Opinión
Ucrania, o por qué la nueva derecha lleva siempre razón
El aumento de riqueza que te proporcionan los mercados globalizados te otorga una libertad aparente: puedes comprar más y más cosas, más y más baratas. Pero, si no te guardas las espaldas y olvidas dedicar parte de tales beneficios a proteger tus propios productos, esa libertad se transmutará en sumisión a otros países antes o después.
Decía el escritor Gore Vidal que las palabras más hermosas en nuestras charlas cotidianas eran tres: “Te lo dije”. Pero seguramente erraba. Baste recordar que cuando el dios Apolo quiso castigar a Casandra optó por concederle el don de la profecía, sí, pero acompañado de la incredulidad de todos cuantos la escuchasen. Casandra vagó desde entonces desesperada por el mundo: siempre llevaba razón, pero nadie se la daba. O, mejor dicho, se la daban, pero demasiado tarde. Y poco la consolaban entonces las tres palabras de Gore Vidal.
La política se parece al mundo de Casandra. Y estos días hemos tenido ocasión renovada de comprobarlo. Mientras nos conmueve el sufrimiento de los ucranianos, algunas verdades asoman por entre el humo de los misiles hipersónicos. Todas ellas son verdades que nuestro establishment suele tildar de incómodas, inconvenientes o simplemente fachas.
Pero a la verdad le da igual el modo en que la adjetivemos. Incluso le es indiferente que la conozcamos o no. Es a nosotros, los mortales, a quienes nos interesa familiarizarnos con sus mensajes. Mensajes como estos cuatro que nos desvela poderosa la invasión rusa de Ucrania.
- La soberanía económica importa
La pandemia de covid-19 ya nos lo dejó advertido: dejar que se fabriquen fuera de tu país artículos de primera necesidad o de emergencia, como las mascarillas, puede resultar lucrativo en tiempos de bonanza, pero letal cuando las cosas vienen mal dadas.
La guerra de Ucrania viene a corroborarlo. El comercio con otros países es fuente de riquezas indudable; mas, como toda fuente de lucro, no debe hacernos olvidar la ética: en este caso, la virtud de la moderación. La avaricia rompe el saco de las ventajas comerciales. Si dejas que todos tus productos esenciales (de la energía al trigo, del girasol al pienso) provengan de mercados extranjeros, tu situación es tan endeble como la de un supermercado con ventanales de cristal fino y sin guardias de seguridad. Cuanto más te enriquezcas, más amenazado estarás.
Frente a un liberalismo que se fija solo en lo bien que marchan las cosas en los mercados cuando cada cual busca su beneficio, se alza la eterna naturaleza humana: somos una especie capaz de dilapidar nuestras propias ventajas (incluidas las monetarias) por mil y un motivos. Ambición, ira, resentimiento, vanidad, idiotez… Por ello acierta la nueva derecha cuando insiste en que, más allá del comercio, importan las soberanías nacionales. El aumento de riqueza que te proporcionan los mercados globalizados te otorga una libertad aparente: puedes comprar más y más cosas, más y más baratas. Pero, si no te guardas las espaldas y olvidas dedicar parte de tales beneficios a proteger tus propios productos, esa libertad se transmutará en sumisión a otros países antes o después. Ucrania nos demuestra que más bien antes.
Cuidar a tus agricultores, a tus ganaderos, a tus trabajadores industriales; aprovechar las oportunidades mineras o energéticas de tu país; favorecer la comercialización de todo ello no es solo un deber hacia nuestros compatriotas: es también una jugada inteligente en el cambiante tablero del mundo. Donde quizá el horticultor de cerca de casa te ofrezca productos algo más caros. Pero que se vuelven baratos cuando reparas en que, al comprarlos, estás pagando asimismo tu seguridad.
2. La Defensa de tu nación importa
Esta verdad se ha impuesto entre nosotros con tal potencia que ya incluso un veleidoso como nuestro presidente del Gobierno la admite. El mismo Pedro Sánchez que en 2014 afirmó que el Ministerio de Defensa sobraba, ahora se compromete a aumentar nuestro misérrimo presupuesto para tales afanes. La principal función de las veletas es señalarnos por dónde sopla el viento en cada momento.
Tampoco estaría de más recordar la principal función de los mapas: una ojeada al nuestro basta para comprobar que no somos Luxemburgo ni Mónaco. Contamos con una frontera más que endeble en nuestro flanco sur; ya no solo porque sea acosada por la inmigración ilegal, sino también porque ni uno solo de nuestros vecinos marroquíes reconoce como españolas ni Ceuta ni Melilla (a menudo tampoco las islas Canarias).
La guerra de Ucrania nos está recordando una verdad que parecía olvidada: las fronteras solo son inviolables en el empíreo del Derecho internacional; aquí abajo, en el mundo real, las fronteras se han violado y seguirán violando una y otra vez. Y ello no se evita agitando indignados unos cuantos legajos legales de la ONU, sino mostrando a tu rival lo mucho que saldrá perdiendo si osa invadirte. Aunque en ocasiones ni siquiera esa disuasión funciona. En ocasiones solo podrás interponer, ante sus ansias de subyugarte, unas cuantas fragatas y unos cuantos cañones. Los ucranianos nos refrescan día y noche esa lección.
Nuestras democracias se han fundado sobre la idea, típica de Montesquieu, de que es mucho mejor parecerse a un pacífico comerciante que a un belicoso militar. Lo que Montesquieu, y tantos otros detrás de él, ignoraron e ignoran es que solo gracias al valiente soldado, y sus virtudes castrenses, puede el manso mercader concentrarse en sus negocios apacibles.
3. El mundo es ancho y agreste
Hace cinco años causaron alguna hilaridad ciertas declaraciones del entonces recién elegido presidente Donald Trump durante una entrevista televisiva. Existe incluso un meme (hoy, como es frecuente, más famoso que la entrevista) en que se ridiculizan tales afirmaciones, como si proviniesen de un desequilibrado Joker, de un alma tortuosa. ¿Qué enunciados provocaron tanta risa?
Trump solo aseveró que el mundo es un lugar repleto de ira, de rabia, de indignación (anger, en inglés). El mundo está hecho un desastre (a mess).
En las calles prósperas de los países prósperos decir ese tipo de cosas resultaba de un mal gusto considerable, allá por 2017. Hoy quizá menos. Hoy sabemos que nuestra vida tranquila, donde la mayor decepción diaria reside en perder un match en Tinder o unos cuantos seguidores en Twitter, no solo anda lejos de ser la vida más común entre los humanos (eso, en el fondo, siempre lo supimos). Hoy comprobamos pasmados algo más: que miles de millones de ellos ni siquiera aspiran a vivir como nosotros. Miles de millones siguen dando importancia a cuanto nosotros reputamos “atrasado”: ya hemos hablado aquí de las virtudes castrenses; súmese a ello cosas como venerar tus raíces, compartir con los tuyos una patria, guardar respeto a Dios.
Un mundo así es un mundo que clama por una felicidad plena; y también un mundo que se enrabia cuando se le niega. Sin el narcótico de nuestros almohadones, nuestros retuits y nuestras ligas deportivas, hay poblaciones enteras dispuestas a apoyar a sus dirigentes cuando les engatusan con la promesa de honor y gloria si invaden tierras ajenas; hay gente que te odia a ti aunque solo hayas subido fotos vacacionales a Instagram; el mundo es un desastre y lo empeorarás si, ante tanta ignominia, solo apartas la mirada y crees vivir en La La Land.
Por eso es importante abrir claros en el bosque; dominar alguna zona despejada en medio de la selva; civilizar siquiera un pedazo de la tierra. Controlar esos oasis en medio del desierto del mundo es lo que llamamos “soberanía”. Y considerarte uno de los nuestros entre tanta hostilidad es lo que denominamos “compartir patria”.
4. La derecha, la izquierda y el “centro” tradicionales están obsoletos
Por sorprendente que parezca, convivimos todos los días con individuos que no se han enterado de que la Guerra fría finalizó hace tres décadas. Y muchos de ellos habitan en la derecha. Para tales personas, todo lo realmente amenazante de nuestro mundo es comunismo: ¿acaso no fue esa la amenaza mayor para Occidente tras la II Guerra Mundial? Por consiguiente, y si la Rusia de Putin es hoy una amenaza para nosotros, se deduce que Putin será un comunista. Impecable silogismo en Darii de lógica aristotélica. Pero con premisas falsas.
Análisis tan rocambolescos como este abundan en nuestra derecha y centroderecha más convencionales. Todo sea con tal de no reconocer que hoy el juego del mundo no se lidia entre capitalismo y comunismo, sino entre unas y otras soberanías. Todo sea con tal de no reconocer que, si es la soberanía y no el capitalismo lo que está en juego, entonces los tres puntos que hemos señalado antes cobran verdad.
Así y todo, se me argüirá con razón que tampoco es que la izquierda radical esté mostrando mucha mayor pericia al aprender algo de la actual contienda. Desempolvar justo ahora las viejas pancartas contra la OTAN (¡y bases fuera!) semeja más una concesión a la nostalgia senil que una respuesta convincente. Si yo viviera (que ya no vivo) en Valladolid, y más en concreto en su rascacielos Duque de Lerma, temería incluso que me volviesen a grafitear las paredes con un gigantesco “OTAN NO”. El gran problema de quienes añoran las batallas del pasado es que tienden a olvidar todo sentido del ridículo.
Resulta, en cualquier caso, la más detestable de todas las reacciones la que exhiben nuestros centristas: esos que están viviendo la guerra a distancia, sin un solo riesgo para sus delicadas pieles, pero con el mismo sectarismo que si se solo les separase de los obuses rusos una trinchera. Esos que han incorporado a sus centristas vidas un nuevo entretenimiento: detectar prorrusos o, incluso, putinianos hispanos. Y que reparten tales adjetivos con promiscuidad. Esos que, si intentas explicar lo que pasa con algo más que un “Putin es igual que Hitler”, te califican inmediatamente de “justificar al dictador ruso”. Esos que se deleitan en señalarte por el mero hecho de que algún día aventurases, oh cielos ortodoxos, que acaso alguna idea de Putin (sobre la cultura de la cancelación, o sobre la peor herencia del comunismo, o, qué sé yo, sobre arquitectura religiosa) la veías atinada.
Existe en internet la famosa ley de Godwin, que asevera que toda conversación lo bastante larga acabará citando a Hitler más pronto que tarde. Algunos parecen deseosos de sustituir tal ley por la que propongo denominar “ley del centrista concienciado con Ucrania” (LECCU): si una charla sobre la actual guerra se prolonga lo suficiente, y no te limitas a execrar las (execrables) escenas de sufrimiento ucraniano, la probabilidad de que acaben llamándote fan de Putin asciende vertiginosa.
En suma, entre derechistas a la busca del comunista escondido tras todo esto, izquierdistas que a punto están de proponernos otro referéndum sobre la OTAN, y centristas absorbidos por la LECCU, parece que solo la nueva derecha es capaz de darnos indicaciones sensatas para el mundo en que llevamos años adentrándonos, y al que esta guerra imprime un acelerón. Lo cual, por cierto, corroboraría otra ley clásica en el mundillo internáutico: aquella, debida al tuitero Lezuza, que afirma que la vida consiste en que los fachas al final siempre tenemos razón.
Miguel Ángel Quintana Paz. Fundación «Disenso».
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
