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¿Coronavirus? No, ¡Tiranía de China!

Redacción

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Carlos Arturo Calderón Muñoz.- Una vez más el espectro mediático nos asusta con el posible génesis de una pandemia. Junto al avance del coronavirus se han viralizado las teorías que explican las intenciones detrás del reino de la riboviria. Hablamos de armas biológicas que se salieron del control de los chinos, de un ataque de los globalistas contra la economía asiática, de un castigo divino por querer imitar a Dios y claro, lo más sensato, la mutación de un virus.

Lo que muchos no ven, básicamente porque son invisibles, es que las únicas criaturas que siempre se han interpuesto entre nosotros y el dominio absoluto de la tierra han sido las bacterias y los virus. Para muchos es más reconfortante creer que es otro humano el causante de la desgracia y no admitir que, a pesar de sentirnos omnipotentes, una célula procariota o una estructura orgánica, de la que ni siquiera estamos seguros que tenga vida, pueda extinguirnos.

No importa si somos meros plebeyos o primates elevados a la categoría de dioses, siempre hemos estado a un estornudo mal dirigido de ser erradicados por esos organismos acelulares que llaman virus. Si a estos últimos les sumamos a las también invisibles bacterias, sólo podemos aceptar nuestra insignificancia ante la vida.

En el 165 d.C. inició la plaga antonina, hoy se cree que fue el virus de la viruela, que durante 15 años mató 5 millones de personas en el invencible Imperio Romano, incluido a su dios-emperador Marco Aurelio (Él era un hombre sabio y humilde, pero los Cesares eran vistos como dioses). Aunque eso de matar deidades no era nuevo para la viruelita, el faraón Ramsés V ya había sido asesinado por ella 1300 años antes.

En el 541 la plaga de justiniano, hoy sabemos que fue el primer brote de la bacteria Yersinia pestis (Peste negra), acabó con el 40% de la población de Constantinopla y durante dos siglos mató a 50 millones de personas. Pero eso no fue suficiente, la peste negra volvió para un segundo round; traída a Europa por las invasiones mongolas, entre 1347 y 1351, la alegre bacteria mató a más de 75 millones de personas, aproximadamente la mitad de la población europea y un 20% de la población del planeta murió.

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Casi un siglo y medio después, la viruela y el virus del sarampión llegaron al nuevo mundo con la avanzada española. Se estima que el 90% de las muertes de los indígenas americanos fue por estos virus, pero si ‘Las Venas Abiertas de América Latina’ fuera un tratado de medicina y no una oda a la leyenda negra, no lo hubiera leído ni el Tato. No hay una cifra exacta, pero docenas de millones de nativos fueron aniquilados por estos chiquitines, incluidos miembros de las familias reales de los aztecas e incas. Sin embargo, la viruela no era para nada racista, en el siglo XVIII mató 40 millones de europeos, incluidos 5 reyes.

Para 1855, la peste negra tuvo su remake asiático y se cargó 15 millones de indios y chinos, 20 años más tarde el sarampión exterminó a la tercera parte de Fiji.

Cansados de vernos opacados por esos pequeñines, decidimos matarnos a escala industrial y de 1914 a 1918 aniquilamos entre 10 y 20 millones de personas en la Primera Guerra Mundial. Pero los virus nos pusieron en nuestro sitio, matando 50 millones de personas entre 1918 y 1919 con la gripe española (Curioso nombre, ya que se originó en China).

La viruela, sí otra vez, mató unos 300 millones de personas en el siglo XX, en contraste, sólo 100 millones de personas murieron a causa de las guerras en el mismo siglo. Esa pequeñita es la principal causa de muerte en la historia de la humanidad. Por su parte, al sarampión se le asignan unos 200 millones de muertes y al día de hoy sigue matando unas 100.000 personas al año.

Ya en los años 80 apareció el VIH, que de momento ha matado unos 35 millones de personas. Podría seguir mencionando virus y bacterias que han terminado la vida de millones de humanos, como las bacterias que causan la malaria y la cólera, pero creo que ya establecí mi punto. No somos para nada divinos, nos morimos tan fácil como cualquier otra criatura de este bello planeta.

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En las circunstancias actuales no es el virus de turno el que debería causarnos miedo, sino la tremenda capacidad totalitaria que está demostrando cierta potencia oriental. El escenario déspota planteado en la película surcoreana de 2013, ‘Virus’ (o como sea que se traduzca esto: 감기), palidece ante las acciones del Estado chino.

Entiendo a la perfección que ante una amenaza sanitaria deban restringirse libertades para contener una pandemia que, en las condiciones modernas, podría matar miles de millones de personas. Pero lo que este pasajero, y casi que risible, brote de muerte nos deja muy en claro, es que China puede encerrar a casi 60 millones de personas de un plumazo. El equivalente a la población de España y Portugal ha sido puesto en cuarentena.

17 ciudades, en la provincia de Hubei, están rodeadas por las fuerzas de seguridad del Estado, nadie puede entrar o salir, los servicios de trenes, buses y taxis han sido suspendidos, las personas infectadas están siendo encerradas en sus propios apartamentos, bloqueando las puertas y ventanas con barras de metal. Innumerables drones, equipados con altavoces, recorren las calles e incluso las zonas rurales, gritando ordenes a la gente que encuentran; otros drones, de tipo agrícola, están regando toneladas de desinfectantes sobre las poblaciones (Al mejor estilo de paranoia chemtrail).

Nuevamente, todo esto, en un estado de conmoción es aceptable y habla maravillas de la capacidad de reacción ante una crisis. Sin embargo, los reportes del New England Journal of Medicine demuestran que se sabía de contagios del virus desde la mitad de diciembre, por lo tanto, el gobierno central tardó un mes en admitir que existía un problema y en responder a la amenaza. Esto no es raro en el gobierno comunista, la censura se aplica de manera sistemática con el único propósito de hacer ver al régimen como un ente perfecto que nunca comente errores.

Como es habitual, el gobierno chino ocultó información para no afectar su imagen. A este sincretismo se suma la ola de denuncias de ciudadanos chinos, quienes manifiestan que les han entregado actas de defunción de sus familiares en las que la causa de muerte es neumonía y no el virus de moda. El gobierno ha dado la orden de incinerar los cuerpos de forma inmediata para impedir que se expanda el virus, pero, de nuevo, hay numerosas denuncias de ciudadanos chinos que manifiestan que los cadáveres llegan a los crematorios sin papeles, es decir, no se registra la causa de muerte. Todo indica que se está maquillando la cifra real de muertos.

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Nada de esto debería extrañarnos. China es la nación que tiene a más de un millón de uigures en campos de concentración y a casi otros 10 millones bajo vigilancia. China es el país que lleva décadas exterminando a los tibetanos en una descarada limpieza étnica que hace palidecer a la de los israelitas con los palestinos. China es una tierra que está instalando 600 millones de cámaras con reconocimiento biométrico para tener bajo control a toda la población. China, sobre todo, es la pionera del sistema de control orweliano que llaman crédito social.

En China se ha creado este sistema en el que te quitan o suman puntos dependiendo de tu comportamiento, el problema es que tener un pensamiento disidente cuenta como comportamiento negativo. Si el puntaje de un ciudadano cae demasiado bajo, le impiden comprar tiquetes de bus, tren o avión, acceder al sistema financiero, rentar un piso, comprar bienes de lujo y lo peor, la descendencia del desgraciado es castigada. Los hijos de personas con un crédito social bajo son rechazados en colegios y universidades aun si aprueban los exámenes de ingreso con excelentes puntajes.

El sistema se está llevando a tal extremo, que comprar demasiados dulces o alcohol te resta puntos e incluso, mostrarse triste o enojado por tiempos prolongados te hace sospechoso para la policía del régimen, China es perfecta, sólo los fachos podrían estar tristes allí.

A pesar de lo anterior, la OMS alaba la gestión China en el manejo de la crisis. Construir un hospital en 10 días es admirable aquí y en la China, pero si esto lo hubieran hecho 15 días antes, como respuesta a los casos que ya se estaban presentando, no tendríamos este predicamento. China no reaccionó a tiempo porque el Estado es perfecto y no se equivoca, algo propio de un régimen totalitario, cuando ya no pudieron ocultar el problemita, volvieron a actuar como un régimen totalitario que dispone de la vida de sus ciudadanos por un capricho del capo nacional.

Debería preocuparnos que el día de mañana se utilice una “enfermedad”, un monje budista ligado al terrorismo, un dibujo de Winnie the Pooh o la existencia de Tegridy Farms como excusa para desplegar represiones dictatoriales sobre cientos de millones de personas. Debería preocuparnos aún más, que las redes sociales y entidades financieras occidentales ya están copiando el modelo del crédito social en nuestros propios territorios.

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En 1980 logramos algo épico como especie, doblegamos a la viruela. Después de 10.000 años de ser perseguidos por esta, pudimos neutralizarla, salvando así miles de millones de vidas en los siglos venideros. Ese maldito virus fue erradicado ¿Lograremos hacer lo mismo con la tiranía?

*Desde Colombia

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

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Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

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Por Diego Fusaro

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