España
Amenazas con Rivera de comparsa
Manuel Marín.- Es temporada de amenazas. Regresa el postureo que convierte cada codazo por dirimir una mayoría autonómica o un veto municipal en un divertimento ocioso. Retorna el cansino desfile de egos para complicar la lectura de las urnas y las alianzas que el electorado ha sugerido. Por eso, al final del enredo confuso todo será más natural que sorpresivo. Pero mientras dura, los órdagos, las amenazas, los chantajes y los «cordones sanitarios» animan un espectáculo orgiástico -todos con todos- para que no decaiga.
El PNV amenaza la investidura de Pedro Sánchez para garantizar una mayoría batasuna en Navarra. Valls amenaza con entregar Barcelona al populismo separatista de Colau, por más que la maquille. Abascal amenaza con tumbar cualquier alianza entre PP y Ciudadanos si no recibe garantías decisorias y fotografías blanqueadoras. Ciudadanos amenaza con no entrar en ningún gobierno con Vox. Errejón amenaza a Iglesiascon refundar Podemos desde otra estética, y a Vox y al PP ofreciendo acuerdos a PSOE y Ciudadanos. E Iglesias amenaza a Sánchez con vetar su investidura si no lo convierte en icono de su Gobierno… Trueques y cambalaches no concebidos para gobernar, sino para obtener rédito de que sea otro quien no gobierne, no contamine, no altere. Pero la alternativa a tanta amenaza es el bloqueo total. Una España convertida en zona cero. Inviable.
Salvo alguna excepción que pueda producirse, todo se expone en un escaparate ficticio. Es el tacticismo teatral del «bienqueda», la oferta a la desesperada del perdedor frustrado que simula imponerse. Tanto enredo alcanza un éxtasis delirante en Madrid: Ciudadanos pide al PSOE que apoye al PP en la alcaldía y la comunidad para que no tenga que hacerlo Vox. Es pedir a Sánchez que alivie a Rivera de una carga tóxica -compartir cama con Abascal- para salvar a Casado. De manicomio. Pero alterar las reglas del juego, ahora con las urnas ya volcadas, comporta riesgos. Rivera dijo «no» a Sánchez, y el PSOE dijo «no» a Rivera. Por interés propio, ambos coincidieron en diseñar una estrategia para que el votante identificara a Ciudadanos con el PP. Y olvidar ahora aquello de «la derecha, la extrema derecha y la extrema, extrema derecha», la «foto de Colón», o la derecha «trifálica» amenaza con ser letal para Rivera si se convierte en la concubina de Sánchez.
En diciembre, tras las elecciones andaluzas, Ciudadanos aceptó a Vox como animal de compañía. Y no fue penalizado después en las generales. Al contrario, superó al PP en esa autonomía. Vox es una anomalía que contamina a Rivera a corto plazo, no a largo. Pero Vox tiende a «institucionalizarse», su frenada ha sido brusca y la moda siempre es pasajera. El éxito insuficiente de Ciudadanos consistió en hurtar votos al PP y en fagocitarlo confundiéndose con la derecha moderada. De hecho, su pacto de fallida investidura con Sánchez en 2016 fue castigado en las urnas, y si antes pudo ser el tiempo de las bisagras ambivalentes, hoy el elector exige alianzas coherentes.
El dilema de Rivera no es negociar Madrid, Murcia y una veintena de alcaldías con el PP. O pactar Aragón y Castilla y León con el PSOE. Ni siquiera le preocupan díscolos como Valls e Igea, o la amenaza de incipientes baronías-forúnculo en Ciudadanos. El problema de Rivera es haber perdido cuatro años más para ser presidente del Gobierno. Y para sobrellevar la frustración, aliarse con Sánchez carecería de sentido si 2,5 millones de sus votantes provienen de un PP cuya infección empieza a remitir. No tendría fácil explicar con un mínimo de coherencia cómo puede ser al mismo tiempo gobernante, cogobernante, aliado ramplón y oposición.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
