Internacional
Bruselas quiere obligar a Twitter a contratar a cientos de censores
El mundo contempla con la boca abierta de par en par el audaz encaje de bolillos que está haciendo Elon Musk para resucitar una red social, Twitter, que nunca ha tenido beneficios y que le ha costado una fortuna.
Tiene, por lo demás, a todo el mundo en contra. A todo el mundo que cuenta, queremos decir: gobiernos, grandes medios, multinacionales y gente guapa, fundamentalmente, todos los cuales están apostando por la desaparición de la red del pájaro azul con el argumento del celoso criminal: o mío o de nadie. Y los usuarios hemos pasado una semana vertiginosa en la que el magnate sudafricano se ha deshecho del grueso de la plantilla, casi todos, y sus enemigos han anunciado solemnes un cierre que, hasta ahora, no se ha producido.
La red funciona como siempre, lo que, tras el despido del 80% de la plantilla, ha llevado a muchos a pensar a qué se dedicaba ese 80% sin cuya bien pagada labor todo puede seguir como antes de su marcha, y ha inspirado a otras tecnológicas, en los difíciles tiempos que corren, a diezmar igualmente sus sobrecargadas plantillas.
Es una apuesta arriesgadísima, no solo por lo complicado de seguir funcionando con semejante recorte, sino por la sombra de boicot de exempleados furiosos y, sobre todo, de grandes empresas que anuncian a bombo y platillo su abandono de la red, tratando claramente de provocar su ruina. Pero, a la vez, era inevitable meter tijera o renunciar a la empresa. Lo que lo ponía un poco menos difícil era el hecho, ahora evidente, de que buena parte de los despedidos eran chequistas de la libertad de expresión, censores profesionales coordinados con el Partido Demócrata y la agenda globalista para impedir la transmisión de verdades incómodas.
Pero en la Unión de Repúblicas Socialistas Europeas, oficialmente conocida como Unión Europea, no están dispuestos a que reine la libertad de expresión en la red social, con el daño que eso podría hacer a sus proyectos distópicos. El pasado viernes, la Comisión hizo llegar al dueño de Tesla un inesperado decreto por boca de Thierry Breton, comisario de mercado interior: Musk tendrá que aumentar el número de censores (AKA «moderadores») en Europa, un continente crecientemente alérgico a la libertad.
«Está en proceso de reducir un cierto número de moderadores, pero tendrá que aumentarlos en Europa», dijo Breton a Franceinfo en una entrevista recogida por Bloomberg. Breton agregó que Musk «tendrá que abrir sus algoritmos. Tendremos control, tendremos acceso, la gente ya no podrá decir tonterías». Las tonterías ya solo podrán decirlas los que mandan y sus palmeros.
Porque si la excusa es impedir la «desinformación», hay que decir que se han lucido. Concretamente, sus «verdades oficiales» han resultado tan desastrosamente falsas en temas esenciales que estos dos o tres últimos años podrán estudiarse en el futuro como la demostración empírica de la necesidad de que la gente se exprese en libertad.
Casi todo el discurso oficial sobre la pandemia (y otras cosas, como el portátil de Hunter Biden) se ha revelado falso, e incluso contrario a la actual verdad oficial, y buena parte de los ‘negacionismos’ más populares y censurados en redes son ahora la versión canónica. Solo por eso, por un mínimo de vergüenza torera, deberían estar callados. Pero su arrogancia es infinita.
Carlos Esteban
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
