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Opinión

Contra la democracia y contra el consenso

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En España hay siete clases de españoles… sí, como los siete pecados capitales.

1) los que no saben;
2) los que no quieren saber;
3) los que odian el saber;
4) los que sufren por no saber;
5) los que aparentan que saben;
6) los que triunfan sin saber, y
7) los que viven gracias a que los demás no saben.

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Estos últimos se llaman a sí mismos “políticos” y a veces hasta “intelectuales”. Pío Baroja.

Aprovecho para recomendar la lectura de su trilogía “La lucha por la vida”, escrita en la primera década del siglo XX, especialmente a las víctimas de las diversas leyes educativas “progresistas”.

En los tiempos que corren, se oyen por doquier frases tales como: “mi opinión también es tan respetable e importante como la tuya”, “porque, no me negarás que yo también tengo derecho a opinar, sobre tal o cual cosa”, “es increíble lo intolerante que eres, no respetas las opiniones ajenas”… y lindezas por el estilo. Y… ¿Por qué la opinión de cualquiera es importante? ¿De veras existe el “derecho a opinar”, en qué consiste tal “derecho”?, ¿Qué significa eso de que todas las opiniones son “respetables”, por qué hay que “respetar” las opiniones ajenas?

Una de las creencias más extendidas después de años de adoctrinamiento “igualitarista” es la de que todo el mundo tiene algo que decir, e incluso, en los colegios y demás centros de estudios, se repiten, como si de dogmas de fe se tratara, frases tales como “los profesores tienen mucho que aprender de sus alumnos”. Da igual la condición del individuo, si es muy inteligente o no, da igual su cociente intelectual, su formación académica, sus años de estudios, su experiencia profesional, o su experiencia vital, todos tienen algo que decir; toda la gente es digna de opinar aunque no tenga ni la más remota idea de qué va el asunto, el caso es “ejercer su derecho”, y como bien se sabe, en España, en este momento derecho es sinónimo deseo.

Nadie debe ser tan reaccionario, tan retrógrado como para no tener en cuenta los derechos ajenos, eso es cosa de fachas e intolerantes, ¿O no?

El asunto ha llegado a tal extremo que todos esos tópicos se han transformado en inapelables, incuestionables… y, ¡ay de aquel que se atreva a disentir!, puede ser linchado metafóricamente hablando, y corre el riesgo de serlo no tan metafóricamente.

En España ha llegado a convertirse en un pecado social no comulgar con tales afirmaciones. Claro que, no es de extrañar que las cosas estén “así”, después de que la gente haya visto, y oído, año tras año a “opinadores”, “creadores de opinión”, tertulianos, hablar, hablar, hablar de trivialidades, vulgaridades, nimiedades, con absoluta solemnidad, como si realmente estuvieran diciendo algo notable, fuera de lo común y en el convencimiento de que son personas ocurrentes, ingeniosas, o algo parecido; y por descontado, cada vez que hablan lo hacen ex cátedra, o al menos esa es la impresión que causa en muchos de quienes los “escuchan” (ahora ya no se dice oír, eso ya es una antigualla) de manera que para el común de los mortales, muchos de ellos gozan de un gran prestigio, de un enorme predicamento –por supuesto inmerecido-, y todo ello se convierte en un círculo vicioso, pues la gente suele recurrir con frecuencia a aquello del “principio de autoridad” para argumentar y apoyar sus opiniones; y claro, si lo ha dicho alguien que sale en los “medios”, eso es veraz, y va a misa. (argumentum ad verecundiam, argumento de autoridad o magister dixit, “falacia lógica” consistente en defender algo como verdadero porque, quien es citado en el argumento, tiene reconocida autoridad en la materia).

Ni que decir tiene que, todo lo que sale de las bocas de los “opinadores” lo aderezan –aunque no todos, claro- lo aliñan con zafiedades, palabras malsonantes, procacidad, y multitud de ingredientes más; y en muchas ocasiones con voces, gritos, desplantes, que la gente ha acabado integrando en sus esquemas de pensamiento y de acción como “algo normal”; si lo hacen los famosos, ¿Por qué yo no?

Es más, hay que llegar a la conclusión de que algunos de los personajes asiduos a los medios de información, incluso tienen el convencimiento de que la modernidad es sinónimo de transgresión y extravagancia.

Y, como es lógico, se recolecta lo que se siembra.

Se les vende a los niños y niñas desde sus primeros años que los adultos apenas nada tienen que enseñarles, como si uno viniera al mundo con “ciencia infusa”, con un saber innato, no adquirido mediante el estudio. No es de extrañar, pues, que los alumnos no le reconozcan al profe ninguna autoridad, y tampoco piensen en la remota posibilidad de que les pueda enseñar “algo interesante y divertido” (otro de los muchos tópicos al uso) sino ni siquiera enseñarles.

Luego, para más inri, los diversos gobiernos han ido aprobando leyes, “educativas las llaman” que pretenden, dicen, acabar con las desigualdades, y por supuesto, para no perturbar a los tiernos infantes, no sea que queden impactados de tal modo que les produzca un desequilibrio emocional irreparable, han eliminado de los centros de estudio cualquier cosa que suene o huela a “selección”, notas, esfuerzo, disciplina, excelencia, y anacronismos –según su entender- por el estilo. ¡Viva la escuela, alegre y divertida! ¿Alguna vez se han dado cuenta que, en los actuales colegios, institutos, facultades universitarias, lo que siempre fue excepción, ahora se ha convertido en lo común, casi diario: la fiesta? Y de paso, tuvieron la feliz ocurrencia de instituir los llamados “consejos de centro”, pues se entiende que quienes mejor que los papás y mamás para dirigir y planificar la actividad de los centros de estudios. Ya digo, la ciencia infusa, total, ¿Para qué estudian en las Universidades los futuros profesores, si para ser enseñante vale cualquiera y cualquiera sabe?

A punto estuvieron, también, de hacer lo mismo con los centros de salud y hospitales públicos… Al fin y al cabo, ¿No sabe toda la gente lo suficiente de salud, o más que algunos “matasanos”? Así nos va en el país en el que todo el mundo tiene derecho a opinar, como si estuviera en la taberna, hablando de fútbol, o en la peluquería hablando del famoseo.

Así que ¿Todas las opiniones son igualmente respetables?

Como se dice, también ahora, «¡va a ser que no!»

¿No sería de insensatos tener en cuenta opiniones disparatadas, de gente que lo ignora todo o casi todo de determinados asuntos? ¿Se pondría usted en manos de un cirujano ciego, por muy buena voluntad que éste tuviera?

¿No es al fin y al cabo una absoluta necedad considerar que, si algo es aceptado por la mayoría, aunque sea una sandez, hay que “respetarlo” pues es la voluntad de la mayoría, y cuando la mayoría piensa así, por algo será?

¿No es también otra absoluta insensatez, pensar que hay que acatar la voluntad de la mayoría de la comunidad, cuando esa mayoría considera que algo es veraz, por no haberse aún podido demostrar lo contrario? (Falacia ad ignorantiam)

Podría seguir poniendo cientos, miles de ejemplos, hasta aburrir, pero no es mi intención; si lo es, por el contrario llamar la atención acerca de que ya va siendo hora de dejarse de pamplinas y empezar por decir que no solo no son respetable algunas opiniones, sino absolutamente detestables; también es momento de ponerse manos a la obra e impedir que siga habiendo mediocres, indocumentados, analfabetos en puestos de dirección, en ámbitos en los que se toman decisiones demasiado importantes para nuestras vidas. ¿Cabe mayor insensatez que el que las pruebas de selección de personal de cualquier ámbito de la Administración del Estado, sean decididas, desde el temario hasta los exámenes, por parte de gente que no reúne condiciones para presentarse a tal oposición, o más todavía, gente sin experiencia profesional ni vital, que nunca sería contratada en la empresa privada, dada su nula o casi nula cualificación?

Respecto de todo lo que vengo hablando, trata un libro publicado este año, en español, que lleva por título “Contra la democracia” y cuyo autor es Jason Brennan.

Generalmente, se da por sentado que la democracia es la única forma justa de gobierno y creemos que es honesto y de sentido común que todos tengamos derecho a voto. El libro de Brennan pretende demostrar que la realidad es muy diferente. Por supuesto, Brennan afirma que los países con democracia liberal suelen ser los más prósperos, los que más respetan los derechos y las libertades, los mejores para vivir; lo deja muy claro para que no haya lugar a equívocos. Pero lo que se le atraganta a este filósofo y politólogo estadounidense es ese ciego triunfalismo con el que, casi como si de una religión ser tratara, se celebra la democracia como el sistema más perfecto que pueda existir.

El problema de la democracia, tal como afirma Brennan son los votantes. O, más exactamente, los votantes desinformados. Son multitud los estudios revelan que son la mayoría y que muchos muestran una ignorancia extrema en cuestiones políticas. Y pese a ello, su voto vale lo mismo que el de una persona que conoce a fondo la situación real de su país. A Brennan –y no solo a él- eso le parece profundamente injusto, sobre todo porque los desaciertos, los errores que salen de las urnas acaban teniendo gravísimas consecuencias, acaban acarreando graves perjuicios para gente que no se lo merece. Para subsanar ese problema propone experimentar la meritocracia (él la denomina “epistocracia”), un sistema en el que los ciudadanos más competentes e informados posean más capacidad de decisión, de gestión, en suma, más poder político.

Brennan considera que el modelo actual de democracia liberal debe ser sustituida por una meritocracia; un gobierno regido por una élite de profesionales que demuestren estar cualificados, en posesión de un alto conocimiento de las materias que verdaderamente afectan al progreso de un pueblo.

Brennan insiste especialmente en que, se debe evitar por todos los medios que el gobierno democrático caiga en manos de personas que solo fomentan la ignorancia, la irracionalidad o la simple inmoralidad. (Alguno habrá que recuerde que este dilema que ya fue abordado por Aristóteles, hace más de 2500 años).

Otro asunto importantísimo del que también nos habla Brennan es el de que el interés por la política no suele hacer mejor a la gente, sino que en muchos casos, incluso aunque estén bien informados, los convierte en ‘hooligans’ cuyo comportamiento lo último que hace es mejorar la sociedad en la que viven y su propia vida.

En la política abundan los fanáticos, a la manera de los seguidores de los equipos de fútbol. Jason Brennan, se nos alerta del ruido y de la furia que empieza a surgir de esa masa de votantes cuya politización ‒o en otras palabras, su extremismo de hooligans‒ alcanza la misma intensidad que su ignorancia. Una ignorancia que, en demasiados casos, no depende tanto de la incultura como de la voluntad de no saber, de su “ignorancia voluntaria”.

¿Qué origina ese nuevo perfil de activistas empeñados en dibujar el mundo a fuerza de consignas y desprecio al contrario? Como explica el propio Brennan, no se trata de un problema nuevo, y de hecho, grandes pensadores del pasado se preocuparon por esa politización de quien no comprende la política.

Sucede que, en la actualidad, los nuevos medios de información canalizan mucho mejor la pólvora partidista, y unos clics rápidos en los hipervínculos adecuados ‒o un scrolling por las redes sociales‒ funcionan como el perfecto catalizador de la ira.

Obviamente, este asunto va mucho más allá de la contienda que se produce online. Los beneficios informativos que uno recibe de internet no son pocos, y sería demasiado simplista aislar el problema en las noticias falsas de Facebook o en los tuits de los manipuladores profesionales. En realidad, como se encarga de explicar Brennan, la clave es que nos afectan varios sesgos cognitivos ‒el de confirmación, el de disconformidad, el motivado, el intergrupal, el de disponibilidad o el de actitud previa, por no hablar de la presión social y la autoridad‒. Y el conjunto de esos sesgos, fatalmente combinado, nos lleva a rechazar evidencias o argumentaciones, a mantener creencias reconfortantes y a demonizar a quienes, simplemente, no pertenecen a nuestra tribu política.

Teniendo en cuenta lo poco, o nada, que saben los votantes ‒nos dice Brennan‒ y lo mal que procesan la información, no es sorprendente que las democracias opten a menudo por malas políticas. Pero teniendo en cuenta lo poco que saben los votantes y lo mal que procesan la información, es sorprendente que las democracias no funcionen aún peor de como lo hacen.

En este apasionante y perturbador estudio del proceso político y de las relaciones del electorado con los partidos, Jason Brennan nos plantea las consecuencias que surgen de la irresponsabilidad los votantes.
Llegados a este punto, Brennan insiste especialmente en que la democracia es un sistema que no ha de medirse por su valor intrínseco, sino por sus resultados: teniendo en cuenta si la democracia es eficaz y justa, pues de ello dependen nada menos que nuestra libertad y nuestro bienestar.

Cualquier grupo social que esté en sus cabales, cuyos miembros no estén embrutecidos o encanallados, procura evitar que la gente viva inmersa en continuos sobresaltos, busca la manera de que quienes la integran se sientan miembros de una sociedad estable, perdurable, próspera; y para que eso sea posible es imprescindible que existan “absolutos”, sí, asideros incuestionables.

Si antes afirmaba la necesidad de “absolutos/incuestionables”, es porque si no es “así” tendremos que aceptar que la mayoría puede hacer lo que le dé la gana, y por lo tanto cualquier cosa que hace/decide la mayoría es buena porque “son la mayoría”, siendo pues éste el único criterio de lo bueno o lo malo, de lo correcto y de lo incorrecto, Una democracia con “absolutos/incuestionables” solo debe permitir que la soberanía de la mayoría se aplique sólo, exclusivamente, a detalles menores, como la selección de determinadas personas. Nunca debe consentirse que la mayoría tenga capacidad de decidir sobre los principios básicos sobre los que ya existe un consenso generalizado y que a nada conduce estar constantemente poniéndolos a debate y refrendo. La mayoría no debe poseer capacidad de solicitar, y menos de conseguir, que se infrinjan los derechos individuales.

Para evitar males mayores de los que ya conocemos, y de los cuales se ha venido hablando en este texto, Brennan propone que se ponga en marcha algún procedimiento para que los ignorantes no puedan decidir irresponsablemente, con sus votos y nos impongan disparates y crueldades, incluso llega a afirmar que quienes voten, como quienes sean susceptibles de ser elegidos, pasen previamente un examen de actitud.

Decía el personaje de Forrest Gump que, “tonto es el que hace y dice tonterías”, evidentemente nadie puede decir de esa agua no beberé, por muy alerta que uno esté; pero lo que sí tengo claro es que, si alguien tiene la osadía de opinar, hacer juicios sobre algo que desconoce, o casi, el riesgo de decir insensateces es muy grande, así que en esos casos es mejor dejar que hablen quienes sepan, y esperar a tener suficiente información del asunto de que se trate.

¡Ahí queda eso!


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El Partido Popular, la «derechita cobarde»: Casado, Feijóo, Parera y la TEORÍA DE LA MIERDA

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Hace más de 40 años -que se dice pronto- en la portada del diario ARRIBA apareció un artículo que recibía un título más o menos parecido a este: «UCD o la TEORIA DE LA MIERDA», que tuvo a bien publicar -en un acto de rebeldía que no tenía precedentes, ni ha vuelto a ocurrir jamás- el comité de empresa de los trabajadores de los medios de comunicación del estado que el entonces Gobierno de UCD pretendía vender con los trabajadores dentro. Lo típico de la derechita cobarde, vaya.

Aquella UCD que impuso el comunismo en España, aquella UCD que traicionó todo lo que se podía traicionar -incluso se traicionó a sí misma varias veces- tiene buen y grande heredero -putativo- en el Partido Popular actual del señorito Casado. Pues si de traiciones hablamos, ¿Quien mejor que la derecha -CEDA, AP, …. PP? Nadie.

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La piara que domina en el PP cuenta hoy con una bocaza más, abierta hasta el extremo: la de la inicua e inefable señorita Parera, que ha pasado de infames formaciones políticas en las que defendía el Referendum ilegal para el antiguo Condado de Barcelona a militar en el no menos infame rebaño del PP catalán, en el que acaba de aterrizar con un bonito escándalo, afirmando que está a favor de los indultos a los criminales convictos encerrados en la cárcel por propinar un golpe de estado a la patria común, que es España.

Este es el nivel, señoras y caballeros: Feijóo berreando y soltando saliva por los belfos atacando a Isabel Ayuso, y la tal Parera aplaudiendo un más que posible indulto.

ESTO ES EL PP. Les rogamos que no lo olviden la próxima vez que voten. GRACIAS.

¿Respecto a la TEORIA DE LA MIERDA? Es original de D. Adolfo Suárez, quien se la comentó a Pilar Urbano para definir la forma de comportarse de los españoles:

«El español solo reaccionará cuando note y vea que la mierda le llega justo a la nariz. En ese momento pondrá manos a la obra para quitarse la mierda de alrededor y de encima».

Y esto, señoras y señores, es una verdad como un TEMPLO. Esto es lo que son, en realidad, la mayoría de los españoles. Y así lo demuestran.

 

 

(PULSE PARA AMPLIAR)

 


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Pablo VI y la Encíclica Humanae Vitae: ahí empezó todo

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En 1965, Pablo VI dejó claro que también había normas en la cama. Y eso sí que no.


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Los medios extranjeros ensalzan el Isabel Zendal

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El éxito del Hospital Isabel Zendal se ha vuelto indigerible para la ineficaz siniestra parasitaria.

El Hospital Enfermera Isabel Zendal ya es considerado como la joya de la comunidad de Madrid para abordar la escalada y sobresaturación del covid19. Hasta la prensa extranjera ha atacado duramente a la izquierda española por su actitud impresentable y sus maliciosos bulos contra el Isabel Zendal; máxime, al comprobar que ninguna comunidad ha sabido trabajar con la misma eficiencia que Madrid: ahí tienen lo sucedido en los hospitales de campaña de Valencia, Castilla La Mancha, etc. Estos días he escuchado en una cadena de radio unos comentarios sobre el hospital Isabel Zendal dignos de una ignorante seudoperiodista: sentí vergüenza ajena porque se notaba que — sin conocer ni haber estado en el Zendal—aventaba su odio envalentonado, su siniestro pensamiento y su ‘republiqueta’ de pacotilla. Será cuestión de sentarse en el quicio de la puerta para ver pasar su cadáver. Al tiempo.

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Hoy, el Isabel Zendal, es una bandera que aplauden todos los países de nuestro entorno, incluso ya lo han copiado. A eso se llama estar a la altura de las circunstancias en tiempo y forma. Ninguna otra comunidad ha cogido al toro por los cuernos, ni siquiera Cataluña; con la cantidad de dinero enviado a Cataluña, retrayéndolo del dinero adeudado a otras comunidades y evitando la insensatez de la ‘embajadas’ catalanas, bien podría haber dedicado un ‘zendal’ a la Sanidad y otro a la educación; sin embargo, ese dinero lo dedicó la comunidad a alimentar el golpismo, el activismo independentista y el adoctrinamiento integral.

Cataluña derrocha como pocas comunidades. Hay otras formas de derroche como la efectuada en Andalucía por María Jesús Montero: según ha manifestado el Tribunal de Cuentas, la ahora ministra de Hacienda prescindió de algo más de 8.000 sanitarios en el tiempo que fue consejera de Salud. Cuando copiar de Madrid parece lo más práctico, lógico y sensato, la izquierda no admite que la comunidad de Madrid se vuelque en lo público; hubieran preferido las formaciones de la siniestra que el hospital fuera privado para así disponer de munición contra Isabel Ayuso. El éxito del Hospital Isabel Zendal se ha vuelto indigerible para la ineficaz izquierda parasitaria.

A día de hoy, la presidenta ha aleccionado a Salvador Illa, llegando a quedar como el ‘hombre de paja’ del Gobierno; el presidente no soporta que una mujer le dé sopas con onda, y también ha claudicado ante la planificación de Ayuso con todo su odio y dolor; hasta Grande-Marlaska anda escondido porque le han encontrado las cosquillas de su pasado y de su presente. Otro que también está muy callado últimamente es el ‘vicepandemias’ segundo, pero ya se sabe: sigue pendiente de Franco; sin el caudillo, él no es nadie porque carece de discurso inteligente. Lo suyo son las arengas vacías.

No me ha sorprendido cómo decenas de diarios europeos han destacado, y siguen destacando, el buen hacer de Isabel Díaz Ayuso y su ascenso político. No han faltado cabeceras en Francia, Alemania, Austria, Finlandia, Italia y Reino Unido, entre otros, elogiando la gestión “eficaz, sensata, elegante y disciplinada” de la presidenta desde el inicio de la pandemia. Todos se han deshecho en halagos hacia “el milagro de Madrid” y “la musa de la derecha española”. El diario francés “Le Fígaro” no ha dejado de reconocer y ensalzar a Díaz Ayuso y su equipo, incluso ha llegado a calificarla como “la luchadora contra el coronavirus”. Por el contrario, el presidente del Gobierno sale muy mal parado en todos los envites y comentarios, a la vez que se le considera el culpable por negligencia de los miles de muertos. Es curioso que el ‘vice’ segundo reciba el trato de “patata” y otras veces de “desechable patata caliente”, por su negligencia en las residencias de ancianos, su desidia hacia los afectados y sus destrozos en el mal llamado ‘escudo social’.

Los liberados sindicales de la izquierda, y particularmente de la sanidad madrileña, se han dedicado a tirar piedras a su tejado, convirtiendo su actitud en una vergonzosa manipulación. Muchos siguen aventando estupideces, y pasan información falsa a algunos medios pagados por el Gobierno, esos a los que se conoce como ‘cagaítos’. De todos esos liberados sindicales, ninguno ha renunciado a la liberación para ayudar a realizar test, poner vacunas o acudir al Zendal. En estos casos, la Administración debería eliminar de oficio esas liberaciones porque son atentatorias contra la sociedad. Si los sindicatos quieren liberados para hacer daño, deberían pagarlos ellos en vez de hacerlo la Administración. ¿Cuánto creen que iban a durar los liberados sindicales? Pues ese es uno de los temas que habrá que tratar en profundidad cuando se abra el melón de la Constitución, junto con otros muchos.

Por Jesús Salamanca. 


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La abstención de Vox: ¿salvavidas, responsabilidad o ambas?

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Compleja la situación en la que VOX se ha colocado. Nadia podría haberles reprochado su voto negativo; y mucho menos sus votantes y afiliados. La abstención ha sido explicada por Espinosa de los Monteros… pero creemos que estas explicaciones no borrarán el daño que la imagen de «salvavidas de Sánchez» ya se ha creado en lo más ruin, zafio y cateto de la sociedad. Que, por desgracia, también vota. 

Pero no solo será el «garrulismo» el que no entienda la abstención de VOX; muchos de sus apoyos tampoco lo entienden y, aquellos que pueden entenderlo, no les gusta. Nada. Ni un poquito. 

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VOX seguramente se ha equivocado. Y no se lo puede permitir: que el PP se equivoque está ya superado: es lo esperable. Pero de VOX se pide más. Por partidarios y detractores. 

Les dejamos con la magnífica reflexión de Luis Losada-Pescador:

 

Campanada. ERC se había descolgado del gobierno en la votación del decreto ley de reparto de fondos europeos por la pandemia. Justo antes de las catalanas -que son las que importan en ERC- hay que marcar distancia. ¿La excusa? Que si la Generalitat no ha participado en la elaboración de los criterios, que si sólo se van a beneficiarb las grandes empresas, etc. 

Descartado el apoyo de ERC el gobierno mendiga en Ciudadanos un salvavidas que permita superar el trámite. Al fin y al cabo los ‘naranjitos’ se habían humillado hasta el extremo en la negociación de los presupuestos. Pero los de Inés Arrimadas tampoco le dieron oxígeno. Probablemente por las mismas razones que ERC. Su supuesto fuerte era Cataluña. Recordemos que ganaron las últimas elecciones aunque un pacto de perdedoreds les arrebató el gobierno.

Si Ciudadanos no salva los muebles en Cataluña, se derrumba a nivel nacional. Así que no es el momento de hacerse la foto con el ‘cambiacolchones’. Y por supuesto, el PP no le da al gobierno ni la hora. Y menos antes de las catalanas. Después está dispuesto a negociar la renovación del CGPJ. Pero antes, nada de nada. Porque además consideran que el reparto de Sánchez es une embudo a favor de sus comunidades y en contra de las gobernadas por el PP.

En este ambiente de desolación sanchista llega Vox y se abstiene facilitando la aprobación. El partido más crítico con el gobierno, el que planteó una moción de censura, el que considera a Sánchez un peligro para España, le ofrece un flotador en el último minuto. Por supuesto, el PP aprovecha para hacer sangre comparandoa a Vox con Bildu porque ambos facilitaron el decreto. Las bases, con cara de póquer. Si los de Abascal pretendían el ‘sorpasso’ al PP en las catalanas, este está más lejos hoy que ayer.

El portavoz parlamentario, Iván Espinosa de los Monteros, acusando de “fake news” a quien afirme que Vox salvó al gobierno. ¿Cuál es el titular adecuado, Iván? La culpa no es del mensajero sino de la decisión. Si no son capaces de explicarla o su explicación no resulta convincente, la culpa no es del mensajero. Es verdad que los medios afines al PP han aprovechado la circunstancia para magnificar los hechos. Pero eso no invalida los hechos.

Ahora, vayamos a lo que importa: ¿por qué Vox ha decidido ofrecer un flotador a Sánchez? Dos hipótesis: por equivocación o por responsabilidad. Espinosa explica que el covid ha generado 622.000 parados a los que hay que sumar los 750.000 trabajadores que siguen en el ERTE. Miles de pymes han tenido que bajar la persiana y otras muchas agonizan y podrían morir si el dinero no llega rápido. Votar en contra habría dilatado la llegada de los fondos y acelerado la muerte empresarial de muchas pymes. En definitiva, nos abstuvimos con la nariz tapada pensando en los españoles. Eso es patriotismo. 

Este es el mensaje del portavoz parlamentario de Vox que no ha terminado de convencer a las bases. Quizás pretendian de esta manera desmarcarse de PP y Vox de cara a las pymes que esperan los fondos. Pero puede que la responsabilidad no cotice en un ambiente de holliganismo politico. Pero también puede que las bases perciban poca consistencia: ¿Por qué no se fue “responsable” con los estados de alarma o con los presupuestos?

Esto nos lleva a la tesis de la equivocación. Vox habría calculado que el PP y Ciudadanos se abstendrían y no querían salir en la foto como los que votaban en contra de la llegada de los fondos europeos cuando están abanderando la batalla de los hosteleros por su supervivencia. Como el voto era digital y estaba habilitado desde la noche anterior puede que algún ‘bocas’ filtrara la posición de Vox y que PP y Ciudadanos aprovecharan para desmarcarse: iba a salir igual y ellos aprovecharían para marcar distancia y ajusticiar a Vox. Posible. Pero, ¿verdad que es inexplicable?

Luis Losada-Pescador.


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