España
Casi diez mil afiliados se dan de baja de Vox en toda España tras el fracaso en las elecciones municipales del 26-M
Una semana después de las elecciones municipales y atonómicas del 26-M, alrededor de 10.000 militantes de Vox han decidido desvincularse del partido, según fuentes vinculadas a la organización. Como muestra, este doble botón: solo en Cáreces capital, de 400 afiliados, 150 han abandonado el partido en los últimos 15 días. En Cataluña, por su parte, las deserciones se cuentan por decenas.
En la mayoría de los casos, los malos resultados del pasado domingo (Vox perdió un millón y medio de votos con relación a las elecciones generales de hace un mes) han pesado como una losa en el ánimo de muchos militantes y candidatos, muchos de los cuales vieron en Vox sobre todo una oportunidad de obtener poder y dinero. Las mismas fuentes creen que serán miles los afiliados de Vox que, aunque no formalicen su baja del partido, dejarán de pagar sus cuotas tras su decepción electoral.
Se quejan de la falta de participación interna en la elaboración de las listas a los ayuntamientos y del control absoluto que ejerce la media docena de personas que conforman el núcleo duro en Madrid, encabezados por Iván Espinosa de los Monteros y su mujer Rocío Monasterio.
El éxodo de militantes también está relacionada con algunas actuaciones consideradas caciquiles que han sido llevadas a cabo en algunas provincias. El caso de Málaga es uno de los más paradigmáticos. El coordinador provincial, José Enrique Lara, muy debilitado tras su fracaso electoral en la capital costasoleña, carece ya de cualquier autoridad sobre la mayoría de los militantes y concejales electos en la provincia. Una de ellas, Lucía Cuín, está participando activamente en las actividades del Orgullo Gay en Torremolinos, ajena a la opinión de su partido.
«Tenemos la impresión de que el zángano oportunista (por Abascal) se ha desentendido del partido tras conseguir su objetivo económico», señala uno de los más destacados miembros del sector crítico de Vox.
Los más ideologizados en Vox, muchos de ellos provenientes de formaciones que sí eran patriotas e identitarias, dicen no entender la deriva atantista del partido. Vox ha descartado sentarse en el Parlamento Europeo con diputados de Marine Le Pen y del italiano Matteo Salvini. La líder del antiguo Frente Nacional nunca ha ocultado su simpatía por Rusia. La Liga Norte de Salvini, aunque de forma no tan explícita, también simpatiza con la gran potencia del este. Constituye toda una declaración de intenciones que Vox haya decidido unir sus raquíticas fuerzas en Bruselas al PIS, el partido católico polaco enemigo de Rusia.
«La estrategia de Vox ha sido marcada por Steve Bannon. Consiste en la defensa de los intereses de Estados Unidos. Vox ha sido financiado por Israel, a través de la oposición iraní», señala a nuestra redacción una de las dirigentes de Vox en la provincia de Cádiz, ya dimitida.
Así las cosas, se prevé que el goteo de bajas siga siendo incesante. Parece fuera de toda discusión que el souflé de Vox se ha desinflado y que son legión los que se han sentido traicionados por la dirección del partido, ya cómodamente instalada en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo. Ha bastado que Vox no haya cumplido las expectativas electorales previstas para que la desbandada esté siendo masiva en toda España. Es lo que ocurre cuando a un grupo de pijos remilgados se les deja triturar la ilusión y la confianza en el cambio de miles de patriotas. La disidencia controlada ya cumplió su principal objetivo.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
