España
Carencia absoluta de principios y respeto: la «escena» de las risas entre Espinosa de los Monteros (VOX) y Pablo Iglesias (Frente Popular)
Al fin y al cabo, unas risas. Una conversación inane. Un intercambio casual.
Eso es lo que seguramente hoy argumentará el animal político que atiende por el nombre de Espinosa de los Monteros, macho beta en la voxpareja conformada por él mismo y Doña Rocío Monasterio, fan absoluta de Israel y –curiosamente- invitada para el próximo aquelarre del conocido como “Club Bilderberg”.
No, señores. No nos gusta. No nos gusta nada que un miembro de tan altísimo rango de VOX se amancebe en una conversación de amigachos de toda la vida y cuente gracias gesticulando para hacer reír –con ganas- al individuo que está permanentemente insultando a la totalidad de los votantes de VOX. Al individuo que, si pudiera, haría que VOX fuera un partido fuera de la ley. Al individuo, finalmente, que está intentando desmembrar lo que conocemos como España; país al que odia, y que no ha tenido problemas de ningún tipo para reunirse con conocidos terroristas, tanto fuera como dentro de las prisiones, con tal de atacar y debilitar al estado.
Porque como bien sabe el señor Espinosa de los Monteros, Pablo Iglesias es un individuo que lo ha insultado personalmente y, en conjunto, a los casi 4 millones de votantes de VOX.
¿No es acaso una condición inexcusable la falta y carencia de todo principio y valor moral para celebrar bromas y chascarrillos con un individuo de la catadura moral y política de Pablo Iglesias, próximo Vicepresidente del Gobierno si nadie lo remedia?
Podríamos entender –con esfuerzo- que un hombre educado, como debe serlo alguien que defienda los principios inmutables de la urbanidad y la buena educación pueda saludar o dar los buenos días a un semoviente de la calidad personal del señor Pablo Iglesias.
Pero del saludo al compadreo, a las risas… No; señores. Este gesto, que podría parecer sin importancia, es de suma profundidad para medir y calibrar los principios y valores del señor Espinosa de los Monteros. O más bien, la carencia de ellos.
¿Pueden ustedes imaginarse acaso al señor Ortega Smith comportándose del mismo modo y manera con Pablo Iglesias? De todo punto impensable.
Grandes diferencias, por tanto, en la calidad humana de unos y de otros. Imperdonable el relativismo moral que se desprende de la actuación del consorte de la flamante próxima invitada de los muy sionistas de Bilderberg.
¡Qué falta de principios! ¡Qué falta de inteligencia! ¡Qué falta de respeto! Nunca nadie se hubiera podido imaginar unas imágenes tan bochornosas y ridículas: Uno de los máximos jefes de VOX, el partido que se ha convertido en la esperanza de muchos millones de españoles, el partido que ha dado en suerte mostrar a un político de raza y principios como D. Javier Ortega-Smith, el partido en el que muchos ciudadanos de bien han depositado la ilusión y las esperanzas, haciendo el bufón para el maligno destructor de España; para el individuo que odia a España, al Rey, y a todo lo que pueda representar el espíritu de una España unida y fuerte.
Qué error, señor Espinosa de los Monteros. Qué inmenso error. Y que decepción tan grande.
Vean ahora las bochornosas imágenes a las que hacemos referencia:
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
