España
Un rostro de cemento con el beneplácito del periodismo pesebrista
José Manuel Otero Lastres.- A poco que se reflexione sobre la situación política actual, podrá comprobarse que, desde el triunfo de la moción de censura, estamos en tiempos de maquillaje. Ante la inconsistencia del argumento esencial en que se basó la deposición de Mariano Rajoy de la presidencia del Gobierno (a saber: la imperiosa necesidad de la regeneración democrática), Pedro Sánchez, el nuevo presidente, ha estado, desde entonces, retocando su yo, embadurnándose con todo tipo de mejunjes, para disfrazar su realidad política y asirse como una lapa a la Moncloa durante todo el tiempo que pueda.
Dada la poca finura con la que ha actuado políticamente, no es de extrañar que la única materia que aguanta cubriéndolo el rostro sea el cemento. Y es que hay que tener mucha cara dura, o –aunque no parece que esa fuera su intención- querer gastarnos una inocentada, para comparecer ante la ciudadanía y hacer un balance de sus meses de gestión como en el que nos presentó ayer a los españoles.
Han sido detallados con toda precisión los radicales cambios que dado Sánchez en su discurso: lo que decía antes de ser presidente y lo que afirmó en su comparecencia en temas como la economía, Cataluña, Franco, las elecciones, la duración de la legislatura y los pactos. Estamos ante un sujeto que es capaz de defender tal cantidad de principios contrarios entre sí que, como se dice en las redes sociales, parece Marxista, pero de Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”.
Desde hace algunos años, y sobre todo desde que se ha profesionalizado la política, cada vez es menor el prestigio de la clase política en general. Esta enorme pérdida de credibilidad en tan poco tiempo es, a primera vista, sorprendente, toda vez que la actividad política por tener como objetivo esencial el servicio a los demás debería ser el principal objeto de deseo de nuestros mejores ciudadanos.
Sin embargo, a poco que se medite sobre el modo en que nuestros políticos actuales rigen los asuntos públicos, desaparece de inmediato esa inicial perplejidad. Y es que cada vez es más frecuente que ver en la contienda política, que en lugar de preocuparse por los asuntos públicos, los políticos defiendan descaradamente sus intereses personales. Y en esto el que más abiertamente ha puesto de manifiesto que “solo le preocupa lo suyo” es, sin duda alguna, Pedro Sánchez.
Lo sorprendente es que mediáticamente son pocos los que censuran este proceder del presidente del Gobierno. Si en épocas anteriores, algún presidente del Gobierno hubiera abusado tanto de clasificar como materia reservada buena parte de sus actuaciones, incluidas las privadas (por ejemplo, el avión oficial para ir a un concierto o a la boda de un cuñado), para sustraerlas a la exigencia de la democrática transparencia pública, las críticas de los medios serían un día sí y otro también noticias de cabecera hasta conseguir del presidente la oportuna rendición de cuentas.
Pero hoy en el ejercicio del periodismo, hay bastante pesebrismo. Antes, se consideraba periodista a la “persona que compone, escribe o edita un periódico”, y más ampliamente a “la que tiene por oficio escribir en periódicos”. Hoy el importante peso que han adquirido otros medios de comunicación social y la realización de otras tareas por estos profesionales, han supuesto una ampliación del concepto de “periodista”, que es, además del habilitado legalmente para el ejercicio del periodismo, la persona dedicada profesionalmente, en un periódico o en un medio audiovisual, a tareas literarias o gráficas de información o de creación de opinión.
Pues bien, aunque hay periodistas que ejercen brillantemente su profesión, no se puede ocultar que en nuestros días hay un grado de “pesebrismo” que parece muy superior al de otras épocas. Y es que hoy da la impresión de que existen libertad e independencia para desarrollar esa profesión, pero más en apariencia que en realidad. Y ello porque no son pocos los periodistas que por su falta de independencia desempeñan gustosos un doble papel: son sumisos y aduladores con el partido político al que sirven, pero críticos y mordaces con el partido adversario.
Eso es algo que sabe Pedro Sánchez y, por eso, aguanta siendo protagonista personal de escándalos como el de su tesis doctoral o teniendo a una buena parte de su gobierno salpicada con manchas de deshonestidad, sin que pase nada. Este silencio o, como mucho, protestas en voz baja, que convierten a muchos medios en cómplices de tanto desatino político, no creo que se deba tanto a posiciones ideológicas compartidas, cuanto a un “pesebrismo” -¿moderno?- puro y duro.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
