España
12 de Octubre: Día de la Hispanidad
José L. Román.- Una vez más, esta fecha tan emblemática festividad de la Virgen del Pilar, no quiero dejar de resaltarla como fiesta patronal de la Guardia Civil, y como Patrona Insigne también de la Hispanidad. Y al hacerlo, quiero rendir un homenaje, un tributo de admiración, cariño, adhesión y agradecimiento a quienes visten el verde uniforme y están dando la cara, pese a tantas circunstancias adversas, tanta injuria y ataques malevolentes, en zonas “calientes” como la España africana.
Un Cuerpo como el de la Guardia Civil, que hoy se siente agredido no sólo por los asesinos encubiertos, homenajeados e indultados, sino por el auténtico desamparo a que se ven sometidos por quienes detentan el Poder y les obligan, por férrea disciplina –virtud sin duda encomiable-, a soportar toda clase de humillaciones, a tener que estar prácticamente con las manos atadas en la justa represión y en su defensa, ante la grave situación que se vive por ejemplo en Melilla. Situación límite silenciada por los que viven de la mamandurria, y sólo aireada por patriotas ejemplares como don Jorge Carretero, que valientemente nos da cuenta puntual, semana tras semana, de lo que allí acontece con la inmigración ilegal, y las mafias del narcotráfico que pululan y actúan con total impunidad.
También este día, es efeméride gloriosa para los pueblos de nuestra estirpe, de nuestro idioma y nuestro sentir, de nuestro irrenunciable respeto a la vida y a la cruz de Cristo. Es la gran fiesta de la Hispanidad, aun cuando una “casta política” traidora, de espaldas a nuestras verdaderas esencias y a la historia común de los pueblos de este y aquel lado del océano, pretenda ignorar o tratar de falsificar su realidad tradicional, pues lamentablemente, y como hoy podemos contemplar, las naciones que un día constituyeron la Cristiandad, conformadas por el cristianismo, están sufriendo un ataque en bloque que llega hasta su propia entraña, pues somos testigos del avance del proceso, puesto en marcha con verdadero descaro a partir de la Transición en sus tres vertientes, la política, la castrense y la eclesiástica.
El 12 de Octubre es la fecha de las reafirmaciones de identidades entre los hombres y mujeres de nuestra raza hispánica, de los que luchan, rezan y piensan en español, de los que frente a tantas presiones, traiciones y sucias entregas de minorías vendidas al mejor postor, que tratan de borrar nuestro común pasado y el orgullo de nuestro mismo destino, siguen manteniendo alto el pabellón de sus fidelidades, de sus orígenes, de su españolidad y, en definitiva, el más caro legado que podía hacerles la Historia en el acontecer de los siglos, y en la realidad de su marcha a través del tiempo.
No quiero terminar sin rendir también un humilde reconocimiento, a los que defienden la españolidad en Cataluña, que dando la cara y jugándose la vida y la hacienda ante la barbarie separatista, han dado un ejemplo de patriotismo y de fidelidad a la Patria allí donde el odio visceral a España, la prohibición del idioma español en las escuelas, la persecución a todo aquel que rotule en español y el enriquecimiento ilícito del que fuera la figura más emblemática del secesionismo, ha dejado sin autoridad moral -no solo a los que tienen como fin romper con España-, sino a los que siguen empecinados en no extirpar de raíz ese tumor maligno que todo lo corroe y lo destruye.
Gracias por tanto a todos esos valientes catalanes que se sienten profundamente españoles, que a pesar de las amenazas, la persecución, la extorsión y las agresiones de las que son objeto, llevan a España en su corazón y en sus venas. Que este supremo sacrificio nos estimule, en esta hora de los nacionalismos independentistas, a ser más españoles que nunca.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.

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