España
Agencias de importación de menores. Por Carlos X. Blanco
Carlos X. Blanco.
Los estados europeos, y muy singularmente el Reino de España, están violando gravemente los Derechos Humanos, esa declaración de principios supuestamente absolutos a los que, paradójicamente, todos los gobiernos y ordenamientos dicen someterse. Toman la Declaración de 1948 como si se tratara de una nueva Religión, credo organizado en cuyo seno laten dogmas, con su clerecía (oenegetas y funcionarios de Agencias de Cooperación) y hasta una Iglesia Universal (ONU), así como cruzados, templarios y demás secciones militarizadas de la misma (UE, OTAN). Están aupados a lo que llaman “gobernanza mundial”, esto es, armados con dogmas sacados de la manga y no explícitos en la propia Declaración. Los poderes europeos afirman, todos ellos rendidos al globalismo, que “no hay fronteras”. Y que no hay fronteras, especialmente, para los “menores no acompañados” (MENAS).
Pero el derecho de un “menor no acompañado” no es el derecho a venirse a España o a cualquier otro estado de Europa. El derecho y la obligación de un menor, sea extranjero, sea español, es otro: vivir con sus padres y luchar por el progreso de su propia patria.
Que existan padres desalmados que envíen a sus hijos al mar en dirección a un mundo que no es el suyo, no debe ser asunto público de nuestro estado, una visita no deseada que succione o detraiga recursos públicos, un problema que genere responsabilidades para el poder público, motivadas por una estancia ilegal en nuestros suelos. No olvidemos que son personas que han cometido un acto ilegal. Es dudoso que un acto ilegal deba generar nuevos derechos a quien lo ha cometido. No obstante, en el fenómeno de los llamados “okupas” tenemos algo similar: alguien entra en tu casa y tú, como propietario, tienes que respetar los derechos del delincuente, derecho a vivienda gratis, unos derechos que se alzan por encima del derecho a la propiedad.
Las organizaciones no gubernamentales, en no pocos casos, están colaborando con las criminales mafias de tráfico de personas y trabajan para que se dé la aberración, esto es, que una ilegalidad genere derechos al infractor. Las ONGS, junto con los aparatos del Estado, no se limitan al rescate (“a vida o muerte”) de personas a la deriva en alta mar, lo cual es y debería ser siempre humanamente una prioridad. En algunos casos se extralimitan y hacen una labor de “importación” de contingentes humanos, muchos de los cuales “dicen” ser menores, exigiendo de nosotros mucha fe y candidez de alma. Que todo un Estado, o unas ONGS altamente subvencionadas por el estado, colaboren en la tarea criminal de “importar” seres humanos, habiendo entre los llamados “migrantes” personas que deberían seguir con sus padres (que los tienen, en no poca proporción o, si no, familia y tribu) es un delito cometido por el Estado español, sus funcionarios y sus ONGS.
El Reino de España, al tomar como competencia y obligación suya la custodia de personas extranjeras, catalogadas como “menores” (bajo criterios dudosos muchas veces) y “no acompañados” (contando todos con su propia familia, ya que no progenitores) está incurriendo en dos crímenes contra la humanidad: apropiarse de personas que deben ser criadas y custodiadas por otros, de una parte; de la otra, el estado facilita la labor de las mafias que trafican con personas, pues completan la última parte del trabajo remunerado a los nuevos “negreros” y esclavistas: el cruce de una frontera y el ingreso en un centro que garantiza su reparto ulterior en algún punto de la península.
Los derechos de estas personas (muchas de las cuales no son, precisamente “niños”) solo se pueden garantizar en una familia. Un Estado extranjero (como es y siempre será, para ellos, España) no puede hacer de padre ni de madre. Hay un falso consenso en nuestra sociedad, atiborrada de moralina: “esto es lo que ha de hacerse como mínimo, pobrecitos, qué menos”. Un falso y dulzarrón pseudo- cristianismo, que habla de “cultura de la acogida”, y de “tender puentes y derribar muros”, se destila y predica incluso en las legiones de la izquierda atea y laicista, devenida misionera y limosnera. De repente quieren salvar a millones de “niños” extranjeros, aunque muy pocos empleados de esta agencia de importación de personas (y menos aun las elites que los dirigen) los meten en su propia casa o los recogen en su barrio. De otra parte, el recurso oficial a un lenguaje intimidatorio y terrorista, encaminado a impedir toda crítica de este fenómeno criminal de la importación de menores, es algo que debería preocupar. El punto de enfoque está tergiversado de forma deliberada por el Poder: se quiere negar de antemano la ecuación “delincuente=migrante”, falsa en muchos casos, para ofuscar la visión de mil y una disfunciones auténticas que la importación planificada y mafiosa de personas está acarreando, disfunciones que no son exclusivamente de tipo delictivo. Pero, lo más importante, se está tapando el hecho de que el propio Estado comete delito contra la Humanidad al no defender sus propias fronteras y al ser colaborador (activo y pasivo) de la trata de seres humanos.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
