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Vamos a contar mentiras (o la Patria de Overton)

Redacción

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Es un error completamente generalizado entre los españolitos creer que el Himalaya de mentiras tralará es una gigantesca cordillera de embustes que limita al sur con la Transición, que sus picachos se debieron a un movimiento tectónico desarrollado entre 1931 y 1975, y que, después de este año, aterrizamos oh lalá en los paradisíacos vergeles de la democracia, la cual acabó con los engaños, y nos llevó a las utopías de Eldorado, a los tesoros del Potosí, al Olimpo de las libertades, al Parnaso de los democratísimos.

Porque, damas y caballeros, mentiras haylas, y muchas, y de muchos colores, pero la madre de todas, el Everest total es justamente la mentira que más ha calado su orbayu entre los españolitos: es aquella que consiste en decir que los cuarenta y pico años de democracia han sido los de mayor prosperidad y libertad de nuestra historia. Ah, claro, y por eso ahora estamos con frenesí descarrilando en el raíl de una descarada dictadura orwelliana, que arrasa alevosamente con libertades básicas; y, en cuanto a la prosperidad, por eso somos un país en bancarrota, en quiebra técnica, con una monstruosa deuda que nunca podremos pagar, al borde del colapso y el corralito. En fin, ya saben ustedes de sobra cuál fue nuestra época más próspera ―y, por cierto, excepto la libertad de votar a impresentables cada cuatro años, también en ese tiempo éramos mucho más libres. Lo digo porque viví en esa época 23 años―.
Sin embargo, asociada a ese ochomil hay otras mentiras más sibilinas, más corrosivas, que han ido royendo los cimientos de la Patria mía, hasta el punto de que muy pocos han podido librarse de sus abrazos serpentinos, tan enroscadas están incluso en los tálamos patrióticos… son bacterias negras, cuyo conjunto ha conformado una metástasis que ha putrefactado el cuerpo de España, invisible a las tertulias, a los foros, a las redes… y no digamos nada sobre su ocultación por parte de las mafias mediáticas.

Uno de estos embustes himalayescos consiste en afirmar que, si la derecha se ha contagiado del virus socialdemócrata y la ideología globalista, ha sido por cobardía… Ah, ya, ahí tenemos a la pobre derechita kobarde, que tiene unas ideas contrarias al pensamiento progre, pero que no las ha defendido por el qué dirán, para que no la llamen «facha», «homófoba», «xenófoba», «machista», etc.

Realmente, no comprendo qué miedo puede tener una persona a que le apliquen tales calificativos… ¿Es que acaso que te digan «machista» supone que te arrojen una granada de mano, que te cierren la cuenta bancaria, que te despidan del trabajo? ―aunque todo se andará, no lo duden―. ¿Por qué la derecha se acobarda ante la amenaza de que, como venablos afilados, le lancen tales adjetivos descalificantes? ¿Le sobrevendrá a los derechosos la peste negra si son acusados con esas lindezas de la progresía?

Es verdad que existió en España una derecha cobarde, que fue la fatídica CEDA del cobarde Gil-Robles, politicastro menchirulo que se bajó los pantalones con reiteración ante las amenazas de la izquierda, hasta el punto de que, aunque había ganado con claridad las elecciones de 1933, aceptó ovejunamente que Alcalá Zamora encargase la formación del gobierno a Lerroux, que había quedado el segundo, porque los democratísimos izquierdistas habían amenazado con una insurrección en el caso de que un solo ministro del Gobierno fuese de la CEDA.

Luego, tras el infame fraude electoral de 1936 que llevó al poder al golpista Frente Popular, pues más de lo mismo. Solamente Calvo-Sotelo dio la cara, y por eso se la partieron.

Junto a esta falacia de la derechita kobarde, hay otra que también tiene tomate, que con sus nocivos tentáculos se ha ventilado a la mayor parte de la españolía: este tremendo embuste ―que se ha camuflado muy bien tras inmensas cortinas de humo― consiste en creer que el Profanador se ha aliado con los golpistas catalanes porque quiere gobernar a cualquier precio, aunque éste suponga la desmembración patria. Pues va a ser que no es ésta la razón principal de este putiferio, porque, damas y caballeros, ya es hora de que se sepa que toda nuestra puticracia, desde la Transición hasta la ciénaga actual, no ha sido sino la democracia Overton, establecida en España por el Club Bilderberg con el objetivo descarado de convertir a España en un territorio taifa, Komanche a tope, destruyéndola no solo territorialmente, sino también mediante la más absoluta ruina económica, y la extirpación de nuestros valores más tradicionales.

En efecto, la izquierda española que ha pilotado bilderbergianamente nuestra puticracia siempre ha sido federalista, antipatriota, ebria de cantonalismo, inoculadora de cánceres, zapadora de nuestros cimientos patrios. Ya a mediados de los 70 los socialistas hablaban de lo que hoy se llama Estado «plurinacional», reconociendo el derecho a la autodeterminación.

Luego llegó «La Constituta», un putidocumento que injertó en España la maligna cepa de «regiones y nacionalidades», con el aplauso incluso de los que habían sido franquistas de pro, hasta el punto de que el mismo Fraga Iribanne acabó siendo un maharajá que impulsó el nacionalismo gallego, y, autor del libro «El Nuevo Orden Mundial», proclamó la plurinacionalidad española. Toma ya.

La introducción del cancerígeno término de «nacionalidades» fue obra especialmente de Miguel Herrero de Miñón ―masón, por supuesto, miembro del Comité Ejecutivo de la Comisión desde 1995―, quien con ese palabro malhadado dio el toque de corneta para que se abriera la primera «Ventana de Overton». En una entrevista que concedió a Pilar Urbano, publicada el 10 de enero de 1978 en ABC, este padre de la «Constituta» afirmaba la necesidad de introducir el término «nacionalidad», por ser «expresivo de la personalidad y organización de ciertos pueblos que son más que regiones naturales. Y por el contexto en que se formula dentro de la Constitución, no atenta contra la unidad y solidaridad de España. Aún te diré más, creo que es característica diferencial de España ser nación de naciones».

«Nación de naciones»… ¿les suena?: ahí lo tenemos.

El 6 de julio de 2013, los socialistas aprobaron la Declaración de Granada sobre «Un nuevo pacto territorial: la España de todos». En ella se afirmaba sin tapujos la hoja de ruta hacia un Estado federal: «El Estado de las Autonomías necesita hoy una profunda revisión y una actualización urgente y defendíamos un Estado de las Autonomías del siglo XXI con una estructura territorial de carácter federal capaz de proporcionar respeto a las identidades diferenciadas dentro de España compatible con un compromiso colectivo con el proyecto común, solidaridad para reducir las desigualdades territoriales, cooperación efectiva entre las Administraciones, igualdad de derechos básicos de todos los ciudadanos y eficacia en la gestión de los recursos públicos. Fue, y sigue siendo, una base sólida para abordar una reforma que proporcionará resultados beneficiosos para todas las Comunidades».

¿Aznar? Pues pujolendo, pujoleando, favoreció cum laude la inmersión lingüística en Cataluña, y concedió a los catalanitas un sinnúmero de prebendas, más incluso que en la etapa felipista.

Lo de Zapatero es archiconocido… pero, en éstas llegó Marianín «El Rajoy», quien, tras su iniciación a los mandamientos progres en su viaje a México en 2008 ―¿adivinan quiénes le iniciaron?―, dio tal giro a lo que quedaba de la derechona, que desde entonces no la conoce ni la madre que la parió.
En este coso de mentiras, traiciones, conjuras y aquelarres carbonarios llegó El Profanador, a quien se le ha encomendado el descabello del antiguo toro de España…

Caterva de taimados antipatriotas, todos al alimón conjurados para poner a España en almoneda, para venderla a precio de saldo a los plutócratas de la Sinagoga de Satanás… Todos untando de millones a la Catalania, dándole más y más competencias, hasta que el Estado allí es ya prácticamente inexistente, al igual que en Las Vascongadas.

Impresentables políticos, que han mirado para otro lado ante el alevoso lavado de cerebro practicado en los medios de comunicación y los centros de enseñanza, que consintieron las leyes de desconexión catalanas, que facilitaron la huida de un grupo de golpistas, que aplaudieron la protección dada por algunos países europeos a los golpistas, que fueron incapaces de aplicar un 155 de verdad ante el referéndum golpista del 1-O de 2017, que indultarán a los golpistas, que se opusieron en el Parlamento europeo a que se considerara como terrorista a los CDR, y a que se investiguen los más de 300 asesinatos de la ETA pendientes de resolver…

Y ahora nos decimos que El Profanador pacta con los golpistas para conseguir mantenerse en el Gobierno. Pero, ¿tan difícil es de entender que, si ningún partido ―de derecha ni de izquierda― ha hecho nada para conjurar el secesionismo catalán es porque comparten el plan para la destrucción de España? ¿Tan difícil es comprender que no se trata de cobardía, sino de complicidad con un plan que se pergeñó desde los albores de la Transición, plan que, ―siguiendo la estrategia de Overton―, nos presentará como maravillosa la plurinacionalidad en la que se disolverá nuestra Patria?

Así pues, si El Profanador está dispuesto a profanar España no es por un simple pago del precio del poder, sino porque la destrucción de España ha sido el objetivo de la putredemocracia que nos endilgaron los globalistas en el 75, y ha sido puesto ahí para ejecutar la traca final, largamente anunciada a través de la España de Overton, la cual, desde la España Una, Grande, y Libre nos ha traído hasta la cloaca de la plurinacionalidad. Siguiendo la vía Overton, la desmembración de España ha pasado de impensable a radical, de radical a aceptable, de aceptable a sensato, de sensato a popular, y ahora falta el último eslabón: de popular a legal. O sea, que pasará por el Arco del Triunfo…

Mecanismo de Overton que puede compararse a un vertiginoso descenso desde las cumbres del 75 hasta la pantanosa inmundicia actual, donde el pestilente chapapote overtoniano amenaza con sepultar nuestra Patria en un apocalipsis de horror federalista, cuando el jaque al rey sea mate.

Ved cómo avanzan sus torres, escuchad el estrepitoso relinchar de sus caballos, contemplad el asalto mancomunado de sus alfiles, mientras sus peones de barretina y oro, de rosa y puño, asaltan los muros de la Patria mía… Dios salve a España.

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

Por Diego Fusaro

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