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Cartas del Director

A Pedro Sánchez le estalla la economía

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Con las últimas cifras del desempleo en la mano, se entiende cabalmente el empeño del presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez, en adelantar el debate electoral al lunes pasado. Porque los datos que tenía que hacer públicos el Ministerio de Trabajo son demoledores si se ponen a la luz de los mensajes de optimismo y relajación con los que el Gabinete socialista viene despachando las alertas y advertencias sobre el frenazo de nuestra economía. Y que el candidato del PSOE, como hizo durante el citado debate, exhiba como gran solución el anuncio del nombramiento de un vicepresidente del ramo, no contribuye, precisamente, a tranquilizar a una opinión pública que mantiene muy presente el nombre de otro fichaje estrella socialista, Pedro Solbes, que acabó atrapado entre el mero voluntarismo político y la cruda realidad. Porque, una vez más, los hechos acabarán por imponerse sobre el discurso electoralista de la izquierda. No sólo porque en este mes de octubre el incremento del número de inscritos en las oficinas de empleo sea el más alto desde 2012, sino porque el número de contratos indefinidos lleva ocho meses seguidos cayendo a plomo, con un acumulado anual del 4,8 por ciento.

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Asimismo, aunque las cifras interanuales nos dicen que se sigue reduciendo el desempleo, con 77.000 parados menos con respecto a octubre de 2018, se trata del peor dato de los últimos cuatro años. En 2016 la caída del paro fue de 411.000 trabajadores, y los dos años siguientes, incluso ya camino de la parálisis política, la reducción nunca fue inferior a las 250.000 personas.

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Podríamos seguir desgranando más cifras negativas, como el incremento del 7,2 por ciento del paro juvenil o la subida del 11,6 por ciento de las prestaciones por desempleo, hasta los 1.591 millones de euros, pero sería abundar en lo expuesto, porque lo que importa es el plano general de una economía que se desacelera insensiblemente y que, como siempre ocurre en España, golpea primero al mercado de trabajo. Que en estas circunstancias el partido que sostiene al Gobierno en funciones haya tratado de eludir el debate forma parte de la más elemental estrategia electoralista, pero no dice nada bueno de lo que podemos esperar de su futura gestión.

Más aún, si ésta viene condicionada al final por las exigencias de una extrema izquierda populista, que nutre su programa de la barra libre del gasto público, compensada, eso sí, en el incremento de unos hipotéticos ingresos tributarios que, de llevarse a efecto, acabará por asfixiar a las empresas y a las clases medias trabajadoras. Tal vez, la crisis en Cataluña, grave y con perspectivas de empeorar a medida que se aproxima la cita con las urnas, sea un factor prioritario en el discurso de todos partidos políticos, pero no se debería sustraer a la sociedad española este otro debate económico, cuya trascendencia no escapa a nadie.

Es cierto, y no queremos obviarlo, que las señales que emite la economía mundial son contradictorias.
De hecho, muchos de los ingredientes de la sospechada recesión son de carácter político, como las restricciones al libre comercio de la Administración Trump o el Brexit, y que, como tales, pueden revertirse. Pero, igualmente, estamos asistiendo a la reducción paulatina del crecimiento de las grandes y medianas economías, con clara incidencia en la Unión Europea. Con el agravante para el caso español de que nuestra deuda pública está ya al límite de lo tolerable y el margen de reacción es mucho menor que el que había al principio de la anterior crisis financiera mundial.

Es imperativo que los candidatos, en esta recta final de la campaña, planteen a los electores qué medidas piensan adoptar ante un cambio de escenario y, sobre todo, cómo prevén ajustar los presupuestos del Estado. Porque de promesas maravillosas, ya tenemos bastante.


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Cartas del Director

Franco, el Caudillo, jamás hubiera permitido que se dejara morir a los ancianos. JAMÁS

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Quienes hoy están muriendo abandonados y solos en residencias geriátricas frisaban los 40 ó los 50 a la muerte de Franco. Lamentablemente ya no tendrán ocasión de conocer el poco o nulo valor vital que la tanatocracia española concede a sus mayores. Ancianos con patologías crónicas, apuraditos en su estado de salud, están cayendo como moscas. ¿Han dejado de recibir tratamiento y están engrosando las listas de fallecidos por coronavirus? Ciertamente lo público, lo estatal, que en otras épocas era señal de seriedad y confianza, se ha convertido, en este sistema liberal y globalista, en sinónimo de recortes y servicios mínimos. Y lo privado, que en otros momentos estuvo casi exclusivamente en manos de la Iglesia, es ahora sinónimo de beneficio empresarial y de recortes en personal especializado.

Los residentes en los geriátricos estatales no dejan de ser una inversión a fondo perdido en permanente déficit, pues los que acceden a una de estas plazas son perceptores de pensiones mínimas, míseras y deleznables. Pero, al ser tantas, constituyen un dispendio insoportable para un Estado sin alma, que ha olvidado el beneficio que en el pasado recibió de los mayores, para centrarse únicamente en el presente. Un geriátrico estatal está en permanente quiebra técnica. El dinero que necesitan para no colapsar les llega de fuera, de los caudales públicos. Los residentes no compensan, ni de lejos, con sus ingresos lo que el Estado consume por cada plaza en sus geriátricos. [SIGUE MÁS ABAJO]

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Los viejos pobres y que viven tantos años no dejan de ser un incordio para un sistema arruinado que vive de esquilmar al contribuyente.

El Estado no puede dejar de considerar una rémora presupuestar ingentes partidas para mantener residencias públicas en permanente déficit, con jubilados que no cubren con sus pensiones la atención que reciben… y lo privado, con su búsqueda de beneficio empresarial, presentan ambos para los ancianos asilados un panorama de lo más desmoralizante.

Los ancianos que han perecido víctimas del coronavirus, en la más completa soledad y abandono, se hallaban en plena edad laboral en 1975, año del fallecimiento del anterior jefe del Estado. La gravedad de la situación nos impone un reverencial respeto hacia las pobres víctimas. Ello sin embargo no nos exime de recordar a los que permanecen vivos lo que el deber nos dicta.

En vez de oponerse a la destrucción de las conquistas económicas, sociales y morales del régimen anterior, que humanizaba a los mayores hasta el punto de que apenas existían geriátricos, los pensionistas de hoy se dedicaron durante años a echar por tierra todo lo bueno y fecundo de aquella España, malvendiendo su futuro a unos políticos que hoy conceden más privilegios y cuidados a un inmigrante ilegal que a cualquiera de ellos.

Estos miles de ancianos muertos en deplorables condiciones seguramente no habrían saludado con tanto alborozo la llegada de la Arcadia democrática feliz que les prometieron, si hubieran tenido la oportunidad de conocer el epílogo de sus vidas. Seguro que ninguno de esos políticos tan dicharacheros de la Transición les explicó que la democracia española echaría doble cerrojo al concepto de la trascendentalidad de la vida humana imperante en la España de Franco, en beneficio del concepto utilitarista como principio básico que determina quién debe morir y quién no. Abominaron de un régimen que les dio a todos ellos la posibilidad de crecer en el seno de familias sanas y vertebradas y de prosperar al amparo de una legislación laboral que proporcionaba seguridad jurídica al empresario y sacralizaba la dignidad de los trabajadores. No quisieron enterarse que progresivamente sus vidas perderían el valor supremo de la trascendentalidad conferida por Dios para quedar a expensas de cálculos económicos o productivos de las élites financieras y sus lacayos políticos.

En la España de Franco apenas existían residencias geriátricas. Las que habían acogían a menos del 1 por ciento de la población anciana. La mayoría de los viejos vivían junto a sus familias. Tenían en ellas una importancia capital y eran depositarios de las mayores atenciones, desde ser los primeros en ser servidos en la mesa a presidir cualquier evento familiar. Hoy, en cambio, más de un millón de ancianos malviven en asilos, en condiciones deplorables en muchos casos. Los que sobrevivan al coronavirus deberían preguntarse por qué ha sido tan degradada la ancianidad en esta sociedad democrática, que apostata de cualquier cosa que no tenga un ideal material. Deberían preguntarse si Franco les hubiera dejado morir solos y sin asistencia sanitaria. Les aseguro que no.

En el denostado régimen de Franco, los ancianos eran reverenciados por sus familias y contaban con una protección especial por parte de las autoridades. La España de Franco nunca hubiera permitido los protocolos que oficializan la desatención médica a las personas más longevas por criterios meramente económicos.

Me pregunto por qué los ancianos españoles no previeron esta situación hace años. Habiendo nacido, crecido y prosperado en el seno de un régimen que convirtió en imperio el derecho a la vida y el respeto a los mayores, por qué reciclaron su moral de hojalata sin oponer resistencia. Vale que los jóvenes no hayan conocido otra cosa que este engendro democrático, pero no así nuestros mayores. Se tragaron el cuento de la prosperidad democrática en la creencia de que pasarían a administrar la cosa pública en régimen de gananciales. Al final lo que han conseguido es ser el último escalón en una sociedad de parias, donde la aniquilación de la dignidad humana ha creado un vacío existencial y, consiguientemente, ha cifrado el valor de las personas en términos de utilidad económica. De ahí que los pensionistas se hayan convertido en lastres económicos, para los que ya se preparan soluciones eutanásicas que aceleren el cierre de su ciclo biológico de vida.

Me indigna igualmente que esos sinvergüenzas que sacaron a muchos jubilados a las calles para exigir pensiones más altas, permanezcan hoy ciegos y mudos ante la muerte de miles de ellos en deplorables condiciones. Son tan canallas como esos liberados sindicales de la Sanidad que se niegan a incorporarse a sus puestos para salvar vidas.

Sabe Dios que me lacera el alma ver a los ancianos españoles caer como moscas estos días. Y me lacera más porque fueron ellos los que legitimaron la deconstrucción del estado nacional. Son los que votaron a Súarez, y luego a Felipe, y más tarde a Zapatero, y ahora muchos de ellos a Podemos. Son los que pudiendo elegir entre la España que reconfortó sus vidas y la que hoy las destruye, eligieron esta última.

Muchas de estas malogradas víctimas del coronavirus colaboraron durante años en mantener a flote este sistema que es sobre todo sinónimo de destrucción y muerte. Los que sobrevivan al virus y a sus propagadores deberían preguntarse qué parte de culpa han tenido en la incubación de la metástasis que hoy padecemos los españoles.


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A Fondo

Armando Robles: “Una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”

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No cuenten conmigo para unirme al coro de las patéticas caceroladas. No cuenten conmigo para repetir el mantra de que «juntos venceremos al virus», cuando el virus ya ha puesto al descubierto nuestras innumerables limitaciones y se otea en el horizonte un panorama económico absolutamente desolador.

Miremos nuestra pobre España y juzguemos si los amargos frutos que recogemos estas últimas semanas son la consecuencia de lo largamente cultivado. No, no cuenten conmigo. No perderé el tiempo tratando de convencer a un enfermo adoctrinado durante años por la tanatocracia española, de que esta pandemia ha evidenciado sobre todo los raquíticos pertrechos que sustentan nuestra pertenencia a una sociedad depravada y cobarde, que deja morir a sus ancianos en siniestras residencias geriátricas y que seguramente dejará en barbecho la negligencia criminal del Gobierno traducida en miles de muertos, decenas de miles de contagiados y millones de parados.

Mi indignación es infinita. Y lo es por muchas razones. De entrada, tanto la gestión de la crisis del coronavirus por parte del Gobierno como el silencio de la oposición, han propiciado que España esté entre los cinco primeros países del mundo en número de víctimas mortales.

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Esperaron que pasase el ‘Chocho-M’ para alertarnos del peligro de la enfermedad. El presidente Sánchez esperó a que las feministas celebraran su aquelarre anual para anunciarnos medidas contra el coronavirus, pero sin concretar ninguna hasta que la situación se hizo desesperada. La negligencia criminal de este Gobierno es un factor de riesgo para los españoles aún mayor que el virus chino. Y ya se ha llegado tarde. Hace semanas alertábamos de que se estaba dejando entrar en España, sin ningún tipo de control sanitario, a personas provenientes de países en los que la propagación del coronavirus era mayor. Nadie hizo nada. El Gobierno se cruzó de brazos y la oposición solo tenía tiempo para el Delcygate . Era por tanto inevitable que acabara ocurriendo esto.

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Dudo que la actitud negligente del Gobierno tenga consecuencias políticas e incluso judiciales. Si un señor con dos copas atropella y mata a un peatón, se le manda a la cárcel por homicidio imprudente. En la gestión de la crisis del coronavirus, lo menos malo que podríamos decir del Gobierno es que ha actuado con  una manifiesta frivolidad e incompetencia.

Me indigna que PP ni Vox hayan abierto la boca en este asunto, al menos no con la beligerancia de otras veces, ellos sabrán por qué. Yo estoy convencido que los amos de Bilderberg han ordenado a Casado y a Abascal que callen como putas. De otra forma no se entiende que la oposición no se haya lanzado ya a la yugular de este Gobierno como lo hicieron los socialistas contra las administraciones gobernadas por el PP con ocasión del «caso Prestige» o de la crisis del ébola, infinitamente menos graves.

Me indigna que ancianos con patologías crónicas estén cayendo como moscas. Ciertamente lo público, lo estatal, que en otras épocas era señal de seriedad y confianza, se ha convertido, en este sistema liberal y globalista, en sinónimo de recortes y servicios mínimos. Y lo privado, que en otros momentos estuvo casi exclusivamente en manos de la Iglesia, es ahora sinónimo de beneficio empresarial y de recortes en personal especializado.

Me indigna que la vicepresidenta Calvo defienda lo público y acabe yendo a un centro sanitario privado comparable a un hotel de cinco estrellas.

Me indigna que nuestras vidas estén en manos de un presidente convertido en el esbirro mequetrefe de la patulea leninista de Podemos.

Me indigna que desde hace más de cuarenta años se haya sometido a la población a la más profunda descomposición moral para subyugarla con la esclavitud del vicio y la deshonestidad. Familias destruidas por el divorcio y el concubinato recurrente. El aborto criminal instalado ya en la conciencia social como un derecho irreversible. La perversión de los conceptos y la trashumancia de los ideales. La eutanasia como infalible solución al colapso de las pensiones y bálsamo de comodidad para unas familias que, tras aprovecharse del viejo, le darán asépticamente el matarile. La homosexualidad y el lesbianismo promocionados por el poder como la única manera de establecer relaciones sanas con el prójimo, pues las naturales de hombre con mujer son de “alto riesgo”.

Me indigna la ideología de género convertida e ideología de Estado con su retahíla de vicio, pobredumbre, peste y depravación, inducidas desde la más tierna infancia por profesores/as amorales o profundamente cobardes, que tratan a sus alumnos infinitamente peor que en las escuelas de Stalin.

Me indignan esos militares y policías sin honor ni honradez, dispuestos a distraer sus conciencias con aquello de la “obediencia debida” y su sueldecillo a fin de mes, cuyas conversaciones más elevadas se refieren a su pensión de jubilación.

Me indignan los gobernantes corruptos, repletos de mentira y doblez, ligeros para el mal, soberbios y a la vez apáticos, incompetentes e incapaces de sacarse una carrera de letras sin copiar en el examen. Falsificadores de tesis y de currículos, purriosos estudiantes, mequetrefes con cartera de ministros cuyo objetivo supremo es cretinizar a las masas para que trabajen, paguen impuestos y después ¡revienten!

Me indignan los pastores de la Iglesia, que estos días nos están ofreciendo su verdadero rostro. Perros mudos, amordazados por el 0.7 de la Declaración de Renta: Las treinta monedas de plata con las que venden ¡el Evangelio de Jesucristo! El plato de lentejas estofadas con el que negocian su primogenitura, su liderazgo ante el pueblo de Dios. Han pasado meses y años en silencio dejando que el pecado y la corrupción hicieran mella en su rebaño, huyendo del lobo que devoraba a sus fieles. No han dado ningún criterio moral para juzgar, según la doctrina de Cristo, lo que nos rodea, haciéndonos creer así que esta envilecida democracia es el mejor mundo de los posibles. Renunciaron a su sagrado deber de defender los lugares de culto y enterramiento, entregando a los enemigos de Cristo el cadáver del Caudillo invicto que los salvó de la muerte.

Me indigna que la población no esté tomando nota de que el binomio coste-utilidad imperante en hospitales y residencias públicas no sería posible en una sociedad que creyese en la trascendentalidad de la vida humana. No se enteran, o no quieren enterarse, que el laicismo radical ha sustituido al Dios verdadero por Mammón. Es decir, el concepto utilitarista como principio básico que determina quién debe morir y quién no. No quieren enterarse que el laicismo radical solo ha servido para crear una sociedad que mide la importancia del individuo en base a cálculos económicos o productivos. Me indigna que la Iglesia esté desaprovechando esta ocasión única para desmontar el discurso laicista. O lo que es lo mismo, para defender que el utilitarismo de una persona no viene determinado por su coste económico, sino por su trascendentalidad directamente conferida por Dios, lo que hace sagrada la vida, en cualquier circunstancia y a cualquier edad. Esa es la diferencia entre la visión panteísta y laicista de la existencia humana que defiende la izquierda y la visión humanística que deberían defender los cristianos. Pero los representantes de la Iglesia, lamentablemente, no tienen el coraje ni la convicción espiritual para enfrentarse a la «cultura de la muerte» imperante hoy.

Me indigna que sigamos sin comprender que toda causa tiene su consecuencia. Que sigamos sin hacer autocrítica tras haber caído en el hoyo del coronavirus. Esa enfermedad maligna que ha puesto en evidencia la debilidad de una Europa corrompida por sus vicios y la estupidez de una España, convertida por el poder en un “infierno de cobardes”, dispuestos a abandonar a su propia madre para salvar su pobre persona.

Me indigna que nadie del Gobierno haya pedido perdón por el ‘Chocho-M’, pese a todas las recomendaciones en contra de los expertos sanitarios que no están a las órdenes de este infame Gobierno.

Me indigna que Irene Montero siga siendo ministra. En cualquier nación decente ya habría sido cesada y encausada penalmente por manifiesta negligencia. Su soberbia y su prepotencia sectaria estaría más cerca de la psicopatía que del servicio público. ¿Comprenderá esta ‘infecta’ cajera de supermercado que la política está para mejorar la vida de las personas, no para mangonearlas, adoctrinarlas y hasta ponerlas en peligro? Perded toda esperanza, es demasiado arrogante y engreída para admitir un error. Ni siquiera ha pedido disculpas.

Me indigna el silencio de todas esas periodistas feministas que animaban a salir a las calles ese día.

Me indignan las feministas, que no las veo acudiendo voluntarias a los hospitales para ayudar a las mujeres con coronavirus, como sí lo están haciendo centenares de mujeres católicas en toda España?

Me indignan todas esas ONG al servicio de Soros, dedicadas al tráfico de inmigrantes con destino a Europa, y que en esta crisis no tienen ojos ni manos para esos ancianos compatriotas que necesitan más ayuda que nunca.

Me indignan que durante años hayamos concedido subvenciones a fondo perdido a inmigrantes, hembristas, antirracistas, ecologistas, guerracivilistas, actores, actrices, artistas de la cochambre… y que hoy no tengamos medios económicos para paliar las necesidades alimenticias que empiezan a tener muchas familias españolas.

Me indigna que no haya una sola feminista, ni un solo podemita, que haya puesto un miserable euro para la adquisición de mascarillas. Ni uno. ¿Dónde están ahora los oenejetas, dónde están los granujas del Open Arms, que no los veo ayudando a las personas ancianas que viven solas, y que necesitan que alguien les lleve medicinas y alimentos, como están haciendo cientos de voluntarios católicos en toda España?

Me indignan esos sindicatos parasitarios que están defendiendo medidas suicidas contra el empresario y que al final nos van a traer más paro, más desigualdad social, más precariedad, más hambre…

Me indigna que la progresía subvencionada no se pregunte si la causa de nuestros problemas es debido a la puesta en marcha de una filosofía política que la experiencia ya ha demostrado que se halla reñida con el bien común.

Me indignan todos esos periodistas «empoderados» e incapaces de sobrevivir sin la mamandurria del Estado, que piden al Gobierno que les siga manteniendo el pesebre.

Me indigna que no hayan camas en los hospitales, que no haya dinero para dotar a todos los españoles del material sanitario que necesitan, porque apenas quedan fondos económicos que no hayan sido robados o despilfarrados por los políticos de uno y otro bando.

Me indigna el conformismo de los españoles. Sentirse a gusto en un vagón, aún cuando no haya máquina que lo arrastre o cuando la máquina nos lleva al abismo, es señal inequívoca de cretinismo mental, de ligereza o de vocación de suicidio.

Me indigna que los separatistas utilicen esta crisis para seguir debilitando al Estado, sin que al caso les importe la vida de los suyos.

Me indigna que el Gobierno haya impuesto el arresto domiciliario a millones de españoles mientras sus miembros se saltan la cuarentena.

Me indigna que se haga pagar a los autónomos el dinero que no han podido ingresar debido a la paralización de sus actividades.

Me indigna esa jerarquía católica española que ha abandonado a su suerte a sus fieles cerrando las parroquias. En dos mil años de historia nunca se había prohibido el sacrificio perpetuo, dos mil años en los que la humanidad ha sido devastada por plagas mucho peores que el coronavirus, en las cuales las iglesias abrían día y noche para dar refugio, para consolar a los sufrientes, para salvar las almas de la gente atemorizada ante su posible muerte. Sin embargo, ante un virus con mortalidad del 2% e incluso menos, se cierran las iglesias, porque las beatas y los pocos fieles que acuden a las misas de diario, separados por bastantes metros, son una posible fuente de contagio.

Me indigna que cuando pase la pandemia, si es que pasa, sigamos dejando la solución a nuestros problemas en manos de partidos cuyos dirigentes representan lo peor y más abyecto de la condición humana.

Me indignan los representantes de esa casta política que nos está arruinando tras vaciarnos de miras trascendentes.

Me indignan esos lacayos de Bruselas que nos están demostrando con hechos lo poco o nada que los españoles les importamos.

Me indignan esos responsables televisivos que nos ofrecen a diario toneladas de basura con tal de que no se hable de la responsabilidad del Gobierno en esta crisis pandémica. Me indigna que a través de las televisiones sigan imponiendo sus dogmas, sus anatemas, sus preferencias culturales, sus clichés ideológicos, sus fracasadas recetas políticas.

Y me indigna sobre todo que esta experiencia al final no nos sirva para nada. Que el concepto de la resiliencia lo reduzcamos a caceroladas, a vaciar en fila india las baldas de los Mercadona o a entonar canciones del ‘Dúo Dinámico. Que en vez de apostar por auténticos líderes que nos gobiernen en el futuro, sigamos en las mismas manos corrompidas de siempre, bajo la estulta mirada de los partidos de siempre a las órdenes de la misma mafia globalista de siempre, manejándolo todo en la sombra, hasta el número de muertos.

Me indigna, en fin, tener que ser yo, y no otros, quien afirme que la debilidad de nuestro sistema inmunológico no es nada comparable a nuestra conversión en ganado lanar bajo las garras de la manada lobuna que nos gobierna.


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Cartas del Director

Naderías frente a la tragedia

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Pedro Sánchez se dirigió anoche a los españoles durante más de 45 minutos con un monólogo reiterativo y convertido en un cúmulo de naderías que no tranquilizan a la sociedad. Sánchez demostró que el afán propagandístico de La Moncloa no tiene límite ni siquiera ante la más dura desgracia que nos está golpeando. El aprovechamiento político que hizo de su monopolio mediático para proteger su imagen obliga a preguntarse si su gestión de esta pandemia, con España confinada, es solo negligente, o si también lo es temeraria. No en vano, ya hay ministros que admiten que el Ejecutivo tomó conciencia de la gravedad el 2 de febrero, y hasta hoy no se ha escuchado ni una sola autocrítica de Sánchez, ni una sola disculpa, ni un mínimo reconocimiento de un error. Toda su comparecencia quedó reducida a una serie de coartadas y justificaciones para sostener que el Gobierno no ha llegado tarde. Pero por desgracia, hoy tenemos la certeza de que así ha sido. Por momentos, Sánchez quiso emular al general Charles de Gaulle, cuando en los años sesenta se presentaba ante los franceses cada sábado para imprimir moral patriótica. Pero de aquello han transcurrido seis décadas, y desde luego Sánchez no es De Gaulle.

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Lo más grave de ayer no fue la utilización de todos los medios públicos a su alcance para justificar su fracaso en la gestión, sino la sistemática exculpación de cualquier responsabilidad por el mero hecho de que se ha limitado a seguir las recomendaciones de los «expertos» y de la OMS. Sánchez, fiel a su costumbre, no asume ninguna responsabilidad política y se desmarca de cualquier problema que pueda salpicarle con excusas carentes de argumentos.

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No parece haber tomado conciencia aún de que es el jefe del Gobierno, y no hay una manera más errónea de ejercer el liderazgo que la sociedad le demanda. No es necesario que Sánchez prolongue artificialmente sus discursos para que los españoles nos sintamos orgullosos de nuestros sanitarios, policías, militares o de todos aquellos que sostienen los servicios básicos y el abastecimiento de un país cerrado. Los españoles ya lo estamos. Lo imprescindible es que Sánchez no pretenda competir con la jefatura del Estado para recuperar la iniciativa política, social y económica perdida. Si vendió a los españoles un «escudo social» frente a esta crisis, anoche solo se ocupó de poner un «escudo político» para no desprestigiar más su imagen en pleno colapso hospitalario y de medios materiales. Pero fue absurdo porque la competencia de este Gobierno está en entredicho. La OCDE exige un «plan Marshall» a nivel planetario, Merkel anuncia en Alemania un rescate de 600.000 millones para una «economía de guerra», Italia multiplica su drama entre peticiones desesperadas de ayuda… y Sánchez se enorgullece de la caída del consumo de queroseno. Para decir lo que dijo anoche, pudo hacerlo antes. O ahorrárselo.


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