Opinión
Cayetana en la Autónoma
Supongo que Cayetana daría por descontado la agresión de ayer en la Autónoma de Barcelona. Quiero decir, que sabía que antes o después esos «pijos y niñatos» le montarían un número del estilo que le han organizado al pretender encabezar un acto en el territorio sagrado del independentismo extremista catalán. Ser del PP, o constitucionalista sin más, en Cataluña y pretender mantener una agenda pública con normalidad es un sueño vano: cada día que pasa Cataluña es un espejo deformado en el que la realidad toma forma monstruosa, en el que nada se parece a lo que alguna vez quiso ser –y no digo que siempre lo fuera–, y en el que un bandolerismo intelectual particularmente violento toma reiteradamente el mando de la cotidianeidad.
La Universidad contemplada en su dibujo general, en su totalidad en España, es un buen reflejo de la intolerancia ideológica de esa suerte de totalitarismo extremista que la izquierda radical personaliza hasta la nausea. Pretender dar una conferencia cualquiera en buena parte de las universidades públicas de España es poco menos que una tarea heroica si se tiene en cuenta el bloque violento de censores extremistas que se constituyen en comisarios políticos: ellos deciden quién es «fascista» o no y, por lo tanto, quien puede o no puede asistir con normalidad a un simple intercambio de ideas en territorio universitario, todo ello ante la actitud medrosa de los rectores y la complicidad cobarde de la mayoría.
Ello se hace especialmente indignante en Cataluña, donde al matonismo del ámbito ideológico que personifica Podemos y alguna que otra excrecencia, hay que añadir el iracundo componente independentista que protagonizan las juventudes hitlerianas de la CUP. Digo hitlerianas como calificativo peyorativo, pero bien debería decir, y lo hago, estalinistas.
Hoy en día en Cataluña florecen los fascistas por los parterres de las ciudades. Nunca se vieron tantos. Si los que aseguran que son fascistas todos aquellos que no coinciden con la radicalidad maloliente del independentismo catalán echan, sin anteojeras, un vistazo a su alrededor, deberán llevarse un serio disgusto ante una realidad aplastante: en Cataluña abunda un fascismo desperdigado contra el que no hay, de momento, nada que hacer. Son millones los fascistas. Cuando menos lo son los que votan a PP, Ciudadanos y ya veremos a Vox. Si me apuran, hasta algunos de los votantes del PSC también. Es fascista Arrimadas por ir a dar un mitin a Vich. Es fascista Cayetana por ir a dar una charla a Bellaterra. Pero cuando Torra desobedece a la JEC o cuando los independentistas van de picnic a Madrid es simplemente libertad de expresión. Los que ayer acosaron, escupieron, empujaron e insultaron a la número uno de la lista de los Populares por Barcelona estaban, por lo que se ve, ejerciendo su libertad de expresión y preservando espacios públicos de Cataluña del fascismo que tanto prolifera por esos andurriales. Son el producto de años de educación en el odio y la intransigencia. Y son, además, el producto de la acomplejada y pacata incapacidad para la reacción del establishment catalán: escucharán o leerán muy pocas condenas a hechos como el descrito hoy por todos los medios, escucharán o leerán muy pocas reacciones categóricas –en forma de comentario editorial, por ejemplo, de los medios de comunicación catalanes– a lo que resulta un paisaje bastante habitual en el relato cotidiano de esa tierra condenada a sí misma, condenada a verse de buena mañana en el reflejo deformado, cóncavo o convexo, que le devuelve el cristal de cada día.
Cayetana, con todo, es difícilmente acoquinable. Es una mujer con reaños a la que pocos van a conseguir amedrentar. Puede que le hayan dado una visibilidad interesante, aunque maldito sea el método. Y ahora que pienso: es una mujer. ¿Tienen algo que decir las que siempre se callan cuando la agredida no es de izquierdas?
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
