España
Coalición tóxica para España
El acuerdo anunciado ayer por Sánchez e Iglesias esboza un panorama inquietante para España porque augura cesiones al independentismo, una merma del constitucionalismo, altas dosis de intervencionismo estatal, un empobrecimiento económico y una pérdida de libertades. Será una coalición de gobierno tóxica para los españoles porque está sustentada en un presidente del Ejecutivo incoherente y sin palabra y porque por primera vez en democracia habrá en La Moncloa una vicepresidencia ocupada por un líder comunista que alcanzó su liderazgo con un discurso destructivo del sistema democrático, y con un populismo demagógico, de corte ultraizquierdista, basado en la demolición del espíritu de la Transición, peligroso en definitiva para los intereses de España.
Sánchez ha claudicado ante Iglesias sin siquiera dar una mínima opción a pactar un Gobierno de coalición con el PP, o a encabezar un Ejecutivo de concentración con otras fuerzas constitucionalistas.
Conocido ya el frontal rechazo de Cs a avalar con sus votos un gobierno de extrema izquierda como el que se va a configurar, a Sánchez solo le cuadrará un acuerdo con ERC, con lo que conlleva de sometimiento al separatismo y a su chantaje contra el Estado de Derecho, reactivado ayer mismo en el Parlament mientras Sánchez se abrazaba con Iglesias en el Congreso. Resulta alarmante la dejación de funciones que ejerce el PSOE con el silencio cómplice de muchos de sus líderes, que, siempre en privado y de manera acobardada, reniegan de cualquier cesión de poder a Iglesias y ahora callan. Sánchez sostenía solo hace unos meses que «no dormiría tranquilo» con Iglesias en La Moncloa y que sus discrepancias con Podemos respecto a Cataluña eran insalvables. Pero todo era una patraña oportunista, diseñada para engañar masivamente a la ciudadanía. En solo dos días, Sánchez e Iglesias han resuelto sus «infinitas diferencias», urgidos por la evidencia de que entre ambos han perdido un millón y medio de votos y de que no podrían ir a otras elecciones. El acuerdo se completó con un gesto de pésimo gusto político, como es hacerlo público mientras el Rey se encuentra en Cuba.
¿Qué le espera a España? Un retroceso evidente. En el terreno de los principios, un deterioro de los valores derivado de una ideologización divisora de la sociedad que permitirá la estigmatización de más de la mitad de la ciudadanía por el mero hecho de no ser social-comunista. También, la merma de las libertades que siempre han llevado aparejados los gobiernos radicales. En el ámbito político, a España le aguarda una regresión al revanchismo adoctrinador, a la fractura emocional y a la imposición sectaria de leyes que debilitarán al constitucionalismo y contribuirán a la destrucción del modelo territorial consensuado en 1978. Y en lo económico espera una sangría para el bolsillo de los españoles, especialmente de la clase media, a la que la izquierda siempre castiga para proteger su farsa del «Estado social» y las «políticas progresistas», el gran embuste terminológico que enmascara lo que siempre concluye en una regresión. Bajo la perversión del lenguaje, asistiremos a otra feria del gasto público, del endeudamiento, de la asfixiante presión fiscal y del desempleo. Sus recetas son de sobra conocidas en España.
Tras la moción de censura, España ya dio un paso atrás con Sánchez. El separatismo se envalentonó gracias a la fallida estrategia de «apaciguamiento» y trató de imponer «relatores» para la ruptura de España. Con Sánchez todo se frivolizó, desde el feminismo hasta la inmigración. Desde la historia hasta la política exterior. Desde el medio ambiente hasta la Justicia. Ahora, con Iglesias como controlador de Sánchez, como promotor de un falso derecho de autodeterminación para Cataluña, o como la máxima expresión de la manipulación política y el cainismo patrio, España se someterá a su prueba más dura.
Habrá dos gobiernos en uno, eso que tan irrealizable le parecía antes a Sánchez. Uno, dirigido por un candidato socialista incapaz de asumir los principios de una socialdemocracia responsable; y otro, manejado por un extremista, admirador del chavismo y de las dictaduras comunistas y experto en purgas orgánicas. Un gobierno impulsor de una economía irreal, y sostenido sobre un partido que nació exigiendo la derogación de la Constitución y apelando al fin de la monarquía parlamentaria. La lógica debería apuntar a un gobierno de corta duración porque la izquierda es incapaz de compartir el poder entre sus distintas facciones. De momento trata de repartirse el poder. Ahora se percibe con nitidez que el centro-derecha debió agruparse bajo la marca España Suma, porque si algo ha conseguido, solo es restar y facilitar la llegada de la ultraizquierda al Gobierno de España.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
