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Opinión

Carta a mi Padre

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Qué razón tenías, Padre, cuando tras morir Franco me dijiste aquello de que “en la vida te puedes hacer rico de dos maneras: con una guerra, o con la Democracia”.

Hablando de Franco, dicen que va a volver a El Pardo.

Será como la película, “Volver a empezar”?

Veremos…

También tenías razón en aquello de que ” es más difícil ser designado que elegido”. No te entendía entonces. Ahora ya lo entiendo todo….

Siempre hay un “Francisco” al mando.

Ahora está en Roma. Es argentino, pero habla en italiano.

No sé. Tal vez sea cosa de la globalización o algo así.

En la Banca sigue habiendo un (una) Botín al mando. Hay cosas que nunca cambian, ya sabes…

Lo que sí ha cambiado es que ya no te dan intereses por tener una cuenta. Ahora pagas!

En el fútbol si que ha cambiado todo mucho. Ya no hay un árbitro, hay dos: uno que pita en el campo y otro que decide en una habitación.

En fin, cosas de la modernidad.

Seguro que te resulta difícil entender.

El Metro parece la ONU. Cuando nos encontramos con algún español, nos saludamos en una especie de sorpresa y emoción contenida.

Los catalanes, como siempre. Sin solución, como me contaste que decía Ortega.

Eso sí, han conseguido que cuando juega el Barça el resto de España vaya con el otro equipo.

Muy curioso, oye.

Si mamá viera a los críos por la calle le iba a dar un yuyu: los pantalones rotos, el pelo de colores y todos de un negro riguroso y tatuados hasta las orejas (sic).

El festival de Eurovisión ha cambiado mucho.

Ahora lo gana un tío disfrazado de mujer y España, en lugar de quedar primera o segunda, luchamos por quedar penúltimos en lugar de últimos.

Y así año tras año…

Voy acabando. Lo de reunirse para charlar ha quedado desfasado.

Ahora la cosa consiste en estar pendiente de la pantalla del móvil.

Nadie habla. Sólo se lee y mandan “memes”, que es una memez, pero es lo que hay…

Al paso que vamos, hasta comer y hacer el amor se hará “on line”.

Ya se que no entenderás esto último.

Ya te lo explicaré cuando llegue ahí…

Por cierto, dile a San Pedro que nos vaya preparando sitio bueno a mí mujer y a mí.

A ser posible, con vistas al Wanda Metropolitano, ya sabes…

Bueno Padre, te dejo.

Recibe un cariñoso beso de tu hijo que dejaste en este valle de lágrimas (sic)…

Hasta pronto.


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Opinión

La ley de partidos de 2002 y la Constitución

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Para la aplicación correcta de la Constitución, de su contenido, se requiere la normativa habilitante y operativa. He aquí el instrumento quirúrgico, o escalpelo, para las extirpaciones tumorales.

Veinticuatro años después de promulgada y sancionada la Constitución española del 78 y bien conocido el paño, por mor de la financiación y los sucios trapicheos –que no por las desviaciones patentes hacia el delito de sedición y otros parecidos como la recolección de nueces tras el sacudimiento del árbol por el encargado- y lo que plantea la esperanzadora incidencia real de la reciente resolución del parlamento europeo de septiembre del 19 sobre los crímenes del comunismo, que tanto molesta a algunos bracicortos- se regula lo previsto en el artículo 22 de la Constitución, para su ejercicio real, en una ley de 27 de junio del 2002, que sucede, ya con práctica y experiencia de lo que algunos entienden por política, a la preconstitucional del 78.

Se considera lo que es democrático y lo que no lo es y se vinculan las actuaciones a lo que reza en el código penal, a efectos de responsabilidades e ilegalización y se hace de tal manera que pueda ser aplicado por los tribunales y se proceda a poner término a actuaciones delictivas -tipificadas en el articulado del Código Penal- vestidas de lagarteranas, muy especialmente la violencia, el terrorismo, las pretensiones delictivas y la imposición gratuita.

Todo ello en los diferentes y conocidos grados de tentativa, frustración o consumación, que no por ello dejan de constituir delito punible.

Esto se hace al margen de lo que entiendan por constitucional las buenas gentes que no lo son tan buenas, sino calificándolas arbitrariamente de tal, como vemos en demandas invocando v.g. la constitucionalidad del aborto, que bien pudiera invocarse para el crimen organizado y para los derrocamientos express, calificándolos de “usos y costumbres del lugar”.

Esto tiene efectos terapéuticos silenciadores de memeces, a la vez que se establecen mínimos básicos, tan básicos como que “la ignorancia de la ley no exime de su cumplimiento ni siquiera a los comunistas, por mucho que sea el resentimiento que les ciegue” y que la sala competente para ello –por la trascendencia del asunto- es una específica y especial del Supremo, según la LOPJ, que viene a significar “el Supremo en pleno”, cuya sentencia será ejecutiva desde el principio, sin apelación, salvo el amparo del Constitucional.

La instancia corresponde, como dice la Constitución, al Ministerio Fiscal o al Gobierno, por sí o a instancia, como decíamos ayer, de los más de 50 de Vox –entre otros- que ahora tienen cancha para invocar el asunto. Así que, adelante con los faroles.

 


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Opinión

Un torpedo a la línea de flotación del régimen zapaterista

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Mi libro sobre el Frente Popular, ya hoy en las librerías, está concebido como un torpedo a la línea de flotación del frente popular informal de hoy. Todo el discurso político de izquierda y separatistas, y del propio PP se basa en la falsificación de la guerra civil. El Frente Popular sería el régimen legítimo y democrático hundido por unos fascistas o reaccionarios; por lo tanto sus atrocidades serían simples errores o excesos justificados por el ataque sufrido, mientras que los aciertos de los nacionales agravarían sus culpas. Sobre ese «Himalaya de falsedades» intentaron sabotear en 1976 la transición de la ley a la ley. Fallaron entonces, pero han persistido hasta hacer de esa versión un tópico aceptado con más o menos matices por casi todos los medios y políticos. Esto se debió a haber conquistado fácilmente la universidad, por abandono de la derecha, siendo de la universidad de donde salen precisamente esos nefastos políticos y periodistas que dominan el ambiente social.

Es ese discurso el que les permite a su vez presentarse hoy como demócratas con especiales derechos, y en función de ello han sometido moral y políticamente a la derecha (el PP), que se esfuerza en demostrar su democratismo escupiendo sobre la tumba de sus padres, los que oficialmente se sublevaron y vencieron a la «democracia republicana». Salir de esa inmensa charca de miseria moral, intelectual y política no será fácil, porque se manifiesta de mil maneras y ha avanzado sin apenas obstáculo durante decenios. Pero por eso mismo hay que contraatacar el punto clave de lo que llaman hiperlegitimación o superioridad moral de la izquierda y los separatistas. Y ese punto es su versión del Frente Popular y la guerra. Destruyendo su leyenda legitimadora se desmoronan sus pretensiones, harán que la gente vea más claro y que el panorama político se normalice.

Después de su fracaso en el referéndum del 76 los autoconsiderados herederos del Frente Popular desarrollaron una tenaz propaganda con el objetivo de deslegitimar el franquismo y con él la transición la democracia salida de ella y la monarquía. Esa propaganda culminó con Zapatero, que de hecho transformó el régimen mediante sus medidas totalitarias y proseparatistas. Por entonces, se recordará, escribí Contra la balcanización de España e intenté impulsar un movimiento en defensa de la Constitución, es decir, de lo que la Constitución tiene de demócrata y garante de la unidad de España. También puede recordarse su completo fracaso. Ni el PP ni nadie se enteró ni quiso enterarse entonces de que se estaba produciendo una segunda transición basada en el rupturismo, un verdadero cambio de régimen, como digo, cuyos rasgos he analizado y expuesto hasta el cansancio.

Es preciso, antes de llegar a enfrentamientos peores, plantear una tercera transición para recuperar las libertades y asegurar la unidad nacional. Y en esa labor tiene importancia decisiva, como política de fondo, demostrar el carácter liberticida, antiespañol y directamente criminal del Antiguo Frente Popular, hoy resucitado de hecho, aun si no de derecho. Algunos creen que «ya saben» ese carácter de «la república», pero la inmensa mayoría de los que creen saber, saben muy poco, tienen un argumentario tosco o endeble, y finalmente no hacen casi nada al respecto, porque no entienden su transcendencia actual.

Y esto debe cambiar. Por qué el Frente Popular perdió la guerra es, insisto, un torpedo dirigido a la línea de flotación del nuevo y corrupto frente popular, cuyo hundimiento permitiría alejar muchos peligros del panorama español. Pero para que el torpedo cumpla su misión es preciso que se lance. En otras palabras, el libro será efectivo si ustedes, lectores y oyentes, lo leen, lo difunden, lo citan y lo comentan o debaten por todos los medios a su alcance, que son muchos y requieren poco esfuerzo. Cuando escribí “Contra la balcanización de España”, donde explicaba y denunciaba lo que se venía encima, quedé asombrado por la actitud pasiva, por no decir hostil, del PP hacia la denuncia. Pronto pasé del asombro a la comprensión de lo que era ese partido nefasto. Hoy existe, afortunadamente, un clima distinto. En estos años la verdad ha sido muy poco defendida, y a menudo más con una mezcla de grandilocuencias, tópicos y lloriqueos. Pero vale más un gramo de acción que una arroba de quejas, y el libro es también una llamada a la acción.


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Opinión

La Cruz a punto de ser devorada por la crucesita

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“El peor defecto de un apóstol es el miedo. El miedo incita a dudar del Maestro y estrangula el corazón y la garganta” (Cardenal Stephan Wyszynski. Diario de la cárcel).

Ante el peligro cierto en que está la imponente Cruz del Valle de los Caídos a causa del proceso de revancha iniciado por Pedro Sánchez y secundado borreguilmente por los que presumen de ser partidos del apaciguamiento y el orden, he ido hilando la siguiente reflexión:

Franco fue un personaje sobrevenido (es decir un actor secundario) en la guerra civil desencadenada por la revolución comunista. Por eso pecaron de ingenuos los que creyeron que los revanchistas iban a por el cadáver de Franco. Eso no fue más que un espejismo y un pretexto. Fue el tiro de salida para retomar la revolución truncada por la guerra. Cuando se inició la revolución comunista, el enemigo no era Franco (que andaba perdido por ahí), sino LA CRUZ; que es obviamente la segunda parte (¡ya anunciada!) de la operación de desagravio a los vencidos por Franco y por la Cruz. Y por si eso no significara nada, la cruz que se han propuesto dinamitar es la más grande del mundo.

¡Menuda victoria para esa gente! No menor que la que se han apuntado expulsando a Franco del Valle de los Caídos. Que, por cierto, la decisión de su enterramiento en el Valle fue decisión (quizá desacertada) del anterior jefe del Estado (el rey Juan Carlos). Pero he aquí que los amigos de la revolución y cuantos los han secundado, ni siquiera han tenido la inteligencia y el decoro de esperar a que se muriera para desautorizarle de esa manera tan burda y humillante. Y eso lo hicieron las Cortes en pleno (en ellas, todos los partidos políticos) más los altos tribunales de justicia del Reino. ¡Como si las leyes y costumbres funerarias las hubieran instaurado ellos! ¡Menudo lucimiento! Menos mal que la veracidad, solidez y vigencia del teorema de Pitágoras, no depende del número de los que confiesan estar de acuerdo con él.

Pero resulta que el peor enemigo de la Cruz, su auténtica carcoma, no son los que proclaman su enemistad; no son esos, sino la fatídica crucecita (la de Hacienda, digo) de la que se sirven sus amigos para ejercer su acción filantrópica, que no es otra que la de alimentar la vida de la estructura eclesial mediante el chantaje. Sí, sí, son los amigos… Porque la verdad última es que ni los que se sirven de ella, ni la mayoría de los curas, ni los empleados de las curias, sabrían qué hacer de sus vidas si no fuésemos financiados por el Estado en virtud del maravilloso invento: un invento que antes lució el nombre de asignación tributaria; una asignación que hoy queda más discreta tras la crucecita.

Es ésta, en efecto, la que nos tiene narcotizados y alienados. Creo que ya va siendo hora de que despertemos. Resulta que en ese tinglado todo el mundo cobra no en función de los resultados, sino en función de su adicción al poder; y tanto más cobra y tantos mayores cargos ostenta, cuanto mayor es su adicción a ese mismo poder. Ahí tenemos perfectamente diseñado el amordazamiento de la comunidad eclesial por el poder civil. Con el señuelo de la nefasta crucecita nos tienen anestesiados, mientras nos amenazan con arrebatarnos la Cruz sin el menor escrúpulo. Y sin que se alce ninguna voz (bueno, alguna honrosísima excepción se ha dado), que diga esta boca es mía, y la Cruz es intocable.

La estructura eclesiástica (el que en otros países ocurra lo mismo, no hace que esto sea bueno o menos malo) vive en gran parte de la funesta crucecita, que desnaturaliza profundamente a la Iglesia, y crea una “dependencia delegada” de los curas con la jerarquía episcopal (que es el interlocutor único del poder político y el administrador delegado de éste). Una dependencia marcada por la crucecita, es decir ¡por el poder civil! Ante el cual hay que presentar una memoria anual para justificar los gastos. La Iglesia al servicio del que la mantiene (qui paga mana, que dicen por aquí). ¿Qué otra cosa podía ser?

Es la manera con que el poder tiene sujetos a los curas, a través de sus superiores inmediatos. Con una característica fundamental, y es que canónicamente, a causa de los escándalos de pederastia, a los que tantas veces se hizo la vista gorda, han visto aumentado su poder con el objetivo de subsanar por vía administrativa lo que, incluso en el ámbito civil, se hace por proceso penal, hasta llegar al absolutismo más desatado: Acusación y condena penal sin juicio. No sólo por los delicta graviora, sino por cualquier otra cosa. Ni presunción de inocencia ni mandangas. La Iglesia debe dar ejemplo de diligencia y ejemplaridad ante un mundo que exige condenas -sólo de curas, claro- sin contemplaciones.

Ni siquiera los sacerdotes tienen relación laboral con los obispados -no así los empleados laicos-, pues no hay contrato firmado, sino una comunión entre el actor y su superior jerárquico, derivada de la profesión de una misma fe, como afirmó la sentencia del Tribunal Superior de Justicia de Madrid: El sacerdocio se presta por vocación, dedicación o entrega a los demás, y no a los superiores jerárquicos, que no espera recompensa o contraprestación alguna, asevera la justicia. Por ello, la retribución que perciben no es salario, sino un “medio de subsistencia”. (¡Qué espirituales se ponen los jueces cuando a alguien le conviene!). Lo que cobran los curas no es pues un salario, sino un medio de subsistencia y aunque nos paguen los obispados, podrían no hacerlo, pues no tenemos derecho a exigirlo.

https://www.religionenlibertad.com/espana/63525/sentencia-curas-religiosos-tienen-relacion-laboral-con-obispo.html

Con una particularidad extra, y es que la organización jerárquica de la Iglesia responde a unos criterios que tuvieron pleno sentido cuando se creó y durante los muchos siglos en que funcionó el sistema; y es que la Iglesia era un servicio social universal; era uno más de los ministerios del Estado y del gobierno.

Servía a toda la población: a todos los contribuyentes, diríamos hoy. Tenía por tanto una estructura (diócesis y parroquias) que abarcaba a toda la población. Y justamente por eso, era económicamente autosuficiente: la Iglesia se autofinanciaba.

¿Pero qué pinta hoy tanta estructura y tanto escalafón y tanto acervo inmobiliario, si hay diócesis en las que los “fieles” actuales no alcanzan ni al 3% de lo que fueron hace sólo un siglo? ¡Y eso a pesar de haber crecido la población! La estructura institucional está en absoluta bancarrota: por eso es absurdísimo empeñarse en mantenerla, porque los recursos propios no dan de sí ni para pagar los impuestos. Eso sólo es sostenible gracias a la generosísima e interesadísima aportación del Estado. Gracias a la crucecita: la carcoma que va corroyendo por dentro la cruz.

Ocurre en efecto, que el sistema de dominación está maquiavélicamente sofisticado. Lo que está en boga es que el sometido al sistema impositivo, ni siquiera se entere de cómo le estruja el sistema: se le hace creer que él no paga impuestos, porque es el patrón el que hace de recaudador de los impuestos de sus trabajadores para pagárselos al Estado. Y lo hace de tal manera que como el patrón siempre le retiene de más (por indicación-imposición de Hacienda, ¡claro está!), cuando llega el momento de ajustar las cuentas con el fisco, casi siempre toca “a devolver”. Con lo cual son infinidad los ciudadanos que se creen que Hacienda está para repartir dinero.

Pero esto es maravilloso para el poder, porque los contribuyentes al no enterarse de que pagan (¡y cuánto!), tampoco están para exigir, ni menos para afinar el voto; con lo que el poder vive beatíficamente relajado, sin sobresaltos.

Está muy bien calculado esto, porque a la gente le encanta ser mantenida (es decir, que se le den servicios gratis). Pero el poder procura que no se enteren de que manutención es, a la vez, tenerle a uno cogido de la mano -por no decir otra cosa- para que no se escape (para que no sea libre y no pueda hacer lo que quiera), y por supuesto es también mantenerlo. De lo contrario, se queda sin tener sobre quién ejercer el poder.

Y por supuesto, dentro de este plan maquiavélico en que coinciden plenamente derechas e izquierdas, está la manutención del clero por parte del poder civil mediante la fatídica crucecita: la crucecita que nos asfixia. Tanto las derechas como las izquierdas están encantadas de “mantener” a la Iglesia. Porque al no ser capaz (ni por fuerzas, ni por voluntad) de mantenerse por sí misma, no le queda otra que aceptar ser mantenida. Y eso jamás sale gratis. ¿Que el que nos mantiene decide entrar en sagrado y disponer lo que mejor le parezca? ¡Pues qué le vamos a hacer! A callarse y achantarse. ¿Que decide ponerse a predicar desde el poder y a promocionar mediante las leyes la lucha frontal contra la ley de Dios? ¡Pues a seguir callando! Y eso que el oficio de esa extensísima nómina tan mal pagada y peor dimensionada, es justamente La Palabra.

No hemos caído en la cuenta de que no hay ninguna diferencia entre mantener y ejercer el poder sobre el mantenido. O sí, pero nos damos con un canto en los dientes por tener quien nos mantenga y cargamos con las consecuencias.

La solución, encontrar los curas la manera de sacudirnos de encima la crucecita (¡qué gran limpieza en la Iglesia!) y abrazarnos a la Cruz de verdad. No consentir los fieles que sea el Estado quien les resuelva (nunca desinteresadamente) la manutención del clero, tanto el alto como el bajo. ¿O es que cree algún ingenuo que van a dinamitar la Cruz del Valle y nos van a mantener la crucecita? Una vez eliminada la Cruz, ya no les sirve para nada la crucecita, así que la eliminarán también: el poder político se deshará de los que viven de la crucecita. Y así, tal vez, seguiremos calladitos y sin molestar, pero ahora sin que al Estado le cueste nada… que el horno ya no está para más bollos.


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