «en términos democráticos», las palabras de la ministra y portavoz del Gobierno Isabel Celaá desdeñando la vía judicial para el conflicto catalán, es «lo más fuerte» que ha escuchado nunca. «Hay que seguir tratando políticamente los temas que afecten a la cuestión catalana. No llevando lo judicial – ya ha sido bastante la herencia que se nos ha dejado, que es la sentencia del procés, por haber tratado lo que era político por el ámbito judicial. – y sigamos por la vía política», dijo la ministra el viernes pasado tras el Consejo de Minisitros.
Unas palabras que, pese a que no han levantado una fuerte polvareda, han indignado a la exdiputada. «Me parece un acto de corrupción política de un calibre máximo. Que no hay que juzgar a los delincuentes siempre que sean políticos y estén de acuerdo con el gobierno. Es decir, si eres un político y cometes un delito pero eres socio de Sánchez, no te pueden juzgar. En términos democráticos, es lo más fuerte que yo he escuchado en los últimos tiempos. Sánchez pide impunidad para los políticos delincuentes si son de la cuerda de Sánchez. ¿Qué hubiera pasado si esto lo hubiera dicho un dirigente del PP en pleno juicio de la Gürtel?», se ha preguntado Díez.
Además, alerta de que el informe de la Abogacía del Estado a favor de Junqueras podría ser usado por los independentistas en Europa para dar la imagen de la Justicia España. «Va a servirles para hacer propaganda contra España. Por eso insisten en este informe aunque no sea vinculante. ¿Y por qué no termina de salir? Porque el borrador lo está mirando Junqueras», ha dicho. Y asegura: «El hecho de que la investidura del presidente dependa de un informe a la carta de la Abogacía del Estado que satisfaga a un delincuente condenado en sentencia firme por sedición y por malversación es un desprestigio para España tremendo».
Por último, Díez ha alabado el discurso de Felipe VI en Nochebuena. «El Rey recogió algunas de las cosas que son obviedades: que los extremos son negativos, que España ha hecho muchas cosas en su historia de las que tenemos que estar orgullosos, elogió la Transición, pidió unidad… Son obviedades pero es necesario que sean recordadas. Sobre todo porque si alguien me hubiera dicho hace nada que iba a ver a un socialista mendigar el apoyo de un delincuente, no me lo hubiera creído. Y si me dicen que el PSOE iba a tragar, tampoco», ha concluido.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
