Sociedad
«Todo está oscuro»: Naves en Llamas analiza en su último número las principales claves de la crisis de Occidente
La Revista Naves en Llamas, que poco a poco se está convirtiendo en la publicación de referencia del pensamiento conservador en español, centra su último en analizar en profundidad las principales claves de la dramática crisis política, social y cultural que atraviesa Occidente.
Bajo el título genérico de “Todo está oscuro”, el más reciente número de Naves en Llamas se abre con un artículo en profundidad del historiador David Engels, dedicado en esta ocasión a explorar las razones por las que es posible afirmar que el mundo occidental puede ser considerado como una “civilización en declive”. Además, los periodistas y analistas de Naves en Llamas repasan en profundidad cuestiones como el rapidísimo reemplazo poblacional que se está viviendo en el viejo continente, la islamización de Europa país por país, el quintacolumnismo musulmán y las nuevas amenazas terroristas.
Además, en este número de Naves en Llamas también se incluyen amplios artículos y ensayos sobre el fanatismo de género, el populismo sexual, la corrección política, la censura ideológica, el integrismo medioambiental o los múltiples ejemplos que se producen en todo Occidente, desde Australia a Gran Bretaña, pasando por España, Francia, Alemania o Estados Unidos, de silenciamiento del pensamiento conservador.
El último número de Naves en Llamas también incluye ensayos en profundidad de Carlos X. Blanco (Educación), Antonio Ríos Rojas (“Darwinismo e Islam”), Yolanda Couceiro Morín (“La gran sustitución”) y, por supuesto, la ya habitual página editorial del director de la publicación, Raúl González Zorrilla.
Como ya es habitual, Naves en Llamas puede adquirise en su web www.navesenllamas.com o a través de Amazon.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
