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Apoteosis confirmada de José Tomás en Granada

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Andrés Amorós.- Crónica de una apoteosis anunciada. Con toros bravos, muy bien escogidos, la personalidad y la quietud de José Tomás entusiasman al público, entregado desde el comienzo. Sorprende verlo tan puesto, después de un año sin torear. Sólo al matar se ha advertido su inactividad.

No se trataba, desde luego, de una corrida al uso, sino de algo que se presenta como un acontecimiento único, excepcional: la vuelta a los ruedos de José Tomás, un año después de haber actuado en Algeciras. Es decir, algo que nadie quiere perderse. Tal como estaba todo planteado, ¿podía alguien imaginar que el diestro no saliera a hombros? ¡Imposible! Pero el torero ha respondido a las expectativas de sus apasionados. Llegó la esperada apoteosis, la que todos querían: seis orejas y un rabo y puerta grande para José Tomás. Todos felices.

Algunos puntos previos. No me gusta un cartel que no sé cómo calificar, en el que alternan un matador, «en solitario», se dice, y un rejoneador. ¿Qué clase de competencia puede ser ésa? Consecuencia de todo esto: el caballero y el torero a pie lidian toros de distintas ganaderías, elegidos, obviamente, por sus mentores. No me gusta que se suprima un rito básico de la corrida de toros, el sorteo de las reses, que ofrece igualdad de oportunidades a todos los diestros. Y algo igualmente evidente: con todos los respetos para Plazas como Algeciras y Granada, una figura de primera categoría lo demuestra toreando en las Ferias de Madrid, Sevilla y Bilbao, las reses que allí se lidian, compitiendo con las otras figuras. Son mandamientos básicos de la Tauromaquia, que ningún «modernismo» debe eliminar.

A partir de ahí, relatemos lo que ha sucedido en Granada, esta tarde. Por supuesto, lleno de «No hay billetes», reventa, apreturas en los tendidos, expectación, recibimiento apoteósico al diestro: muy espigado, vestido de azul y oro, muy serio, con el mechón blanco y las huellas de la edad, en el rostro. A Sergio Galán le toca el complicado papel de un aperitivo, que la gente está deseando sea breve. Brinda a José Tomás el primero, de Pallarés, que galopa y le permite lucirse. Aplauden sus alardes ecuestres y mata de un rejonazo. Después de dos faenas de Tomás, se esfuerza por atraer la atención del público, arriesgando, al clavar muy en corto y en el par a dos manos pero falla, al matar.

Al saltar a la arena el segundo, se escucha un clamor: «¡Por fin!» Recibe con suaves verónicas al segundo, «Fumador» de Cuvillo, que flaquea un poco pero es muy bravo; las enlaza con lentas chicuelinas, que levantan un clamor; quita impávido, mezclando lances. Comienza con seis estatuarios amanoletados, en el centro, y el desprecio. A la gente no le importa el desarme final. Cita de frente para naturales suaves.

El toro repite y la emoción sube en los derechazos ligados y algún remate por bajo apurado. Estocada desprendida y atravesada: dos orejas. En el tercero, «Fogoso», de Garcigrande, lancea muy lento; apenas lo pican; se lo ciñe en las gaoneras. El toro aprieta en banderillas a Sergio Aguilar. Traza buenos naturales, con algún enganchón. Un cambio de mano que desemboca en un circular desata la locura. La estocada queda baja, todavía suelta el toro un derrote que le alcanza un poco: dos orejas. El quinto, «Bellito», de El Pilar, se crece en varas: dibuja chicuelinas muy lentas. Saluda Miguel Martín. Después de buenos doblones, lo imanta en la muleta pero el toro queda a medias. Mata caído y trasero. Al sexto, de Cuvillo, lo recibe con delantales, no siempre limpios, que levantan un clamor, aunque acaban con desarme. Se echa el capote a las espalda en el impávido quite. Brinda al público (igual que el primero). Cita al natural de lejos y aguanta, con riesgo y emoción. Se apaga pronto el toro pero todavía le saca muletazos pausados. Sigue toreando totalmente a gusto, para él mismo (feliz, por comprobar lo bien que ha estado) y para un público, totalmente entregado. Coge la espada en el momento justo, mata arriba y corta las orejas y el rabo: el broche de oro de una gran tarde.

Resumen final: se confirma la anunciada apoteosis. ¿Animará este éxito a José Tomás para que acceda a torear en otras Plazas? «Todo es posible en Granada», se llamaba una deliciosa película de Sáenz de Heredia, con Merle Oberon y Paco Rabal. Ya han pasado la Feria de Abril y la de San Isidro pero todavía no se han anunciado los carteles de las Corridas Generales de Bilbao, ni de la Feria de Otoño madrileña, ni del 12 de octubre, en Sevilla. No parece justo privar a las aficiones más entendidas de España del arte de uno de los grandes toreros actuales. Recuerdo la frase de Gerardo Diego, cuando ejerció la crítica taurina: «Soñemos, alma, soñemos». Pero, en este caso, con pocas esperanzas de que el sueño se haga realidad.

Romance torero

Un vecino me pasa un romance, no «gitano» sino torero: «Quién hubiera tal ventura, la víspera de San Juan, como José Tomás tuvo en su querida “Graná”». La expectación era enorme, con la Plaza a reventar. Sólo toreaba con él ese jinete Galán: yo no sé cómo se llama un cartel tan peculiar. Como era el único diestro, no tuvo que sortear cuatro toros colorados con nobleza y calidad: si «Fumador» era bueno, «Fogoso» no iba detrás; a medias queda «Bellito», «Novelero» es buen final. Ha cortado seis orejas y un rabo, es natural, y abierto la puerta grande, ¿alguien lo podía dudar? Sigue arrebatando al público su gran personalidad. Todos quedaron contentos: los hoteles, la ciudad, el empresario, sin duda, y también, José Tomás. Si todo ha ido tan bien, ¿por qué no repetirá? Madrid, Sevilla y Bilbao le están esperando ya». Y yo, muy de acuerdo, firmo debajo.

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Muere un hombre de 62 años en el quinto encierro de Cuéllar (Segovia) tras recibir una cornada

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Un hombre de 62 años ha fallecido esta mañana en el quinto y último de los encierros de Cuéllar (Segovia) tras recibir una cornada en la zona conocida como «El embudo», antes de la entrada en el recinto urbano, donde una de las reses de Simón Caminero se quedó rezagada y se dirigió hacia una zona donde se suele situar el público, informa Efe.

La cornada se ha producido en el cuello y en el tórax de este vecino de Cuéllar. Mientras el toro realizaba su recorrido en campo abierto y seguido de caballistas, se ha dirigido a una zona donde se encontraban varios espectadores subidos en un muro. Al acercarse el animal, algunos se han caído del muro y el toro ha embestido a este hombre, que ha fallecido.

El alcalde de Cuéllar, Carlos Cuesta, explicó a Ical, que en esa zona no se puede situar «ningún tipo de personas», dado que en la tapia donde ha ocurrido «hay una señal que indica que está prohibido permanecer en ese lugar».

El fallecido fue rescatado en un vehículo todoterreno y después, ya en el casco urbano, trasladado a una ambulancia, con una herida en el abdomen. Además, un caballista y dos corredores también resultaron herido en la zona de «El embudo».

El Ayuntamiento guardará un minuto de silencio al comienzo de los actos restantes de las fiestas, además de decretar tres días de luto oficial. Además, este último encierro ha dejado dos heridos que han sido trasladados a Segovia por contusiones, aunque no revisten gravedad.

En el vídeo, recogido en primicia por El Norte de Castilla, se puede ver los tensos momentos vividos y cómo se demora la llegada de ayuda una vez que el hombre se encuentra en el suelo con el toro.

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Toros

Cornada mortal a un hombre en el toro de cuerda de Chiva (Valencia)

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Un hombre de mediana edad ha muerto este sábado tras ser corneado por un toro en la primera de las ocho tradicionales carreras de la fiesta del Torico de la Cuerda de Chiva, celebrada a primera hora de la mañana.

El presidente de la Peña El Torico, Javier Tarín, organizadora de los festejos taurinos junto el Ayuntamiento, ha confirmado a Efe que la cogida mortal se ha producido en la última parte del recorrido, en la misma zona donde también ha resultado herido otro hombre por el mismo astado, que ha sido trasladado al hospital y dado de alta.

Tarín ha lamentado el suceso y ha informado de que la organización de las fiestas, que finalizan el próximo día 25 de agosto, ha programado dos minutos de silencio antes de la celebración de los festejos vespertinos.

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El portavoz de Vox en Fuengirola denuncia a una antitaurina por desear que los toreros queden tuertos

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Nuevo caso de odio antitaurino. El concejal de Vox en la localidad de Fuengirola (Málaga), Antonio Luna, ha presentado una denuncia en la Comisaría de Policía contra la usuaria de una página de noticias del municipio por un presunto delito de odio.

Coincidiendo con la celebración de una corrida de toros en Fuengirola, la citada usuaria escribió el siguiente comentario: “a ver si dejan tuerto a más de uno como a Padilla”. Se refería a la cogida sufrida por el diestro de Jerez en el coso taurimo de Zaragoza y a resultas del cual perdió un ojo.

El odio de los antitaurinos

No es la primera vez que los antitaurinos expresan su degradada condición. Hasta bien entrado el siglo XX, cuando las corridas eran aún el gran espectáculo nacional de masas, la polémica sobre la lidia formaba parte del eterno debate sobre el ser de España. De Larra, Unamuno o Benavente a Ferrater Mora o Pániker, los detractores de la fiesta, eran gente docta que discutía con otros intelectuales en pie de igualdad; ilustrados que denostaban la tauromaquia como símbolo de una mentalidad anclada en el pasado. Hasta el más inflamado de aquellos propagandistas, como el bizarro Eugenio Noel, sustentaba su diatriba en un fundamento ético. Más que la lidia impugnaban la esencia del casticismo, un código de valores que mantenía al país varado en un atraso histórico. Esa controversia estaba inscrita en un contexto de reflexión patriótica y formaba parte de la preclara tradición filosófica del regeneracionismo.

El menos profundo de esos escritores o ensayistas se sonrojaría ante la majadera liviandad de los actuales antitaurinos, ese ejército de desaprensivos mequetrefes tuiteros, de payasos antisistema y de ecologistas talibanes cuya compasiva bondad animalista inhibe cualquier atisbo de empatía por la muerte de un ser humano. Un oponente del toreo con mediana lucidez encontraría en la tragedia de Juan José Padilla una elemental munición lógica contra la continuidad de la fiesta; lo que a ninguno se le ocurriría es celebrarla como un triunfo de la res, una especie de acto de justicia poética. Semejante simpleza es algo casi peor que una felonía moral; constituye una clamorosa demostración de estupidez, un monumento de estulticia rencorosa y banal que desarma al movimiento prohibicionista no ya de razón sino de respeto. Con el exhibicionismo de su desnudez mental estos zascandiles deshonran la seriedad de su propia causa; no existe la mínima posibilidad de mantener una discusión racional con seres impregnados de una frivolidad tan mentecata, con tan fundamentalistas botarates de pensamiento (?) enfermizo.

Existen muchos españoles a los que la fiesta de toros aburre tanto como un partido de béisbol o que contemplan las corridas como vestigios de arqueología antropológica, reliquias vivas del patrimonio cultural. Lo que estos contemporáneos indiferentes –y mucho menos aquellos honestos críticos novecentistas– no podían, o no podíamos, siquiera imaginar era que llegaría un momento en que la defensa de la tauromaquia se convirtiese en un ejercicio de oposición a la intolerancia, en un compromiso necesario con la libertad. Menos aún, que acabaría relacionada con la simple salvaguardia de la compasión, con la reclamación imprescindible de la primacía de la condición humana frente a la indigencia ética de una sociedad envilecida. Y lo que es más grave, una primordial reivindicación de la inteligencia frente al inquietante imperio de la memez».

He aquí que se nos presenta la ocasión de poner en entredicho a esta gente carcomida por el odio, de proclamar en voz alta su consumada arbitrariedad y naturaleza sectaria. Resulta muy sospechosa la estrecha conexión entre el movimiento antitaurino y algunas organizaciones de la izquierda radical que trabajan incansablemente para que la sociedad española sea un espacio cada día más irrespirable. La base de su fundamento es siempre el mismo: el rechazo a cualquier cosa que para nosotros tenga un valor emocional, que forme parte de la tradición o que durante años nos haya vertebrado como comunidad nacional.

 

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