Sociedad
Simón culpa a los españoles de la tercera ola: «La gente lo pasó mejor de lo que debía»
El epidemiólogo descarta «por ahora» un confinamiento estricto como el vivido el pasado mes de marzo.
El director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón, ha apuntado a las pasadas festividades navideñas y a la ciudadanía como responsables del aumento de contagios y del crecimiento de la incidencia acumulada. Hecho que está introduciendo al país en la tercera ola de la covid-19.
«Queramos o no, todos somos conscientes de que en Navidades la gente lo pasó mejor de lo que se lo debía haber pasado. Ya podíamos proponer lo que fuera que sabíamos que esto iba a pasar«, ha apuntado Simón.
Las declaraciones han tenido lugar este jueves, en la tradicional rueda de prensa que concede el Ministerio de Sanidad, en la cual notifica el avance de la pandemia de la covid-19 en el territorio español. España, desde el pasado miércoles, ha notificado 35.878 nuevos casos de coronavirus, 16.676 de ellos con diagnóstico en las últimas 24 horas. Asimismo se han registrado, en el mismo período, 201 muertes a causa del virus.
Descarta un confinamiento domiciliario
Fernando Simón ha insistido en que, «por ahora», no es necesario aplicar en España un confinamiento estricto como el decretado en los meses de marzo y abril.
No obstante, ha avisado de que si las medidas que las comunidades autónomas están aplicando para frenar la transmisión del coronavirus no logran reducir la incidencia de contagios, las Unidades de Cuidados Intensivos (UCI) pueden llegar a una situación crítica.
«El confinamiento estricto está sobre la mesa, pero hay margen todavía para otras medidas», ha aseverado, para recalcar que lo que están realizando las comunidades autónomas para frenar la expansión de la covid-19 pone a España en una situación «muy similar» a la de otros países europeos como, por ejemplo, Francia o Alemania.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
