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España

Una red yihadista vinculada al Estado Islámico operaba en más de una docena de cárceles españolas

Redacción

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Por Soeren Kern.- La policía española ha desmantelado una red yihadista que opera dentro de más de una docena de cárceles españolas. La red, supuestamente vinculada al Estado Islámico, ha sido establecida y operada — aparentemente bajo las narices de las autoridades carcelarías — por uno de los yihadistas más implacables del sistema penitenciario español.

La existencia de la red ha cuestionado no solo la efectividad de los procedimientos de seguridad en las cárceles españolas, sino también los programas del gobierno español de «desradicalización», cuyo objetivo es el de «rehabilitar» a los militantes islámicos para una eventual «reinserción» a la sociedad.

Dentro de los principales miembros del grupo se encontraban 25 yihadistas, ubicados en 17 prisiones diferentes, (que representan más de la mitad de las 30 prisiones españolas que albergan a presos yihadistas), según detalles proporcionados del pasado 2 de octubre por parte del Ministerio del Interior.

El grupo, descrito por el Ministerio del Interior como un «frente de cárceles» yihadi, se dedicaba a reclutar, adoctrinar y radicalizar a otros reclusos, así como a planear nuevos ataques yihadistas.

Dentro de sus miembros se encontraban yihadistas condenados, así como presos comunes radicalizados en la cárcel, entre ellos, varios ciudadanos españoles convertidos al Islam. Algunos miembros estaban a punto de terminar sus sentencias y esperaban quedar en libertad.

El líder del grupo, Mohamed Achraf, un marroquí de 44 años cuyo nombre real es Abderramane Tahiri, cumplía una condena de 14 años de prisión, por planear ataques con camiones bomba contra objetivos de alto perfil en Madrid, que incluían el Tribunal Supremo y la Estación de Príncipe Pío.

Estaba previsto que Achraf fuera dejado en libertad el 14 de octubre de 2018, casi con cuatro años de antelación. Achraf fue encarcelado en 2008 y cumplió la mayor parte de su condena siendo trasladado de prisión en prisión, un protocolo estándar, destinado a evitar que los islamistas establezcan un punto de apoyo en cualquier instalación y radicalicen a los demás reclusos. En febrero de 2018, fue trasladado a la penitenciaría de Campos del Río, en Murcia, donde estuvo recluido en régimen de aislamiento.

El 1 de octubre, la policía de contraterrorismo registró la celda de Achraf y descubrió que estaba dirigiendo una red «disciplinada y organizada» de presos yihadistas, dedicada a reclutar y radicalizar a otros reclusos, así como a planear ataques contra objetivos específicos.

El Ministerio del Interior reveló que la red llevaba a cabo sus actividades, a través de la interacción física entre reclusos dentro de las mismas cárceles, así como a través de «relaciones epistolares» entre reclusos ubicados en diferentes prisiones. La red evadió los mecanismos de vigilancia al comunicarse a través de internos que no estaban sujetos a un monitoreo especial.

Citando fuentes policiales, el periódico La Verdad de Murcia, informó que probablemente Achraf será procesado por nuevos delitos de terrorismo y, en lugar de ser liberado antes, permanecerá en detención preventiva.

Achraf tiene una larga historia de militancia yihadista en España. Durante una sentencia de prisión anterior, cumplida entre 1999 y 2002 en la penitenciaría de Topas en Salamanca, Achraf organizó una red yihadista similar, llamada «Mártires por Marruecos», que operaba dentro y a través de, al menos cinco cárceles españolas. La red estaba formada por cuatro células que, según los fiscales, estaban «perfectamente estructuradas y conectadas entre sí».

Después de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid, en los que murieron 193 personas y otras 2.000 resultaron heridas, las autoridades españolas lanzaron una campaña de represión contra los fundamentalistas islámicos en todo el país. Una operación de contraterrorismo, la Operación Nova, dio como resultado la detención de 36 yihadistas, incluidos varios miembros de la red de Achraf. Los investigadores encontraron correspondencia que reveló que Achraf estaba planeando bombardear la Audiencia Nacional, la corte superior de Madrid, donde las autoridades judiciales estaban investigando los atentados del 11-M.

Los investigadores también encontraron correspondencia entre Achraf y otros yihadistas, incluida una carta que decía: «El musulmán ahora tiene dos sitios donde ir: a la cárcel o a la yihad». Otra carta decía:

«Nosotros lo que queremos es prepararnos para luchar por Alá. Te doy una buena noticia: he creado un nuevo grupo, dispuestos a morir por Alá en cualquier momento. Estamos esperando salir para empezar a trabajar directamente, junto contigo en el grupo. Es nuestro deber pensar y proyectar porque hay hombres, armas también, y el sitio tampoco nos falta, sólo nos falta la práctica».

En abril de 2005, Achraf fue extraditado a España desde Suiza, donde huyó después de salir de prisión, y donde intentó, sin éxito, encontrar asilo al afirmar ser palestino.

En febrero de 2008, Achraf fue condenado a 14 años de cárcel por «pertenencia a grupo terrorista en concepto de promotor y director». Durante su juicio, la corte se enteró de cómo Achraf, quien se refería a sí mismo como «Emir», utilizó una mezquita improvisada en un gimnasio de la prisión para «adoctrinar» a otros reclusos en la línea dura de la ideología yihadista salafista-takfiri promovida por el Estado Islámico.

Dada la historia de Achraf con el yihadismo salafista y sus esfuerzos previos para hacer proselitismo y adoctrinar a los reclusos durante su primera condena en prisión, no está claro por qué las autoridades españolas le permitieron establecer otra red yihadista aún más grande durante su segundo encierro.

El periódico La Verdad informó que la red de Achraf «estaba muy organizada y tenía ya objetivos concretos, ya que había amenazado a determinados funcionarios de las instituciones penitenciarias, alguno de rango superior.» El grupo tenía su «propia iconografía y eslogan» y «estaba perfectamente estructurado», con «órdenes precisas de actuación en los patios y métodos de formación y de entrenamiento».

La red de Achraf puede ser solo la punta del iceberg. Un análisis reciente de los datos oficiales penitenciarios, publicado por el periódico El Independiente, reveló que más de 150 reclusos están actualmente cumpliendo condena en 28 diferentes cárceles españolas por delitos relacionados con la yihad.

Casi la mitad (72) de los convictos relacionados con la yihad son marroquíes, seguidos por los españoles (57). Los otros presos son de Arabia Saudita, Argelia, Argentina, Bangladesh, Bélgica, Brasil, Bulgaria, Dinamarca, Egipto, Francia, México, Países Bajos, Pakistán, Portugal y Turquía.

El delito más frecuente entre los convictos relacionados con la yihad es la pertenencia a un grupo terrorista, seguido de reclutamiento, adoctrinamiento y entrenamiento para el terrorismo y el apoyo a un grupo armado.

Adicionalmente, otros 120 reclusos que están cumpliendo condena por delitos no relacionados con la yihad, están siendo monitoreados por señales de «fanatismo islamista», según el periódico El País, citando fuentes del Ministerio del Interior.

La red de Achraf también ha puesto de relieve la eficacia, o la falta de ella, de los programas de desradicalización de los presos yihadistas por parte del gobierno español. Según la protección de derechos humanos, garantizada por la Constitución española, dichos programas solo pueden aplicarse de forma voluntaria.

De los aproximadamente 270 reclusos monitoreados por tendencias yihadistas, solo 20 participan en programas de desradicalización, según la agencia de noticias española EFE. El Ministerio del Interior admitió:

«La mayoría de los individuos investigados, lejos de alcanzar los objetivos de reinserción social, se han mantenido activos en la militancia yihadista, acrecentando su proceso de radicalización durante su estancia en prisión».

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España

La confesión carnal del Cardenal: la pornografía pastoral como doctrina oficial

Redacción

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Si la función de la Iglesia es salvar almas, el Prefecto de la Doctrina de la Fe parece más interesado en el terrenal y, específicamente, en el instinto más primitivo del ser humano. Víctor Manuel Fernández, alias «Tucho», ha transformado el episcopado en un circo de autocomplacencia, donde la explicitud sexual y la arrogancia política eclipsan la serenidad necesaria para velar por el depósito de la fe[6].

No es que la Iglesia necesite un clero de estatuas, pero tampoco necesita un cardenal que actúe como un pionero de la pornografía pastoral. «Tucho» ha demostrado, a lo largo de su carrera, una incapacidad patológica para guardar el pudor, tanto en sus escritos como en su comportamiento público, convirtiendo las sacristías en el «Sálvame» de la alta jerarquía, donde se discuten sus salidas de tono con el mismo asombro que se analizan las telenovelas[6]. Su llegada al Dicasterio para la Doctrina de la Fe no trajo la limpia que se esperaba, sino más bien la confirmación de una decadencia intelectual y moral que amenaza con envenenar la enseñanza de la Iglesia[2].

El libro del orgasmo y la mística: una confusión intelectual desde 1998

La raíz del problema de «Tucho» no es reciente; es una enfermedad crónica que venía gestándose desde hacidas décadas. En 1998, apenas doce años después de su ordenación sacerdotal en 1986, el futuro cardenal publicó un libro titulado «La pasión mística: Espiritualidad y sensualidad» en la editorial católica Dabar[9]. En este texto, Fernández vinculaba la pasión erótica con la pasión mística de una manera que, aunque podría ser poética en un laico, resulta inadecuada y escandalosa para un sacerdote que debe hablar de la virginidad y el espíritu[9]. Se trata de un intento de justificar el apetito carnal bajo el manto de la espiritualidad, una confusión conceptual que revela un pensamiento débil y un deseo de buscar notoriedad a través de lo «provocante» en lugar de lo profundo.

Este afán por lo sexual explícito no quedó en esa primera obra. Siempre ha existido la preocupación de que, bajo su liderazgo, la pureza de la fe se convierta en un juego de palabras sobre el cuerpo. Sus escritos han ahondado en la presencia de Dios en el «orgasmo de la pareja» como un anticipo del cielo[4][7]. Esta visión, si bien es una interpretación posible del misticismo, se vuelve ridícula cuando la persona que la profesa no muestra la misma contención en otros aspectos de su vida pública. La explicitud con la que describe el «beso» y el «orgasmo» en sus libros ha sido constante, desatando escándalos recurrentes que, lejos de desvanecerse, han ido en aumento[3].

Lo más alarmante no es tanto el contenido en sí, sino la falta de autocensura. Un simple examen de conciencia habría mostrado que hablar de los placeres carnales con tal crudeza no encaja con la sobriedad que requiere el magisterio. Al publicar textos donde el acto sexual es protagonista, «Tucho» se ha convertido en un espejo de la confusión moderna que ve la fe no como una disciplina del espíritu, sino como otra forma de satisfacción egoísta[9]. Es como si creyera que la santidad se logra a través de la fama más que a través del sacrificio; y en su obsesión por la fama, ha convertido sus escritos en un panfleto de su propio apetito, forzando a los fieles a aceptar su visión mundanal de la religión.

El expediente oculto y la pornografía renaciente

La historia de «Tucho» es una serie de episodios que, si se contaran con la precisión que merecen, revelarían que su comportamiento ha sido siempre un problema conocido. En 2009, antes de ser nombrado por Bergoglio, el propio DDF ya tenía un «expediente con preocupaciones» sobre sus escritos, lo que llevó a una investigación preventiva[3]. Esto demuestra que no se trata de rumores, sino de una realidad documentada: el cardenal ha vivido siempre en la sombra de su propia escandalosidad. Sin embargo, su ascenso al poder parece haberle dado una sensación de impunidad, llevándolo a creer que su pasado de polémica es un rasgo de distinción en lugar de una debilidad moral.

Los años no han sanado su afán explícito. Al contrario, se han descubierto nuevos textos eróticos escritos por el cardenal en 2025, demostrando que su fascinación por el contenido sexual no se ha apagado[8]. El Wanderer describe estos textos como «despectables» y «pornográficos», señalando que el «afán pornográfico de Tucho no se detuvo en los dos libros conocidos» por todos[8]. Es una imagen perturbadora: el prefecto de la Fe, el guardián de la doctrina, dedicando su tiempo a redactar pasajes que, en esencia, son tan vulgares como los de cualquier revista de entretenimiento de baja calidad, pero con la arrogancia de imponerlos como parte del debate teológico.

Este comportamiento ha generado una atmósfera de asco y confusión en la Iglesia. La gente espera del clero guías espirituales, no lectores de erotica. Cada vez que se vuelve a hablar de estos textos, se refuerza la imagen de un hombre que no puede controlar su propia carnalidad y que, en su vanidad, cree que esto es algo de lo que enorgullecerse. La resiliencia de los católicos es grande, pero su paciencia es finita. El cardenal Fernández parece haber olvidado que su cargo no es una plataforma para explorar sus fantasmas privados, sino un servicio para iluminar las tinieblas del mundo con la luz de la verdad.

«Corruptio optimi pessima». La corrupción del mejor es lo peor. «Tucho» es el ejemplo viviente de cómo un hombre de talento, pero sin alma, puede destruir la autoridad de una institución entera con sus salidas de tono y su obsesión por lo mundano. Su «Tucho» es una marca personal, pero una marca que, en este contexto, parece ser sinónimo de falta de seriedad.

El arrogante: amenazas, manipulación y el «Sálvame» de la curia

Más allá de sus libros, la verdadera naturaleza de «Tucho» se revela en su comportamiento político. Se ha convertido en el «epicentro de los ‘Sálvame’ de las sacristías» después de firmar «Fiducia supplicans», la declaración que da luz verde a bendecir a parejas homosexuales[6]. Esta medida ha generado un revuelo tal que ha recibido mensajes anónimos de amenaza con la frase «Te destruiremos» para llevarlo a la hoguera[6]. La virulencia de sus palabras y sus declaraciones a diestro y siniestro ha creado un ambiente tóxico en el que nadie se siente seguro para discrepar sin ser acusado de traición[5].

La arrogancia de Fernández es palpable. En una entrevista, se alardeó de que el documento había registrado «más de 7.000 millones de visualizaciones en internet», comparando su popularidad mediática con la de documentos doctrinales que ni siquiera recordamos el nombre[5]. Esta obsesión por las estadísticas y el éxito mediático es antitética a la humildad evangélica. Más preocupante es su actitud hacia sus críticos; los ha calificado de «traidores al juramento de obediencia al Santo Padre» y se ha mostrado «horrorizado» al leer comentarios de católicos que bendecían leyes antigay[5]. Su falta de tacto y su incapacidad para escuchar a la grey se han vuelto comunes bajo su liderazgo[3].

Llega a los 61 años curado en el arte de generar controversias, dejando «confusión y tensiones innecesarias» en la Iglesia[2]. Su estilo de comunicación, que alguna vez pudo interpretarse como sinceridad, hoy se percibe como arrogancia. En un mundo donde la diplomacia es clave, el cardenal se ha convertido en un espejo que refleja todo lo que está mal con la comunicación eclesiástica: la falta de escucha, el cierre al diálogo y el uso de la palabra para destruir más que para edificar. No pone barrera alguna para que en medio del boato vaticano le traten como «Tucho», un apodo que sugiere familiaridad excesiva, pero que en realidad esconde una falta total de respeto por la dignidad de su cargo[6].

La destrucción de la autoridad doctrinal

La función principal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe es promover y tutelar la «integridad de la doctrina católica sobre la fe y la moral»[1]. Sin embargo, bajo «Tucho», el foco se ha desviado hacia la creación de un «nuevo magisterio» basado en la sensibilidad de la época en lugar de la inmutabilidad de la verdad[7]. Se ha centrado en temas de «pastoral» y «sentido», ignorando la necesidad de proteger la fe de las amenazas actuales, como la teoría de género, para ocuparse de debates sobre la carne y la bendición de los pecadores[7]. Es un uso oportunista del poder que demuestra que su prioridad no es la salvación de las almas, sino la aprobación social y mediática.

La falta de tono académico y la irreverencia hacia la tradición se han vuelto comunes. Su camino ha sido el de la confusión, llevando a una notable «aumentada de desconfianza hacia la Santa Sede» acompañada de un «evidente deterioro de la autoridad doctrinal del dicasterio que preside»[2]. No es de extrañar que las miradas vaticanas se centren en él como el «capón» de los cardenales y obispos críticos, acusándolos de traición cuando ellos solo intentan proteger la fe[5]. La Iglesia necesita hombres que puedan hablar de la castidad con autoridad, no con la vergüenza de quien sabe que sus escritos privados son una confesión de falta de control y de doctrina.

Conclusión: La cabeza detrás del desastre

Víctor Manuel Fernández es la mano que está detrás de declaraciones como «Dignitas infinita» que ofrecen una visión renovada de la dignidad humana pero que, en la práctica, diluyen la enseñanza tradicional[7]. Su llegada al prefecto ha sido clave para que se convierta en un compendio del magisterio de Francisco, pero a costa de la claridad doctrinal. La imagen de «Tucho» se ha desgastado, y lo que queda es un hombre que debe decidir si quiere enmendarse o si prefiere seguir hundido en sus propias miserias y en su obsesión por el escándalo personal.

La historia de «Tucho» es, hasta ahora, un capítulo de una novela que se lee con frustración. Es la historia de un hombre con talento, pero sin alma. Un hombre que ha tenido acceso a los secretos más sagrados de la fe, pero que parece haberlos utilizado para satisfacer su propia vanidad y sus propios caprichos. Las escrituras de su sensualidad y las salidas de tono de su arrogancia son el testimonio de un hombre que ha perdido el norte. Y en un mundo donde los valores cristianos son cada vez más atacados, necesitamos líderes que sean escudos, no flechas que hieran a la grey. «Tucho» ha demostrado ser una flecha torcida, que no encuentra su blanco y solo hace daño a quienes la rodean. Es hora de que la Iglesia tome nota, tome el control y exija la decencia que merece su patrimonio espiritual. Hasta entonces, el nombre de Víctor Manuel Fernández seguirá siendo sinónimo de un potencial desperdiciado y de una lección dolorosa sobre la importancia de guardar el pudor y la reverencia.

Fuentes Consultadas

Fuente País Enfoque Principal
Noticias Obreras Menciona «tercer intento de escándalo» por publicaciones eróticas y la nota sobre María.
Infovaticana Análisis de la «art of generating controversies» y deterioro de autoridad del DDF.
Wanderer Menciona «expediente con preocupaciones» de 2009 y descripciones explícitas de beso y orgasmo.
ABC.es 🇪🇸 España Detalles de «La pasión mística» y descripciones gráficas de orgasmos y «Dios en el orgasmo».
Infovaticana Acusación de «traición» a críticos, «horrorizado» ante bendiciones antigay y «7.000 millones de visualizaciones».
La Razón 🇪🇸 España Referencia a «Sálvame de las sacristías», amenazas de «Te destruiremos» y virulencia.
ABC.es 🇪🇸 España Menciona la mano detrás de la condena a género, «Dios en el orgasmo» y cambio en el foco del DDF.
Wanderer Descubrimiento de nuevos textos eróticos en 2025, describiéndolos como «despectables» y «pornográficos».
Caminante Wanderer Detalles de «La pasión mística» (1998, Dabar) y referencia a «Corruptio optimi pessima».
Noticias Argentinas Ataques tras la autorización de bendiciones pastorales a parejas homosexuales.

Alerta Nacional | Opinión y Análisis

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