Sociedad
«Un daño Irreversible». El libro de Abigail Shrier que el circo LGTBI odia y que cuenta como destrozan a las niñas con la ideología de género
«Un daño irreversible», el polémico libro de Abigail Shrier.
@AbigailShrier
A la periodista norteamericana Abigail Shrier, columnista del Wall Street Journal, la estaban esperando. Basta con un tecleo rápido de su nombre en Twitter para descubrir los sarpullidos que produce en ciertos entornos. «Atención a lo que va a publicar Planeta en una semana. Esto también es violencia». «En un contexto de crecimiento de la transfobia y la LGTBfobia son inadmisibles las publicaciones que favorezcan el discurso de odio». «No le deis mucha bola a la Abigail Shrier y su mierda porfa que hay un límite de veces que quiero leer la sinopsis de su panfleto».
Y todo a cuenta de una investigación que cobró forma de libro, Un daño irreversible, que publica Deusto y que explora el otro lado de la moneda del furor trans que seduce a las adolescentes en Estados Unidos. Un recorrido de 300 páginas que recibió el aplauso de la revista progresista The Economist y que denuncia los excesos del activismo trans en su país. Con casos que obligan a la pausa antes de seguir leyendo y que conducen a preguntarse (cuando menos) si no habremos llegado demasiado lejos. ¿Viviremos algo parecido en España?
Abigail Shrier encontró una explicación al disparatado incremento de las terapias para el cambio de sexo entre adolescentes en Estados Unidos (y algunos países europeos) durante la última década. ¿Cuál? Una corriente cultural, alimentada en las redes y en las escuelas, que adorna de virtudes la distinción trans y que provoca que se extienda a toda velocidad. Como una moda. Sobre todo entre adolescentes blancas, de familia progresista y de clase media-alta con episodios nada esporádicos de ansiedad.
– La locura transgénero que seduce a nuestras hijas –
– Una generación de niñas en riesgo por la moda transgénero –
Y con ello ha generado una enorme polémica, recibiendo acusaciones de transfobia y peticiones públicas de que se censure el libro. Algo que, afortunadamente, no han conseguido.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
