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Opinión

Armando Robles arremete en «Buenos días, España» contra el podemita Echenique: «Gusano, miserable, tullido mental»

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El portavoz de Podemos Pablo Echenique ha negado la agresión sufrida por la diputada nacional de Vox en Sestao, Rocío de Meer. Y lo ha hecho de la peor formas posible: caricaturizando los hechos al considerarlos «un bulo de la ultraderecha» y asegurando que la sangre de la diputada se trataba de ketchup. Como se sabe, Rocío de Meer recibió una pedrada en su ceja izquierda durante los graves altercados que se produjeron el viernes en la localidad vizcaína de Sestao cuando grupos proetarras intentaron reventar el mitin de la formación de Santiago Abascal. Para no dejar lugar a la duda, el líder de Vox, Santiago Abascal ha publicado en su cuenta de Twitter el parte médico que demuestra la agresión a su diputada.

El programa «Buenos días, España», de Radio Cadena Española, ha hablado hoy sobre este suceso y dado respuesta a Echenique. Para Armando Robles, director de AD, las manifestaciones del portavoz podemita prueban el alienamiento de su partido con las expresiones de violencia procedentes de los filoetarras. Arremetió contra los medios por minimizar los hechos y se preguntó «qué estarían diciendo a estas horas si la destinataria de la agresión hubiese sido una mujer de Podemos o de Bildu».

Robles lamentó la legitimación de la violencia por parte de la izquierda, «siempre y cuando los que la sufren sean de Vox o del PP», y denunció que en amplios sectores de la opinión española se considere «una provocación» que los dirigentes de un partido nacional acudan a una parte del territorio nacional a hacer campaña». Atribuyó la salvaje agresión a la parlamentara de Vox al odio incubado por la sociedad vasca tras décadas de adoctrinamiento nacionalista, y calificó a la democracia española de basura. «Lo siento, pero una democracia donde los representantes de algunos partidos no pueden andar libremente por la calle ni hacer campaña sin sufrir el acoso ni la agresión de los violentos, solo puede calificarse de democracia basura»

También tuvo palabras críticas contra el silencio de las feministas y del resto de las formaciones políticas salvo el PP. «Las feministas tienen interiorizado que si la mujer agredida es de derecha, entonces se lo tiene merecido», dijo.

Respecto a Pablo Echenique, al que calificó de «tullido mental», Robles dijo sentir por él un «profundo asco». «Miserable gusano, a diferencia de lo que tu no alcanzarás a ser nunca, Rocío de Meer es una española de bien que defiende sus ideas con la dignidad de la que tu careces. A vosotros, en cambio, a toda la purria podemita, no se os conoce mejor acción que la de serviros a vosotros mismos y aprovecharos de los que están en peor situación», manifestó.

«Irene Montero fue demandada por su escolta por obligarle a hacer de recadera, mecánica y chófer de la familia. Tu mismo, canalla miserable, fuiste condenado por la contratación irregular de un asistente personal al que pagabas en negro. No es extraño en vosotros. Siempre hacéis lo contrario de lo que pregonáis. Por eso el pueblo os tiene ya tan calados. Dais asco, mucho asco. La mayoría de los de Podemos son parásitos de la política incapaces de sobrevivir alejados del dinero público. Nunca habéis hecho nada decente que merezca ser ensalzado como parangón. Habéis perdido cualquier átomo de humanidad y sois gentuza. Solo os importa el poder, como a Maduro, aunque su población perezca de hambre o la nuestra perezca por vuestra incompetencia al gestionar la crisis del coronavirus. Sois basura política y como tal espero que más pronto que tarde seáis arrojados al vertedero», añadió Robles.

«Pretendes la implantación en España de un régimen comunista como el que ha arruinado a Venezuela, como el que arruinaría a quienes te hicieron sentirte un hombre libre y sin más cadenas que las que te mantuvieron unido al asistente que pagabas en negro», apostilló el director de AD.

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Stanley G. Payne: «Vox no tiene ningún miedo a contar la verdadera historia de España»

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El hispanista arremete contra el gobierno del PSOE y sus leyes «soviéticas», reivindica a Pío Moa y advierte del miedo en la universidad española a enfrentarse con la ortodoxia de izquierdas que está implementada en el país.

«Ahora creo que Juan Negrín no era una marioneta de Moscú», la frase, que podría ser de Ángel Viñas si no fuera por el adverbio inicial, me la soltó Stanley G. Payne hace ya diez años en un hotel en la plaza de Conde del Valle de Suchil. Lo rememoro mientras me explica por Zoom ahora que el revisionismo en España tiene una acepción negativa insólita. Payne, señalado por la «ortodoxia de izquierdas», según explica él mismo, como uno de los exponentes del «revisionismo», ha modificado de hecho su visión sobre algunos aspectos de la Guerra Civil y el franquismo a lo largo de los años, por más que el adjetivo se use más bien para denostar a una corriente de historiadores que cuestionan el relato oficial impuesto en la democracia.

En esa década, el hispanista estadounidense también se ha derechizado bastante, hasta el punto de explicar a El Confidencial que el historiador referente de la Transición, Javier Tusell, solo prestó atención a las demandas de la izquierda, para hacer juego de equilibrios en el relato de la historia de España. Aprovechando ese lapso de tiempo en el que no solo se desarrolló la primera ley de Memoria Histórica del PSOE de Zapatero, sino que se sacó adelante la de Memoria Democrática de Sánchez, —un enunciado de tipo «soviético» en su opinión—, El Confidencial ha preguntado al historiador sobre el estado de la cuestión.

«Las leyes de memoria histórica del PSOE son directamente soviéticas»

Según la versión del atípico hispanista, alejado de los Paul Preston o Hugh Thomas, el Partido Popular ha sido cómplice de la mentira histórica sobre la II República y el franquismo: «El PP cedió a las demandas de la izquierda en cuanto a la historia contemporánea», «Franco era más liberal que Putin», «las leyes de memoria histórica del PSOE son directamente soviéticas». Era difícil quedarse con un solo titular.

El estigma del revisionismo

Lo grave, tal y como cuenta El Confidencial, es que se cumplen treinta años de historiografía sobre la Guerra Civil manipulada por una «ortodoxia oficial de izquierdas» que extiende sus tentáculos hasta la mismísima universidad. La época del «revisionismo» de la derecha, de Pío Moa y sus Mitos de la Guerra Civil, —que Payne elogia— y de una bronca sin igual a cuenta de las leyes socialistas sobre la memoria. Atención que el viejo historiador «más cerca de los 90 que de los 80», referente de esos revisionistas, se explaya sin tapujos sobre el gran cisma nacional de la historia que sigue siendo el de la II República y la Guerra Civil.

PREGUNTA. ¿El PSOE está reescribiendo para sus intereses la historia de la II República?

RESPUESTA. Parece que sí, el régimen actual de la monarquía parlamentaria empezó en la Transición con un pacto de silencio que incluía una voluntad de ignorar la historia y que se plasmó, por ejemplo, en leyes como la de la Amnistía, así como la utilización de ese pasado para discursos partidistas. Nunca el discurso histórico tuvo más peso que en la Transición, pero paradójicamente ese silencio consistió en permitir que cada partido usase el pasado con sus propios fines, con el resultado de una falsificación de los hechos que ha llegado con el tiempo a unos grados de desfachatez impresionantes.

P. ¿Cuáles son esos hechos falsificados en el discurso político?

R. El mayor de ellos es quizás la idea machacona de la II República como un paraíso democrático sin coerciones ni trabas. Si hubiera sido así, ¿Cómo se explicaría la gran tragedia que supuso la Guerra Civil? No es mínimamente creíble y resulta incluso irracional. La realidad es que fue un régimen complicado, con varias fases históricas, que tuvieron como denominador común la voluntad constante de las izquierdas de excluir a las derechas del poder, un planteamiento que no casa directamente con la visión idílica, porque en esencia se trataba de arrinconar a la mitad de la población. Así, los términos políticos de la Segunda República sentaron las bases de la confrontación desde el mismo comienzo con esa idea de excluir a sus rivales, como por ejemplo, atacar a la iglesia católica, que respaldaba entonces un 40% de la población.

Familiares de Francisco Franco portan el féretro con los restos mortales del dictador tras su exhumación en la basílica del Valle de los Caídos. (EFE/J.J. Guillén)

P. Se califica de revisionismo la corriente que cuestiona esa visión idílica de la II República…

R. Es una suerte de españolismo, porque la realidad es que la historia se nutre de investigaciones nuevas y eso implica revisar lo que se ha contado con anterioridad. Lo que pasó en España es que ya en los últimos años del franquismo y en los primeros de la democracia se estableció una ortodoxia en los discursos y en la universidad. Curiosamente en España, como también en Grecia respecto a su propia guerra civil, se ha impuesto una suerte de censura muy en el estilo soviético, lo que conlleva esa forma de entender cualquier rechazo de la versión oficial como un desafío que hay que enterrar por mucho que esté avalada con datos. El mayor ejemplo de esto lo representa Javier Tusell, un gran historiador que, sin embargo, tuvo esa coacción en la Transición, de forma que se dedicó a la crítica de las derechas sin meter mano a las izquierdas. La «trampa Tusell» fue esa, escribir con acierto sobre la derecha y, en cambio, obviar lo relativo a la izquierda por temor a la presión de ser tachado como revisionista. Como referente dejó una visión incompleta.

«A Vox no le asusta contar la historia de España porque no temen ser tachados de franquistas»

P. ¿No ha sido esto uno de los detonantes principales de la eclosión de Vox? Es indudable que hay una vinculación muy importante de ese partido con el pasado. El cabreo de una parte de la población con esa versión del pasado «oficialista» de la democracia.

R. El exponente de eso ha sido el PP más bien, que ha sido complaciente con esa versión de la izquierda durante años, porque desde su planteamiento de centroderecha sencillamente se ha asustado y ha preferido pasar de puntillas también sobre esas manipulaciones. El fenómeno de Vox ha surgido porque, a diferencia del PP, no han tenido reparos en abrazar una versión menos acomodaticia con el régimen actual. A Vox no le asusta contar la historia de España porque no temen ser tachados de franquistas por no seguir esa ortodoxia, lo contrario que el PP, que durante toda la democracia ha tratado de evadirse de esa cuestión.

P. No es un problema único de España, en Europa tampoco se ha querido confrontar ese pasado, el caso de la Francia de Vichy, por ejemplo, lo que ha creado un malestar y una reivindicación del discurso sobre el pasado.

R. Sí, es verdad, hay versiones de este tipo de ortodoxia en otros países. La resistencia francesa es un claro ejemplo, no es verdad que todo el país estuviera en una lucha contra los alemanes, claro. En Italia, en cambio, ha habido más rigor historiográfico porque los matices a la versión ortodoxa partieron de los propios académicos, mientras que aquí lo enarboló principalmente Pío Moa, que no era un historiador, en parte porque la universidad estaba secuestrada. Hay un problema en España un poco «credencialista», porque parece que solo un profesor puede escribir la historia, una suerte de gremialismo un poco enfocado para seguir con la versión ortodoxa. En Estados Unidos o Inglaterra no existe, en cambio, tanto recelo en cuestiones de historia, no se tacha a alguien de aficionado por no ser académico, lo toman de forma diferente. En España se ha llevado a un punto muy extremo porque los propios académicos son los guardianes de esa ortodoxia y la promueven.

Santiago Abascal y Macarena Olona. (EFE/Raúl Caro)

P. ¿En qué se refleja esa aversión a los Pío Moa que están fuera del discurso oficial?

R. Existe mucho temor a ser apartado por ir en contra de ese discurso, de esa «ortodoxia» y es muy real, con casos conocidos. Los que discrepan de esas ideas sencillamente van con mucho cuidado de no meter la pata, de no molestar en ese aspecto. Es muy terrible, de verdad que se teme quedar apartado o excluido. La puntilla la ha dado el PSOE con sus leyes de memoria, porque además de validar a esa ortodoxia, la oficializan con un planteamiento que es soviético, una censura de estado directamente.

P. Se ha debatido mucho sobre Putin y la idea de una recuperación de la URSS.

R. Hay un continuismo en la forma, aunque las ideas que mueven a Putin no sean comunistas, yo diría más bien que es una vuelta al imperialismo zarista, aunque con la tradición aprendida en la URSS, por ejemplo hay una vinculación con la iglesia ortodoxa muy fuerte que va más allá incluso que la de Franco con la religión católica, que además era más liberal que el ruso. Un fuerte componente de tradición y nacionalismo con una herencia en las tácticas soviética que ha permanecido en las estructuras de poder de Rusia, pero básicamente es Nicolás I, autoritario, militarista, religioso, una vuelta al siglo XIX.

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Opinión

Nació pobre, negro y la izquierda le odia: Clarence Thomas, Juez del Tribunal Supremo de los USA, católico y provida

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CONSERVADOR, CATÓLICO Y ORIGINALISTA

En la historia reciente de los Estados Unidos hay dos hombres de color (negro), aunque de tonalidades diferentes, que se desprecian sin disimulo. Uno de ellos, un mulato educado por unos abuelos millonarios blancos, que a los diez años ya iba a al mejor colegio de Honolulu y que llegaría ser presidente de los Estados Unidos. El otro, un negro pobre de solemnidad educado por su abuelo analfabeto en una granja del sur profundo de Georgia, que a los diez años vio por primera vez un cuarto de baño y que se llama Clarence Thomas, juez vitalicio de la Corte Suprema. El que nació millonario es, claro, Brack Obama, un progre abortista protestante e hijo de un musulmán. El que nació pobre es un católico provida. Uno de ellos ya sólo es un expresidente. El otro tiene en sus manos una decisión esencial para comenzar a acabar con la cultura de la muerte en los Estados Unidos: triturar la sentencia de Roe contra Wade que ha permitido e incluso ha promovido 65 millones de abortos en los últimos 50 años.

De verdad que no nos equivocamos si escribimos que los demócratas y todo el lobby abortista darían lo que fuera porque a Thomas le diera un repente, un covid, un lo que fuera. Pero Thomas está fuerte, se cuida y sólo tiene 73 años de vida. Y qué vida.

Clarence Thomas nació descendiente de esclavos en Pin Point, un poblacho georgiano fundado por negros cimarrones. Su padre —aquí hay un punto de conexión con Obama— se marchó de casa cuando Thomas tenía sólo tres años. Cuando su madre tocó fondo y tuvo que mendigar —aquí se rompe la conexión con Obama—, decidió mandar a sus hijos a vivir a la granja de sus abuelos maternos cerca de Savannah. Su abuelo materno, Myers Anderson, fue un trabajador incansable («el hombre más grande que he conocido», asegura siempre Thomas, que le dedicó el título de su autobiografía «El hijo de mi abuelo»). El abuelo Myers no sólo le puso a trabajar a destajo en la granja («que el sol nunca te sorprenda en la cama, hijo»), sino que se encargó de que tuviera la educación que él no había podido tener.

Bush miró a Thomas a los ojos y sin apartar la mirada le dijo: «Jamás discutiré tus sentencias». Eran otros tiempos, claro

Thomas fue el único negro del instituto local, alumno de cuadro de honor y hasta sintió la llamada (breve) de la vocación sacerdotal. Cuando constató que la llamada comunicaba, los curas, que suelen apreciar la inteligencia sobre la vocación, lo mandaron al Colegio Universitario de la Santa Cruz en Massachussets, donde se graduó en Lengua Inglesa y desde donde dio el salto a la elitista Facultad de Derecho de la Universidad de Yale.

Cuando salió de Yale, Thomas pensó que se comería el mundo, pero las grandes firmas de abogados despreciaron su título porque pensaban que estaba enmarcado en discriminación positiva a favor de los negros. Así son los efectos reales de la discriminación positiva que ahora se abate como una sombra sobre las mujeres. Thomas se enfadó tanto con la pasividad de la Universidad de Yale y su política de benevolencia con los negros, que recortó un círculo de una cajetilla de tabaco y lo pegó encima del sello de la Universidad en su diploma. Y ahí sigue. Thomas jamás ha vuelto a pisar Yale.

Lo que sí pisó fue Missouri, donde trabajó tres años a destajo como ayudante del fiscal general, John Danfort, que luego fue elegido senador republicano de los Estados Unidos y que acabó llevándose a Thomas a Washington. Un par de años después, Thomas entró en la Administración Reagan como secretario ayudante de la Oficina de Derechos Civiles y luego como director de la Comisión de Igualdad de Oportunidades. Allí fue conocido por enfrentarse a todo líder negro que se le ponía delante con intención de quejarse de Reagan, lo que no pasó desapercibido para el presidente Bush (George H., el padre) que le nombró juez del Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia.

Thomas fue durísimo con los senadores a los que exigió que terminaran con este «linchamiento al negro»

Dos años (sólo) después, recibió una llamada del presidente para que acudiera a verle («si lo sé, no voy», recordaría después). Thomas se sentó frente a Bush y este le dijo que quería que sustituyera en la Tribunal Supremo al legendario juez negro Thurgood Marshall. Bush le preguntó si creía que estaba en condiciones de pasar («tú y los tuyos») por esa tortura refinada que se llama sistema de ratificación del Senado. Thomas dijo que estaba preparado. No sabía lo que decía. Para concluir la conversación, Bush miró a Clarence Thomas a los ojos y sin apartar la mirada le dijo: «Jamás discutiré tus sentencias». Eran otros tiempos, claro.

El proceso de ratificación fue un infierno que Thomas sobrellevó en parte gracias a su renovada fe católica. Los demócratas del Senado, los grupos feministas y los republicanos, ay, moderados de las grandes ciudades del Este se lanzaron al cuello de Thomas. Había que acabar con aquel tipo tan joven (43 años), tan negro, tan expobre y tan católico que suponía un voto estable conservador. En aquel ruido de puñales por la espalda, una voz se alzó con una acusación terrible: acoso sexual. Anita Hill, una ayudante (negra) de Thomas en sus tiempos en la Comisión de Igualdad, aseguraba que su exjefe mantuvo varias conversaciones con ella acerca de sus hazañas sexuales, de su afición a las películas porno, su admiración por el actor Long Dong Silver (Largo Badajo de Plata) y sus chistes seudoprocaces como preguntar en voz alta «quién ha puesto vello púbico en mi coca-cola».

Thomas es originalista e intepreta la Carta Magna no por lo que alguien dice que dice, sino por lo que los padres de la Constitución quisieron que dijera

El FBI consideró el testimonio de la señorita Hill inconsistente y la Comisión que despellejaba a Thomas hizo caso en principio a los federales y no la llamó a declarar. Sin embargo, alguien filtró las acusaciones y los grupos feministas amenazaron con cortar en juliana a los senadores. Al final, la Comisión se arrugó, Hill compareció y se ratificó en lo declarado, pero no pudo aclarar por qué siguió trabajando con él durante años, incluso proponiéndose a sí misma para seguir a Thomas a otros puestos («Esa misma pregunta me hago yo», balbuceó). En su intervención ante el Comité, Thomas fue durísimo con los senadores a los que exigió que terminaran con este «linchamiento al negro». Fue ratificado como juez de la Corte Suprema por solo cuatro votos de diferencia. Años después, aseguraría que todo aquello sólo tenía que ver con una cosa: con el aborto.

Tenía toda la razón. Treinta años después, ha quedado demostrado.

Y sí. Clarence Thomas es católico consecuente, no como Biden, y es provida, pero eso no es un argumento jurídico para él. En público es un juez del Tribunal Supremo que defiende una interpretación de la Constitución basada en el originalismo, que significa que la Carta Magna nunca —jamás— debe ser leída por lo que alguien dice que dice, sino por lo que los padres de la Constitución quisieron que dijera. Para eso, el juez debe conocer en profundidad el contexto histórico en el que se tomó la decisión de redactar tal o cual enmienda. Un ejemplo a vuelapluma sería pensar en un mandato constitucional que prohibiera ejecutar a una persona escalfándola. Un juez literalista sentenciaría que ajusticiar a una persona metiéndola en agua hirviendo es inconstitucional, pero no así el resto de los tipos de ejecución. Un juez originalista, como Thomas, sabría que el método preferido de linchamiento en aquella época era el de hervir a una persona hasta la muerte, por lo que prohibiría ajusticiar a una persona torturándola con cualquier sistema.

Cuando Clarence Thomas abre los ojos después de una larga meditación y se pone a hablar, el resto de los jueces del Supremo no se atreve a rechistar

Un juez originalista que deja hablar a los padres de la Constitución es siempre un peligro para un presidente… demócrata. Las penúltimas administraciones demócratas (Clinton y Obama) han defendido la interpretación de la Constitución al albur de los intereses -cambiantes- de Washington. Para un originalista, la Carta Magna da al Gobierno unos poderes limitadísimos, sólo suficientes para regular la marcha económica de la nación. El resto es una cuestión de la soberanía de cada Estado. El aborto, para un originalista como Thomas, no es una cuestión federal y por ahí van los tiros de la filtración interesada —por primera vez en la historia se filtra una deliberación del Supremo— de la esperadísima sentencia que ojalá destroce Roe contra Wade y devuelva la decisión sobre la legalidad del aborto a los Estados de la Unión.

¿Y el derecho a llevar armas? Menos. En una sentencia en 1993, Thomas destruyó con un voto particular y concurrente la posibilidad de que se acabara con el asunto del control de armas (el juez cree que la Constitución protege un derecho individual) ¿Y la discriminación positiva? Tampoco. Thomas, acuérdense de lo de Yale, es el peor enemigo de las juntas de admisión de la universidades porque opina que tres enmiendas añadidas tras la Guerra Civil anulan cualquier tipo de preferencia por razones raciales.

El lector alertado pensará que Thomas sólo es uno de nueve jueces. Pero no es así. Es el mejor. Obama, por cierto, disparó con bala en una de las primeras entrevistas que concedió tras ser elegido presidente cuando aseguró que la elección de Thomas «no había sido afortunada», porque «no tenía la formación adecuada». El juez se la devolvió haciéndose el dormido en las fotos de la toma de posesión del primer presidente mulato de la historia de los Estados Unidos. 

Su ascendiente es tremendo entre el resto de los jueces del Supremo por lo fundamentados de sus votos (concurrentes o discrepantes) y porque calla más de lo que habla. En un país con una vocación de protagonismo en la Judicatura sólo comparable a la ciertos despachos de la Audiencia Nacional española, Clarence Thomas es rara avis. Es un tipo silencioso que no suele hacer ni una sola pregunta en las vistas y que en sus comparecencias públicas (en cualquier universidad que no sea Yale) se dedica a urdir maneras de encajar a su abuelo en sus inspiradoras respuestas («siempre hay un mañana», «mi abuelo jamás se quejó», «mírenme a mí»).

Para Thomas, la felicidad absoluta consiste en conducir su autocaravana junto a su segunda mujer, la activista republicana Virginia (Ginni) Lamp

Todos sus enemigos, y tiene muchos, coinciden en que cuando Clarence Thomas abre los ojos después de una larga meditación y se pone a hablar, el resto de los jueces del Supremo no se atreve a rechistar. Ni siquiera lo hacía el fallecido y ya legendario Antonin Scalia, católico también, pero mucho más favorable a la presencia del Gobierno en la vida de los americanos. Scalia, se dice, se cuenta, jamás se atrevió a discutir con Thomas. Ambos reservaban sus combates para los votos particulares, donde se atizaban con la grandísima elegancia que Scalia no tenía con el resto de los jueces. Algunos creen que Scalia le tenía miedo, sin saber que era una cuestión de educación. Thomas siempre exige buenos modales a cualquiera que desee debatir con él, y está probado que sentencia sin importar su pensamiento privado sobre una u otra cuestión.

Porque para Thomas, lo esencial de su pensamiento es que la Constitución dice que el Gobierno no tiene derecho alguno a meterse en la vida de los ciudadanos. Punto.

Thomas confiesa que la felicidad absoluta consiste en conducir su autocaravana por las carreteras de los Estados Unidos junto a su segunda mujer, Virginia (Ginni) Lamp, activista republicana, una mujer blanca de buena familia de Nebraska. Para el juez, Ginni lo es todo. Una persona con la que comparte gustos, aficiones y pensamiento… Quizá demasiado, como lo prueba el hecho de que, en 2011, 74 senadores demócratas escribieron una carta al juez Thomas a principios de siglo animándole a dimitir al estar «su honor en entredicho» por estar casado con una de las principales abogadas de aquel movimiento conocido como Tea Party, precursor de la llegada de Donald Trump a la Presidencia. Ginni es, además, exmiembro de la formidable Fundación Heritage, el grupo más importante de pensamiento conservador que sirvió con lealtad a Bush e intentó ordenar el caos en la Administración Trump. Y además es la creadora del lobby Liberty, especialista en esfuerzos de presión política y de recaudación de fondos electorales. La posición de Ginni Thomas, de soltera Lamp, sobre la limpieza de las elecciones que llevaron a Biden a la Presidencia, es manifiesta: no fueron limpias.

En principio algún crítico podría pensar que hay un conflicto de intereses entre el juez por su cercanía de colchón a las posiciones activistas conservadoras, pero la trayectoria del juez, el hijo de su honrado abuelo, es impecable también en esto.

Thomas se ha recusado a sí mismo 32 veces desde que llegó a la Corte Suprema. Si no lo hace ahora, es porque en su pensamiento no hay conflicto de intereses y su honor no está en entredicho. Y punto de nuevo.

 

Jose Antonio Fuster

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INFORME COMPLETO: Rescatemos la «Bandera de la Raza» o Bandera de la Hispanidad. El marxismo cultural será vencido por la cultura e historia reales y verídicas

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Los símbolos patrios, ya sean nacionales, provinciales, o de diversas instituciones u organismos públicos o privados constituyen un lenguaje que, a través de lo que exponen o representan, buscan transmitir valores, historia e identidades. La heráldica y la vexilología son artes o ciencias que estudian aquello que blasones y banderas pretenden expresar.

En tiempos de postmodernidad y de batalla cultural, globalización mediante, los símbolos forman parte de ese conflicto, que se vive a diario con las redes sociales y los medios de comunicación sin que el lector o el televidente se percate, en muchos casos, de los mensajes encriptados en lo simbólico, al decir de Carl Jung, que se le envían al ciudadano de a pie.

En estas tierras de Hispanoamérica, desde hace unos años, observamos que en cuanta concentración, marcha o movilización que promueven sectores de la izquierda y el “progresismo” vernáculo, comparten sus pancartas, simbología y banderas, con enseñas como la Wiphala, la cuadrangular y multicolor, cuyo origen se encuentra en algunas etnias cordilleranas Aymara y que desde 2008, durante la presidencia de Evo Morales, fue adoptada como bandera oficial, a la par de la nacional, de la República Plurinacional de Bolivia, mediante la Constitución sancionada ese mismo año.

En la Argentina, sirva como ejemplo, “organizaciones sociales” y políticas como la Tupac Amaru, que fuera conducida durante años bajo el amparo y al calor de los fondos recibidos por los sucesivos gobiernos kirchneristas, por la hoy presa y condenada por hechos de corrupción y violencia por la justicia de la provincia de Jujuy, Milagro Sala, hacía flamear sus insignias partidarias con los rostros de Tupac Amaru, el Che Guevara y Evita Perón (un curioso sincretismo), junto a la Wiphala, hoy universalizada como enseña de los llamados “pueblos originarios”, y adoptada por algunas corrientes de la New Age. Cabe resaltar que esta bandera no proviene de un ancestral pasado incaico ya que ningún vestigio arqueológico o testimonio de cronistas de Indias (tanto peninsular como americano) menciona al colorido emblema; sí que los Incas presidían sus ceremonias con un pendón rígido y que variaba según el  soberano Inca de turno.

En un Congreso Indígena en Bolivia en 1945, donde asistieron arqueólogos, antropólogos e historiadores del pasado precolombino, se presentó un tapiz, un bellísimo tejido similar a un pequeño bolso y cerámicas de las etnias andinas Aymara, valga recordar, pueblo sometido por el imperio de los Incas, donde figuraba el cuadrangular policromático dibujo o diseño. En tiempos del Virreinato del Perú, existen dos pinturas de la escuela cuzqueña, una del Arcángel Gabriel del siglo XVIII y otra del siglo XVII, que los presentan a los ángeles arcabuceros con el manto ajedrezado. En 1978, se le dio el formato contemporáneo, y con el tiempo fue adoptado como la bandera de los pueblos originarios por distintas comunidades aborígenes de América, tan disímiles como los habitantes del Altiplano, del Perú, norte de Chile, pueblos y etnias del noroeste y norte argentino (pilagas, tobas, quom, guaraníes, huichis entre otros);  que sin duda merecen el respeto del Estado Nacional y provinciales, cosa que no sucede a menudo, menos aún por los gobiernos que enarbolan el “indigenismo” como ariete ideológico. Esta bandera es válida para rescatar su pertenencia, algo creativo, si no fuera que se utiliza para confrontar con la idea de estado nación, oponiéndose desde la izquierda al pasado hispano criollo. Recuerdo una imagen  del 12 de octubre en Pamplona, en 2020,  donde aparecen cuatro personas con el rostro cubierto, acompañados con la bandera vasca, la Ikurriña, y la Wiphala, destrozando dos estatuas de yeso pintadas símil bronce de Cristóbal Colón y el rey Felipe VI, lo que nos habla de que aquende y allende los mares este símbolo es utilizado con el mismo espíritu confrontativo y segregacionista.

Similar es el caso de la denominada “bandera mapuche”, adoptada por sectores radicalizados del sur argentino y chileno, como la RAM (Resistencia Ancestral Mapuche) en la Argentina  y la aún más poderosa CAM (Coordinadora Arauco-Malleco), en Chile. Ambas organizaciones han cometido y lo siguen haciendo al presente, actos de violencia y terrorismo, contra personas, usurpando campos, parques nacionales, es decir tierras públicas como privadas, reclamando la soberanía territorial “ancestral” del Wallmapu (que ocuparía todo el sur chileno, parte del centro y todas las provincias de Neuquén, Rio Negro, La Pampa, sur de San Luis, parte de Chubut y la mitad de la de Buenos Aires; un verdadero dislate. Cabe resaltar que dichas organizaciones no respetan las Constituciones  de ambos países, ni los símbolos nacionales.

La bandera que los identifica es la conocida con el nombre de Wenufoye (aunque existen otras variantes de banderas mapuches), resultante en 1992 de un concurso donde se presentaron 500 modelos de diseño, lo que nos habla que de “ancestral” no tiene nada, más allá que incorpora símbolos utilizados por el pueblo araucano.

No fue una característica de los múltiples pueblos indígenas, mal llamados originarios (ya que eran de un territorio, pero su actividad de nómades, los hacía invadir zonas de otras etnias y combatir contra ellos; caso de los araucanos, originarios del sur chileno, con los pueblos tehuelches de las pampas argentinas, por citar un ejemplo), de América contar con lo que hoy concebimos como banderas, existentes en la tradición europea, y que son construcciones contemporáneas. Pero el hecho es que se ha instalado en el colectivo social su “ancestralidad” y que en su mensaje de “reparación histórica”, cuestionan la concepción del Estado moderno, donde sus Cartas Magnas igualaron a todos los habitantes del país, más allá de su origen étnico (aborígenes, hispano-criollos, o descendientes de la vasta inmigración de todos los rincones del mundo de fines del siglo XIX y comienzos del XX), religión y nacionalidad de origen.

En sus consignas o postulados estos movimientos jaleados por ideologías de la variopinta izquierda, que no aceptan constituciones, ni símbolos del Estado Nación, en busca de su “identidad nacional”, plantean directamente la segregación territorial, algo violatorio de las Constituciones de los países americanos, al igual que sucede en España con los separatistas que violan la Constitución de 1978 y la unidad española.

Merece destacarse que las organizaciones mapuches cuentan con una sede internacional con sede en Bristol, Reino Unido, algo de por sí curioso por donde se lo mire, aunque no sorprende, ya que embozado o no, lo que pretenden en sus afiebrados postulados es el reconocimiento internacional; algo similar cuando los separatistas catalanes instalaban “embajadas paralelas” a la natural de España en distintos países del mundo.

Sirvan estos dos ejemplos, tanto el de la Wiphala como el de la bandera Wenofoye, aunque existen otros, para resaltar su reciente creación y desmentir las teorías que vocean sobre historia milenaria. La idea de crear ámbitos de separación y conflicto, dividiendo y enfrentando a las sociedades en una batalla cultural, repensando al lúcido marxista Antonio Gramsci, no es nuevo, pero ha cobrado ímpetu en sectores de la izquierda internacional o “progresistas” acicateados por creaciones como el Grupo de Puebla, hijo dilecto del Foro de San Pablo de los noventa, para impulsar las crisis y acceder al poder vía democrática e instalar los modelos populistas de los llamados Socialismos del Siglo XXI y las “democracias participativas”, al decir del pensador marxista Ernesto Lacleau.

Si a lo antedicho, le sumamos la creación en 1978 en los Estados Unidos de la bandera del Arco Iris de las minorías LGTB, más la reciente y novedosa bandera TRANS, vemos una muestra más de empoderar minorías, enfrentando a sectores sociales, imponiendo diferenciaciones, como si una bandera nacional de un estado contemporáneo no abarcara a todos sus habitantes, más allá de sus gustos ideológicos, políticos, sexuales o culturales. La izquierda cultural, por defección de las derechas, en muchos casos, ha ganado terreno en los ámbitos universitarios, medios de comunicación, estableciendo una agenda globalista que apunta al corazón del Estado-Nación, como lo hemos concebido hasta el presente. Valga como ejemplo lo visto en la asunción del presidente chileno, Gabriel Boric, donde en la plaza repleta de adherentes, flameaban banderas moradas del colectivo feminista radical, del Partido Comunista –integrante de la coalición de gobierno-, y banderas mapuches. Sólo la ausente, era la bandera nacional de Chile; todo un síntoma de lo mencionado.

Merece mencionarse que la actual Ministro argentina de la Mujer, Igualdad  y Género, Elisabeth Gómez Alcorta, que maneja un presupuesto anual de 17.000 millones de pesos, dedicado a políticas de género, en un país donde la pobreza es cercana al 50 por ciento, fue la abogada defensora del terrorista seudo mapuche, Jones Huala, condenado en Chile por la Justicia y de la mencionada Milagro Sala, también condenada en Jujuy, además de ser una de las representantes del gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner, en el Grupo de Puebla.

El Relato como Constante. El ‘multiculturalismo’ ideologizado

En esta confrontación cultural, muchas de estas insignias, válidas como creaciones modernas para recordar sus orígenes, buscan rescatar a los llamados “pueblos originarios”, pero repetimos, con un discurso y relato hispanofóbico, curiosamente racista, en donde se niega y abomina de un hecho incontrastable de la conquista de América, que fue el mestizaje de culturas y de sangre, que la convirtieron en un suceso único en la historia de la Humanidad, dando a luz un Nuevo Mundo, consecuencia de esa fusión, que hizo que América, España y Occidente mismo, fueran  diferentes al anterior a 1492, tanto a un lado como del otro del Atlántico.

La Bandera de la Hispanidad, como se la denominó luego, posee el paño de color blanco, color de la paz y de la luz; a su vez predominante en muchas banderas históricas del Imperio Español

En la Argentina, fue el primer gobierno electo por sufragio universal y secreto como consecuencia de la llamada Ley Sáenz Peña, por el voto popular, encabezado por el presidente Hipólito Yrigoyen, figura icónica del Radicalismo, quien mediante un Decreto de 1917 estableció como fasto patrio al 12 de Octubre como «Día de la Raza». En su contenido queda manifiesto el sentido dado al término: rescatar y honrar a la raza  americana surgida de esa confluencia entre España y las múltiples y diferentes culturas de los nativos indígenas del vasto imperio español, que se extendió desde los hoy vastos territorios de los Estados Unidos hasta el Cabo de Hornos, incluidas las Islas Malvinas. Por citar otro ejemplo de distinto signo político, en 1946, el presidente electo Juan D. Perón en su discurso en homenaje al genial Don Miguel de Cervantes, el 12 de octubre de dicho año, que podría ser de los más prestigiosos hispanistas y que dejaría patitiesos a los presentes progrekirchneristas, sostuvo: “Para nosotros, la raza no es un concepto biológico. Para nosotros es algo puramente espiritual”, continuando con los postulados de Yrigoyen.

Con el tiempo el fasto del 12 de octubre pasó, al igual que en España y otros países de Iberoamérica a denominarse Día de la Hispanidad, aunque algunos lo siguen celebrando con la original denominación, como lo es en la República Oriental del Uruguay.

El Capitán Ángel Camblor al finalizar sus estudios superiores en la Escuela de Guerra en España

Recién será durante el primer gobierno de Cristina Kirchner, comprometida con el relato de la nueva izquierda, que mediante un decreto, el 1584 de 2010, el Día de la Hispanidad pasó a llamarse “Día del Respeto a la Diversidad Cultural”, una entelequia, que continúa hasta hoy y que no fue modificado durante el gobierno de Mauricio Macri; que más que respetar es atacar y desconocer nuestro origen.

En ese año, dos legisladores de fuerzas de izquierda presentaron un proyecto para cambiar la enseña de la Ciudad de Buenos Aires, que ostenta las Armas del escudo que su fundador Don Juan de Garay otorgó, a la ciudad por él fundada en 1580, argumentando, entre otros detritos, a su entender, contra “el pasado imperial, su cruz sangrante de Calatrava, su falta de ecumenismo republicano, etc., etc.,” entre otros dislates ahistóricos ideologizados. Por voces que se levantaron, el proyecto no fue aprobado en la Legislatura de la Ciudad.

Revista “Caras y Caretas” con motivo de su izamiento en Buenos Aires el 12 de octubre de 1933

El 12 de octubre, Día de la Hispanidad, se celebra en muchos países como hemos mencionado, siendo en la propia España, el Día Nacional. Allí, es rechazada por independentistas que no la consideran su “fiesta nacional”, como los separatistas catalanes que han trocado su histórica bandera, la Señera, roja y gualda, por la Estelada, estandarte del independentismo. Otro ejemplo más, de la manipulación de los símbolos.

En 2013, durante su segundo mandato, la actual vicepresidente, desmanteló el magnífico complejo escultórico, del italiano Arnaldo Zocchi, que recordaba a Cristóbal Colón, inaugurado en 1921 y donado por la comunidad italiana en el país con motivo del Centenario de 1910. En el marco de su relato bolivariano, donde Colón fuera catalogado del iniciador del “genocidio”, fue sustituido por el de la heroína de la independencia, Doña Juana Azurduy de Padilla. Debe resaltarse que la Coronela, así se la llamó, era de sangre mestiza (madre indígena y padre criollo de origen vasco) y su marido, un criollo español americano. Sin Colón, Azurduy no hubiera existido; en síntesis, la absurda antinomia desconocedora de la realidad hispanoamericana volvió a tener en estos dos ejemplos una argumentación más, falaz por donde se la mire, de crear los opuestos de: Imperio, España y conquista, versus neoindigenismo, libertad y sojuzgamiento.

Estas corrientes de la nueva izquierda cultural recicladoras de la ya enmohecida “Leyenda Negra” no cejan en levantar símbolos para dar sustento a su parcial mirada de nuestra historia. Cuando el mundo Iberoamericano se traduce como síntesis y no como antinomia de sustitución de uno por otro, como lo atestiguan desde el lenguaje, la religión mayoritaria, la vasta arquitectura, las instituciones y la herencia hispano criolla que nos identifica.

Recientemente, el régimen chavista presidido por Nicolás Maduro modificó el histórico escudo de la Ciudad de Caracas (Santiago de León de Caracas), otorgado por Real Cédula de Felipe II en 1591, quitando el león y la Cruz de Santiago, es decir, borrando la referencia histórica del pasado hispano y cristiano. La acción fue realizada para celebrar “simbólicamente” el 20 aniversario de la vuelta de Hugo Chávez al poder, tras el fracaso del intento de destituirlo, por parte de sectores de las fuerzas armadas.

Rescatar una Bandera: La Poetiza de América y un Capitán Uruguayo

Por lo expuesto merece ser rescatado del olvido un hecho que se produjo en 1932, con motivo de celebrarse en la República Oriental del Uruguay la VII Conferencia Panamericana. Surgió a iniciativa de la gran poetiza uruguaya Juana de Ibarbourou (nacida en Melo en 1892, fallecida en Montevideo en 1979. Era hija de Vicente Fernández, natural de la villa de Lorenzana, provincia de Lugo, Galicia y de Valentina Morales, una de las familias criollas de origen español más antiguas del Uruguay, casada con el capitán Lucas de Ibarbourou), o “Juana de América” como la denominaron sus contemporáneos de las Letras, un concurso continental para dotar de una bandera que representara la Hispanidad, como síntesis y unidad de los mundos y culturas que se forjaron a partir de 1492.

Juana de Ibarbourou. La “poetiza de América”

El diseño que se adoptó fue el presentado por el Capitán de Artillería del ejército uruguayo, Ángel Camblor (nacido en Rivera en 1899 y muriendo en Montevideo en 1969. Sus padres eran de origen asturiano. En 1929 terminó sus estudios en la Escuela Superior de Guerra en España, recibiendo la Cruz del Mérito Militar por ser el más óptimo alumno de dicho centro de estudios castrense). Acompañada de un lema: “Justicia, Paz, Unión, Fraternidad”, valores que aquel señaló como representativos de los hispanos.

Sello alusivo de la Bandera de la Raza o de la Hispanidad

La enseña fue adoptada por todos los estados americanos e izada por primera vez el 12 de octubre de 1932 en la Plaza Independencia, en el corazón de Montevideo, por la propia poetiza Ibarbourou con la asistencia de las escuelas oficiales y de las tropas del Ejército. El 3 de agosto (recordando la partida de Colón del Puerto de Palos) subsiguiente se izó en forma análoga en todos los países de América, también en España, levantándose al cielo en Buenos Aires el 12 de octubre de 1933 en la Exposición Rural de Palermo ante la asistencia de 60.00 personas, entre ellos el presidente argentino Agustín P. Justo, autoridades nacionales, cuerpos diplomáticos y un casi centenar de directivos y presidentes de centros culturales hispanos, luciendo en un desfile, las agrupaciones regionales españolas sus vestimentas típicas como vascos, gallegos, aragoneses, asturianos, entre otros, de manera conjunta con alumnos de escuelas argentinos y agrupaciones tradicionalistas de gauchos montados.

Juana de Ibarbourou o Juana de América

Tal como lo escribió Camblor en su libro, publicado en 1935, titulado ”LA BANDERA DE LA RAZA. SIMBOLO DE LAS AMÉRICAS”, donde relata con lujo de detalles las personalidades e instituciones que asistieron, incluido el primer diputado socialista argentino, Don Alfredo Palacios y la repercusión en la prensa escrita, en toda América y en España. En sus páginas nos brinda los decretos de los gobiernos que la oficializaron como Brasil, Paraguay, Guatemala, Nicaragua, Honduras, República Dominicana, Chile, Bolivia, Ecuador, Perú, Costa Rica, Panamá, El Salvador, México- donde se dispuso que fuera jurada en las escuelas públicas por millones de escolares-, algo que debe desconocer su actual presidente Andrés Manuel López Obrador, cofundador del Grupo de Puebla; además de los ya citados Argentina y Uruguay.

Sello Postal de la República del Paraguay 1935

Camblor expresa en sus motivaciones y fundamentos que: “Decir Día de la Raza es como decir día de la familia. Pero bien es sabido es que jamás nadie ha podido ver en esa denominación afinidad alguna antropológica, o étnica, es decir cuestión física. Nosotros no consideramos más que la moral: una raza compuesta por la levadura de indios y españoles; hombres y mujeres venidos más tarde de todas las regiones de la tierra. Es la raza sociológica, más del alma que de los huesos…”. Queda claro cuál fue el espíritu con que el capitán oriental afrontó la idea y creación de esta bandera que, valga decirlo, fue reproducida en alegóricos sellos postales de muchos países americanos, expuestos en la publicación de Camblor, al igual que muchas fotografías de revistas y diarios de la época.

Tapa del Libro La Bandera de la Raza de Ángel Camblor 1935

La Bandera de la Hispanidad, como se la denominó luego, posee el paño de color blanco, color de la paz y de la luz; a su vez predominante en muchas banderas históricas del Imperio Español, cruzadas muchas de ellas por las gloriosas aspas de Borgoña, testigo de innumerables hechos históricos memorables, como la que ostenta el Regimiento de Infantería Nª 1 de Patricios del Ejército Argentino en Buenos Aires. Las tres cruces color púrpura recuerdan a los reinos de León y Castilla y a las tres naves que comandó el Gran Almirante Don Cristóbal Colón; el sol que parece amanecer representa el sol incaico Inti y el despertar del nuevo continente americano. En su espíritu la enseña muestra la intención de plasmar los dos mundos que se unieron para dar origen a uno nuevo: La Hispanidad, que al decir del gran poeta Rubén Darío “aún reza a Jesucristo y habla el español”.

Bandera de la Raza o de Hispanidad

Con el tiempo su uso fue dejado de lado y pasó al olvido. Sólo en 1992, al constituirse la Comisión Argentina de Homenaje al Quinto Centenario  del Descubrimiento de América, que presidió el historiador Dr. Armando Alonso Piñeiro, y que tuve el honor de integrar  como Secretario de Relaciones Institucionales, junto a distinguidos miembros, la bandera creada por Camblor fue adoptada como emblema de la Comisión.

En tiempos donde la batalla cultural arrecia a nivel global, tanto en Iberoamérica como en la propia España, donde las consignas son las mismas, con diferencia de matices: separatismos y neo indigenismo pringado de neo marxismo, un progresismo multicultural que pretende socavar las entidades nacionales, fundantes de nuestra cosmovisión cultural, donde se derriban o mancillan estatuas , monumentos, en pos de un “revisionismo” sectario y ramplón, por demás de ignorante, rescatar del olvido un símbolo que representa la unión y un pasado común que nos da identidad, que no fragmenta ni sectoriza, sino que es abarcativo a nuestra propia raíz, sin supremacismo alguno, surgida de un capitán del ejército uruguayo y de la gran poetiza americana, se hace a mi parecer necesario. En momentos de gran confusión donde los titiriteros de la confrontación trabajan a destajo, siguiendo la premisa que sostuvo el mencionado Gramsci en los lejanos años treinta, donde sostuvo que era necesario para el proceso revolucionario “conquistar el mundo de las ideas, para que estas sean las ideas del mundo”. Valga a colación un hecho que muestra como se busca invertir el sentido de las cosas, incluido el sentido común. En 2007, se creó en base a la bandera de la Hispanidad, una versión que mantenía el paño blanco y el sol, pero las tres cruces se trocaban por tres estrellas rojas, símbolo del comunismo, designándola como bandera del “Paniberismo Socialista”; sin que tuviera demasiada difusión y ningún éxito.

Esta andanada que sufrimos a diario y donde la simbología integra esa batalla cultural que hoy nos embiste con fiereza, intentando imponer un modelo autoritario, de pensamiento único, globalista, silenciando toda voz o espíritu disidente que se levante en defensa de la verdad histórica, contra el siempre sesgado relato ideologizado. El rescate de esta bandera será, sin duda, una muestra de la resistencia de la Hispanidad, la Raza Cósmica, de la que hablaba el gran pensador mexicano José Vasconcelos Calderón.

 

Ignacio F. Bracht

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Opinión

«Elecciones Andaluzas» por Miguel Ángel Velarde

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Ante la inminencia de las elecciones andaluzas (ya huele a campaña), os doy un breve resumen de las posiciones políticas a elegir, sobre todo para los que sois del norte de Despeñaperros y no estáis muy al día de la situación de Vandalusia:

PSOE: La mafia que se aferra como metástasis en las instituciones. La opción de los delincuentes, los criminales, los parásitos, lo que pretenden vivir sin trabajar, alrededor del 75% de los funcionarios, y de algún viejo que aún ve Canal Sur.

PP: El partido socialista. La opción de alrededor del 20% de los funcionarios, de los jubilados y de los que quieren un mundo aburrido, ordenado y limpito, dirigido por unos señores con master, para evitar que su vecino (el de la tiendecita de la esquina) perpetre alguna barbaridad con la excusa esa de la libertad.

Ciudadanos: El partido socialista de los que no consiguieron un carguito en el PSOE ni en el PP. Es la opción de los que les da vergüenza admitir que votan a algún otro y no pudieron esconderse en la cabina con cortinilla.

VOX: El partido conservador, con asesores de imagen a los que pagan poco y que les odian. Es la opción de quienes buscan votar al PP de principios de los 90 y de los que están cabreados con el mundo.

Por Andalucía: Los tontos del pueblo. La opción preferida de quienes se hartan de Cruzcampo tirados en un banco de la Alameda un miércoles por la tarde, de los que tienen objeciones filosóficas contra la ducha, y los afectados por años fumando porros.

Adelante Andalucía: Los que eran tan lelos que no los quisieron en Por Andalucía. Liderados por la que guarreó las paredes del centro de Sevilla diciendo que era la Khaleesi de Andalucía (antes de llevarse un chasco y que en la serie acabara como una psicópata) y Wonder Tere, con diadema y todo.

– Del resto ni me molesto.

 

Miguel Ángel Velarde

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