Opinión
«Icebergs», por José Luis Rodríguez
¿Cómo estarán las apuestas tras las bambalinas del Congreso de los Diputados, que PP y PSOE, eternos rivales de ideologías opuestas se plantean pactar para mantener a Vox alejado del poder?
Traicionarán de facto y sin disimulos, no sólo a sus votantes, también a su propia filosofía, a la cimentación sobre la que edifican sus formaciones políticas y a cualquier resquicio de rectitud moral.
Esta es una de esas reflexiones que le harán asentir con la cabeza según va leyendo, pero que no recordará, (me atrevo a apostar por ello), cuando vuelva a encontrarse usted en un colegio electoral.
Que gane el mejor es una utopía, condicionada por una ley electoral que premia al insignificante y al traidor en coalición.
Sobre las vergüenzas de los partidos mayoritarios, no tengo nada que decir que no se sepa, ni nada que sus votantes no estén dispuestos a perdonarles, según parece, por lo que no merece la pena el esfuerzo.
El resto de recoge nueces, presentes como el primo tonto del pueblo en la cena de Navidad, porque es de la familia y no queda más remedio, seguirán haciendo su papel fielmente, sin duda.
Abrirán la boca bien para engullir, o bien para ofender al resto. Es fácil tapar una neurona con una bandera, lo difícil es taparse las vergüenzas.
Pocas opciones quedan, los morados, haciendo el lila, y los naranjas cavando su propia fosa a marchas forzadas. Han alcanzado tal profundidad que apenas se escucha el eco de los supervivientes.
Cualquier persona puede cruzar España “saludando” a los políticos sin perder las ganas, es un meme que circula por las redes, al que yo añado, más de una vez.
Como persona libre e independiente, me permito saludar a todos, con ambas manos.
Vox tiene un gran equipo en Madrid, y una cola interminable en la ventanilla de afiliaciones.
Su número creciente de votantes, formado por personas de diferentes procedencias, pero con un sentido vivo de recuperar España, son su mejor baza.
Una cosa el el Dream Team de Madrid, y otra muy diferente son los equipos provinciales y locales.
En éstos últimos, hay de todo, como en cualquier formación de Compromis, por poner un ejemplo.
No es la primera vez que se seleccionan las manzanas del canasto, y se apartan aquellas que por ser de mayor tamaño, más brillantes o más vistosas, destacan, para que no desmerezcan al resto.
Visualmente ese truco puede funcionar, a costa de reducir considerablemente la calidad media del canasto entero. Yo me entiendo.
Del iceberg, como de cualquier partido, incluido Vox, sólo es visible la parte que asoma sobre la superficie.
No se equivoquen, les deseo un gran éxito, tan grande que les permita gobernar sin que otros empañen sus acciones, ni limiten sus movimientos, pero parece que las cartas ya se están repartiendo, y a esta mesa de tahúres, será difícil ganarles la partida.
Además, hay que tener fondos para hacer frente a tales apuestas.
¿Y entonces, ¿qué?
El que tiene afinidad, convicción o beneficio procedente de su voto, hará lo propio.
El que quiera contribuir, mostrando su rechazo a tanto borrego ministerial, lo que no puede hacer es quedarse en casa, debe ir a votar, y votar en blanco.
No sirve de mucho, no con ésta ley electoral basura, pero quedarse en casa equivale a darles permiso a seguir haciendo a su antojo.
O elegir una opción que garantice el voto blanco computable, y ahí, justo ahí, es donde la cosa se pone interesante.
Pero como dije al principio, no se acordará de ésto cuando se encuentre ante una urna, o viendo la tele en casa.
¿A qué hora es el partido?
¿A que ya lo ha olvidado?
José Luis Rodríguez.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
