Opinión
«Aparcando» Por José Luis Rodríguez
Mis felices tiempos de ciclista acabaron en urgencias, con una clavícula y varias costillas que tardaron más de un año en volver a ser medianamente sólidas.
Ahora, utilizo el coche, infinitamente más caro; la letra, el seguro, mantenimiento, consumo, impuestos, garaje y alguna multa para redondear, y, además, contaminante. La cosa no acaba aquí, ya que coger el coche sí que es un deporte de riesgo: Te santiguas a tu San Cristóbal y te enfrentas a una jungla de peatones despistados, pilotos de rally, repartidores a los que las luces de emergencia les permiten cortar calles, gente que no tiene prisa, ciclistas, semáforos, la entrada al cole, zumbados en patinete, el camión de la basura, vendedores ambulantes….
Y así, en 25 minutos llegas a tu trabajo, cuando caminando tardas 20, ¡¡y aún tienes que aparcar!!
Han llenado las ciudades de aceras inmensas, de zonas verdes, convertidas en campos de minas de buena suerte de procedencia canina, hábitat natural de especies exóticas agresivas con los autóctonos, o mercados ilegales improvisados a las puertas de comercios tradicionales y PYMES.
Luego, han desaparecido los aparcamientos libres, transformados en zonas azules y verdes.
En las azules pagas sí o sí.
En las verdes, si eres vecino, ya has pagado, pero si no encuentras sitio, vuelves a pagar.
También tienes contenedores, zonas de minusválidos, zonas de motos, vados, prohibiciones varias, bolardos, obras… y cuando por fin divisas un hueco donde poder aparcar, el simpático de turno aparcó de tal manera que inutiliza ese espacio, al menos, si tienes intención de bajarte del coche después, o directamente, ocupó dos plazas.
Soy totalmente contrario a la grúa, porque soy muy quisquilloso a la hora de aparcar, e incapaz de dejar el coche mal estacionado o estorbando, ni siquiera un minuto.
Por eso, en vez de grúa, los ayuntamientos deberían contar con apisonadoras, que dejasen los vehículos mal estacionados con el mismo grosor de un folio. Así ya no molesta.
Tampoco sería necesario agobiar al propietario con multas y recursos, y, además, garantiza por completo que ese vehículo no volverá a impedir la libre circulación de los vecinos que si respetan las normas.
Se le cobra al infractor la tasa de recogida y reciclaje de residuos sólidos y listo. Treinta minutos después, aparcas, a otros diez minutos andando de la oficina.
Balance, 65 minutos en coche, y cabreado equivalen a 20 minutos caminando. ¿La bici, deporte de riesgo? Será para las arcas municipales…. Cuando el clima lo permite, me voy andando, y con el tiempo que me sobra, me quedo de pie al lado de un coche, con móvil en la mano, a ver cuántos paran, ¡bajan la ventanilla y me preguntan si me voy en el tiempo que me fumo el cigarro antes de entrar a fichar…
¡Es mi pequeña venganza!
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
