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Una economía estadounidense en auge juega a favor de la reelección de Donald Trump

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Aunque el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, se está quedando atrás en las encuestas actuales contra los candidatos presidenciales demócratas más importantes, los expertos de los Estados Unidos dijeron que varios factores, incluido el liderazgo de Trump y una economía estadounidense en auge, son un buen augurio para su reelección.

Solo en el segundo trimestre de este año, Trump ha recaudado 100 millones de dólares estadounidenses, una infusión masiva de efectivo que ayudará mucho a su campaña.

Ningún candidato demócrata se ha acercado a la cantidad que Trump ha recaudado. En el segundo trimestre, el candidato demócrata Pete Buttigieg recaudó casi 25 millones de dólares; el ex vicepresidente y actual candidato Joe Biden recaudó 21.5 millones de dólares; y las candidatas Elizabeth Warren, Bernie Sanders y Kamala Harris recaudaron un total de casi 50 millones de dólares.

«Te muestra que el apoyo de los republicanos a Trump (es alto), pero también que ser titular tiene sus privilegios», dijo a Xinhua el estratega republicano y personalidad de los noticieros de la televisión Ford O’Connell.

«Usted es el único actor en la ciudad y puede recaudar dinero», agregó O’Connell.

Christopher Galdieri, profesor asistente en Saint Anselm College, también predijo que, a diferencia de las elecciones presidenciales del 2016, «Trump tendrá mucho dinero en el 2020».

«Esta es una diferencia subestimada entre la última elección y la próxima», dijo Galdieri.

Según los expertos, ese dinero podría hacer una gran diferencia en la capacidad de Trump para que las personas en el terreno impulsen el apoyo.

Sin embargo, a pesar del dinero que se está inyectando en su campaña, Trump se está quedando a la zaga de los principales candidatos demócratas en las encuestas.

De acuerdo con el promedio de las últimas encuestas de Real Clear Politics, Trump está rezagado del competidor demócrata Biden en 6 puntos. También está rezagado con respecto a Harris y al candidato socialista autodenominado y ex aspirante a la candidatura demócrata, Bernie Sanders, por 2 puntos, respectivamente.

Pero según O’Connell, los medios estadounidenses y las fuerzas anti-Trump se están adelantando a sí mismos.

Al dirigirse a las elecciones del 2020, una de las principales fortalezas de Trump sigue siendo su liderazgo, argumentaron los expertos, señalando que desde el año 1900, casi el 80 por ciento de los presidentes en ejercicio han sido reelegidos.

O’Connell dijo que la historia también muestra que las primeras encuestas no siempre predicen las elecciones. Señaló que en junio de 1983, el eventual candidato demócrata Walter Mondale sería presidente pero Ronald Reagan finalmente ganó la elección. También en junio de 2011, un candidato presidencial republicano-Romtney estaba 5 puntos por encima del presidente Barack Obama, pero Obama ganó en el 2012.

Mientras tanto, los expertos señalaron que para los votantes de los EE.UU., la economía es importante en la mayoría de las elecciones presidenciales y, desde la presidencia de Franklin Delano Roosevelt durante la Segunda Guerra Mundial, todos los presidentes que han evitado una recesión en el período previo a la elección terminaron ganando.

Al menos por ahora, no se habla seriamente de una recesión en los Estados Unidos.

El mercado de valores sigue subiendo, lo que aumenta las cuentas 401k y de jubilación de millones de estadounidenses de clase media. El viernes pasado, los Estados Unidos crearon 224.000 nuevos empleos en junio, lo que superó las expectativas de los economistas. Los salarios aumentaron un 3.1 por ciento en el último año, y el desempleo se encuentra en mínimos históricos.

La economía en auge se refleja en las últimas cifras de popularidad de Trump, que están en su punto más alto en su presidencia.

Una encuesta del Washington Post-ABC News publicada el domingo encontró que el 47 por ciento de los votantes registrados aprueban cómo Trump ha liderado la Casa Blanca, un aumento de cinco puntos desde abril, aunque el 50 por ciento aún no está de acuerdo.

En comparación, el índice de aprobación de Obama durante el mismo período fue del 46 por ciento. El índice de aprobación del ex presidente George W. Bush durante ese período en su primer mandato fue del 61 por ciento, según señaló la empresa de encuestas Gallup.

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Racismo de chichinabo

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Rosa Belmonte.- La sensación de no ser el kamikaze del chiste es permanente. La del que oye por la radio que hay un loco en dirección contraria por la carretera. ¿Uno? Van todos. El ejemplo número 398.700 es el de Justin Trudeau pintándose la cara de negro en 2001. El tan denostado ‘blackface’ o ‘brownface’.

Ya sabemos que eso está mal visto en las sociedades occidentales echadas a perder. Es racista. También hacer ching chong (imitar el lenguaje chino) o estirarse los ojos (como hizo nuestra selección de baloncesto en los Juegos de Pekín en una publicidad de Seur).

Justin Trudeu, en el que algunos ven a Thomas Jefferson y otros a Fofito, corrigió a una mujer que utilizó la palabra ‘mankind’ (humanidad, con man de hombre) por preferir ‘peoplekind’ (algo como gentidad). Ahora se ha disculpado por el racismo. Ojalá nuestras cabalgatas de reyes siendo transgresoras. Que Baltasar sea un blanco pintado de negro y los otros, dos negros pintados de blanco.

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El salto al vacío de Sánchez y la oportunidad de Casado

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Paloma Cervilla.- Pues ya estamos donde Pedro Sánchez quería, ante unas nuevas elecciones generales para mayor gloria del líder del PSOE. El resistente, el hombre al que su propio partido tiró a la cuneta como un despojo, que se puso en pie y recuperó el poder de una manera épica, ahora intenta una nueva carambola, que no sabemos si le va a salir bien.

Sobre la mesa parece que sí, ya que la mayoría de las encuestas le dan una subida en votos y escaños, pero la percepción de la calle empieza a ser otra. A día de hoy, Pablo Iglesias es considerado la víctima de la ambición de Sánchez, y no está tan claro, o al menos eso me parece a mí, el trasvase masivo de votos al PSOE.
La humillación de Sánchez ha sido de tal calibre y la imagen de un Pablo Iglesias mendicante tan evidente, que el efecto puede ser el contrario: que los votantes podemitas, movidos por la necesidad de mantener su dignidad, respalden a su líder y no le retiren su voto.

Y si lo de Pedro Sánchez es un salto al vacío electoral, lo de Pablo Casado es una oportunidad para mejorar sus resultados, consolidar su liderazgo en el PP e iniciar la remontada.

A Casado le va a ir bien. Ciudadanos y VOX van a perder votos, y muchos de ellos se irán al PP, no lo digo yo, lo dice la gente que los votó. Y entonces, cuando el centro derecha se dé cuenta por segunda vez de que dividido no va a ningún lado, tendrá que unirse en torno a la formación que más apoyos tenga, dejando a un lado egos y ambiciones.

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Sánchez siempre quiso elecciones

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Manuel Marín (R).- Desde la misma noche electoral, a Pedro Sánchez siempre le invadió la tentación de conformar una investidura con una mayoría más holgada. Su logro de 123 escaños era insuficiente y su dependencia de un Gobierno de coalición, con Podemos incrustado en el poder y con una supradependencia del separatismo, convertirían la legislatura en un suplicio. Aquella noche, Sánchez también cegó cualquier vía de colaboración con Ciudadanos para garantizarse una mayoría absoluta.

Sánchez esbozó una estrategia dirigida a gobernar en solitario, en la creencia que las autonómicas reafirmarían un triunfo incontestable del PSOE, y Podemos tendría que rendirse a un papel de subalterno agradecido. No fue así. Lo demás fue fácil: tender mil trampas a Pablo Iglesias para humillarlo, simular que no atribuía a Podemos funciones decorativas en una coalición, y no aparecer como el culpable del fracaso.

Sánchez diseñó una arquitectura política pensada para quedar como víctima del multipartidismo, y para apropiarse de la falsa idea de que siempre fue la intransigencia de Podemos y Ciudadanos la responsable de que no gobierne. Todo estaba pensado para justificar un «no» tajante a cada oferta y quedar inmaculado.

Estos son los motivos por los que siempre manejó nuevas elecciones:

1. Un Gobierno inviable. Sánchez sabía de antemano que un Gobierno sustentado en 123 escaños es una utopía. Habría liderado una legislatura débil, incierta y con serias dificultades para aprobar leyes. Se habría sometido a un chantaje constante, a numerosas fricciones con sus socios de moción y a un desgaste paulatino pero inexorable. Además, es imprevisible la deriva del separatismo en Cataluña, y Sánchez albergó dudas sobre cómo gestionar las presiones a las que el independentismo le habría sometido tras la sentencia del 1-O.

2. Sondeos satisfactorios. Cuenta con la abrumadora ventaja de tener el control de La Moncloa, con su «imagen presidencial», y con la fractura interna en Podemos. Su baza de acudir a los comicios pasa por repetir la «operación Rajoy» de 2016, con sondeos favorables y la expectativa de superar los 140 escaños.

3. No habrá terceras elecciones. Sánchez es consciente de que España no acudirá a unas terceras elecciones. No habría margen, y con Ciudadanos o Podemos a la baja, alguno tendría que ceder. Incluso, maneja la opción de una «abstención técnica» del PP una vez que el bipartidismo se haya reforzado.

Pero lo cierto es que Sánchez nunca respondió realmente a la oferta del PP de suscribir once pactos de Estado para poder gobernar. Lo fía todo a un descalabro de Podemos y de Cs.

4. El PSOE quiere fulminar a Podemos. El objetivo esencial de Sánchez es consolidar su liderazgo en la izquierda y demostrar que Iglesias carece de la capacidad institucional suficiente como para gobernar. Espera una fuga masiva de votos de Podemos y aprovechar que «España Suma» parece una entelequia.

5. La asunción de riesgos, en el ADN de Sánchez. Su temor a la desmovilización de la izquierda es muy relativo. Tampoco teme aparecer como culpable de la ralentización económica, que achacará a la inestabilidad provocada porque nadie le permite gobernar. Y ante la izquierda tendrá un argumento potente: fue Iglesias quien rechazó una coalición en julio.

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