España
Teniente coronel Area Sacristán: «A nuestros abuelos les pidieron que fueran a la guerra. A nosotros sólo nos piden que nos quedemos en casa»
Enrique Area Sacristán.- A nuestros abuelos les pidieron que fueran a la guerra. A nosotros sólo nos piden que nos quedemos en casa.
Hemos vivido en plena pandemia mundial cómo unos dirigentes y “dirigentas” políticas entre los que se encuentran presidentes de partidos políticos, secretarios y diputados y senadores, de un lado, y ministras del gobierno de la Nación por otro, comportamientos insolidarios con la sociedad que ha producido una elevación sustancial en el número de casos de la enfermedad pandémica poniendo a toda la Sociedad en peligro.
No hay duda de que las enfermedades mentales de estos dirigentes y sus desajustes de la personalidad están relacionados con algunos tipos de comportamiento desviado. Esto es tan cierto como que el comportamiento desviado se toma con frecuencia como un signo en el diagnostico de la enfermedad mental. Uno es diagnosticado como enfermo mental a causa de su comportamiento, y luego este comportamiento se atribuye a la enfermedad mental. Algo así como:
“Él está desviado porque es un enfermo mental.” “¿Qué te hace pensar que él está mentalmente enfermo?” “Su comportamiento desviado”.
Este comportamiento no es el único síntoma utilizado para diagnosticar las enfermedades mentales. Probablemente es cierto que la enfermedad mental o el desajuste serio de la personalidad no es mucho más común entre los desviados que entre otras personas, pero da la casualidad de que quien tiene la responsabilidad de gobernar, orientar, influir, incentivar y dirigir a los miembros de la sociedad, realiza estas funciones a sabiendas de que es perjudicial para todos con la intención escondida de ganar unos votos en política apoyando a una serie de desviados, también, que se dejan llevar por estos dirigentes, enfermos mentales o, en el peor de los casos, hijos e hijas de puta.
Esto que ocurre en nuestra Nación es un claro ejemplo de anomía, término que se traduce, más o menos, como falta de normas. Describe una sociedad que tiene conjuntos de valores y de normas muy conflictivos. Ningún conjunto es apoyado con bastante fuerza y aceptado con suficiente amplitud para ser muy obligatorio. Así que, la actitud del respeto a la salud y bienestar del prójimo y, por ende, del equilibrio de la Sociedad, no es obligatorio, aunque la inobservancia de las normas gaseosas y contradichas no se respeten aunque esto provoque la saturación de los medios sanitarios para salvar vidas.
Merton (1938) lanzó la teoría de que la anomia se desarrolla a partir de la falta de armonía entre las metas culturales y los medios institucionalizados para conseguirlos. Muchos de los que estuvieron en esas manifestaciones masivas de desviados, con capacidades normales y sin “oportunidades o “conexiones” especiales tienen muy pocas oportunidades verdaderas de triunfar, de llegar a ser ricos como sus lideres siguiendo las reglas, por lo que deciden violarlas.
La teoría de Merton se ajusta muy bien a muchos tipos de desviados, especialmente a los pobres y a los de condición social baja, demostrada en sus manifestaciones externas de la disciplina de grupo como podemos haber visto en la parcialísima manifestación de feminazis en Madrid, monopolizada por parte del Gobierno para demostrar su poder sobre ciertas clases de féminas.
Pero la desviación aparece también entre los ricos y los triunfadores. El activismo radical entre los estudiantes en la década de los setenta difícilmente puede atribuirse a “falta de oportunidades” para obtener un triunfo convencional.
McClosky y Schaar (1965) sugieren que la falta de normas puede ser simplemente un aspecto de una visión negativa y desesperada de la vida y de la sociedad. Encuentran que las personas que tienen una puntuación alta en las escalas anómicas también muestran alta puntuación en hostilidad, como quedó demostrado en la manifestación “político-feminista” contra aquellas que no compartían su ideario progre, ansiedad, pesimismo, autoritarismo, cinismo político y otros síntomas de alienación.
El concepto de alienación es más inclusivo que el de anomía. Aunque las definiciones varían, la mayor parte de los sociólogos seguimos la definición de Seeman, que incluye las dimensiones de impotencia, ausencia de normas, aislamiento y auto separación. La persona alienada no sólo no ha interiorizado plenamente el sistema de normas obligatorias, sino que también se siente víctima indefensa y débil de un sistema social impersonal y despreocupado en el que él o ella no tienen cabida.
Pero lo más importante de todo empieza con el hecho, y ya termino, de que no podemos tener infractores de las Leyes y normas de convivencia si no hay legisladores cuerdos, no enfermos mentales, que cuiden de los sectores de población que, en casos como éste, se encuentran en riesgo de muerte.
Ellos son nuestros mayores, nuestros abuelos que vivieron y les mandaron ir a la guerra en uno u otro bando, personas que padecieron el hambre después de la guerra y que trabajaron para ofrecernos una vida mejor de la que ellos habían tenido. Sólo nos piden a nosotros que nos quedemos en casa.
Es de rigor que lo hagamos y no justifiquemos, por respeto a ellos, a los hijos de puta, que no enfermos mentales, a algunos dirigentes y “dirigentas” políticas de cualquier signo.
*Teniente Coronel de Infantería y doctor por la Universidad de Salamanca
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
