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Opinión

Vox y el franquismo

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Cuando en 2002 el gobierno de Aznar osó condenar el alzamiento del 18 de julio del 36, no solo escupió sobre las tumbas de sus padres, tratándolos de criminales, no solo declaró un crimen defenderse de una tiranía terrorista de separatistas y totalitarios, sino que de paso regaló a los herederos de estos la legitimidad histórica y democrática que les había negado el referéndum de 1976. Dejar en manos de aquella chusma la bandera de la democracia fue sin duda el peor mal del régimen decidido en la transición, transformado luego por Zapatero. Ya que aquella supuesta democracia significaba en la práctica un proceso de disgregación de España y de vuelta al totalitarismo, como efectivamente ha ocurrido.

El mayor culpable fue aquel PP de señoritos que “miraban al futuro” sin aprender del pasado, y que se retrató entonces de lleno. De ahí vino el cambio de régimen, el nuevo frente popular de Zapatero con apoyo, que no verdadera oposición, del PP. Pero quizá el peor de todos ha sido Rajoy, cuya herencia tenemos hoy en el Doctor. Toda esa estrategia indirecta, aplicada ya desde principios de la transición, se resume en una consigna abierta o implícita: atacar al franquismo como la mejor fórmula para socavar a España y la libertad.

Por lo tanto, reivindicar la historia y en primer lugar la verdad sobre Franco y su régimen, es una exigencia clave para regenerar la democracia y fortalecer España. Se trata de un objetivo estratégico radical, pues sin ello se recaerá una y otra vez en lo que hemos vivido, por mucho que se obtengan victorias políticas parciales y ocasionales. Se trata realmente de la continuidad histórica, cultural y política de España, pues no otra cosa significó el franquismo. Sin esa base, todo lo demás se convierte en una política de chanchullos, corrupción y disgregación, en la que llevamos cuarenta años hasta llegar al actual golpe de estado permanente y hundimiento de hecho de la ley.

Sobre ese objetivo no debe haber la menor duda. El único problema es solo el de diseñar una estrategia al efecto. En otras palabras: ¿cómo invertir los efectos de cuarenta años de falsificación sistemática de la historia por parte no solo de los herederos del Frente Popular, sino también del PP? Está claro que esa propaganda antifranquista, promotora del proceso disgregador actual, ha tenido un efecto profundo que asusta a muchos, haciéndoles pensar que ya se trata de un hecho irreversible contra el que es inútil luchar. Otros dirán que conviene dejar el asunto de lado al menos por una larga temporada, ya que costaría muchos votos. Pero para quienes comprendan el alcance decisivo del problema, esa dificultad debe ser un acicate para redoblar los esfuerzos.

Opino que la estrategia debería ser también indirecta, como la del frente popular: recordar constantemente la historia criminal del PSOE y los separatistas, y atacar a fondo y sin pausa la ley de memoria histórica, mostrando su carácter liberticida; lo cual supone implícitamente una reivindicación de la verdad sobre Franco. Esto puede muy bien promoverlo VOX, y de hecho está haciendo algo al respecto. Pero es también necesario que, paralelamente, aun si de modo no tan oficial y directo, VOX no solo denuncie la falsedad, sino que promueva también, la verdad histórica por medio de asociaciones y actividades al efecto.

Sin embargo hay indicios de que esta segunda necesidad no es sentida en la cúpula de ese partido, que está marginando en algunas provincias a los elementos que han creado allí la organización por “excesivamente franquistas”. Con esto se corre el peligro de derivar insensiblemente hacia la misma política del PP. La cuestión debe aclararse bien, pues es verdad que algunos “franquistas” están perfectamente dispuestos a hacer el juego al nuevo frente popular cediéndole la bandera de la democracia y creyendo que aquel régimen, que ellos creen “sin partidos”, podría volver, porque no han comprendido la historia real, que sustituyen con tópicos gastados e indignaciones inútiles: llevan así cuarenta años de fracaso, pero no se cansan.

No hay oposición entre franquismo y democracia. Por el contrario, sin la nueva sociedad creada por el franquismo tras derrotar a totalitarios y secesionistas, no habría sido posible ninguna democracia, y es el antifranquismo el que precisamente la está destruyendo. Esto debe ser comprendido. A ello he dedicado el libro Los mitos del franquismo e infinidad de artículos, comentarios y estudios menores. Aunque la estrategia fundamental consista en atacar la memoria histórica y la historia criminal del Frente Popular, es preciso también elaborar un discurso claro, no en defensa de Franco y su régimen, sino de la verdad sobre el mismo. Creo que ese discurso, en lo esencial y expuesto al debate, se encuentra en el libro citado y el más reciente dedicado al Frente Popular y la guerra. No ya VOX, sino cualesquiera personas o asociaciones interesadas, pueden utilizarlos como objetos de discusión y difusión.

Algo más: un partido que quiera ser alternativa debe plantearse también una estrategia para conquistar la universidad.

Hasta ahora, esa idea era utópica, pero actualmente ya no lo es, pues VOX dispone ya de bastante gente entre profesores y alumnos, y solo es preciso organizarlos. En otro tiempo, los comunistas nos planteábamos inmediatamente crear organizaciones universitarias, empezando también en condiciones muy difíciles. Hoy, con todo, son más fáciles y la tarea es fundamental, porque, sin ganar el campo de la alta cultura, la política se irá diluyendo en cuestiones de poca monta.

Dado que no pertenezco a VOX, podrían interpretarse estas líneas como una intromisión. Se trata, por el contrario, de análisis y sugerencias a partir de una investigación y experiencia muy largas. VOX se ha convertido en una gran esperanza para millones de españoles, y eso es también una gran responsabilidad.

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5 Comments

5 Comments

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    Guadalupe M. Muñoz Márquez

    06/02/2020 at 23:48

    No se puede compartir en trwiter, te dice que es spam…ya me ha pasado en varias ocasiones. ??

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      Guadalupe M. Muñoz Márquez

      06/02/2020 at 23:48

      Bueno, ya lo conseguí…

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        Alerta Nacional

        07/02/2020 at 09:37

        Cuéntanos cómo :)

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      Alerta Nacional

      07/02/2020 at 09:37

      Sí, es el nuevo sistema de Twitter para «censurar» sin decirlo explícitamente. Tampoco nos deja publicar a nosotros.

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España

El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite

Redacción

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Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.

Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.

La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado

Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.

El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.

Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.

La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag

Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».

Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.

Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.

La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.

Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.

El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista

Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.

Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.

Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.

La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».

Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.

La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre

Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.

La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.

Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.

La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.

 

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