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Coronel retirado de La Legión se lamenta: «El sistema sanitario que atendió a los inmigrantes ilegales durante años, hoy deja morir a nuestros ancianos»

Soy Enrique de Vivero Fernández. Coronel Retirado del Ejército, aunque en realidad debería decir que soy un español ¨Sin Rentabilidad Social¨, según la nueva catalogación que este putrefacto Gobierno ha ordenado hacer a nuestros facultativos.
Nací en 1950, tengo 69 años, próximamente cumpliré 70 y en ese momento dejaré de tener cualquier rentabilidad social.
Me eduqué, como muchos niños de mi generación, en la escasez , ya fuese de comida, ropa, juguetes… Lo que sí teníamos era tiempo para estar con nuestros abuelos, a los que adorábamos y escuchábamos contar historias, pero las de verdad. Las que habían sufrido en épocas de penuria.
Pertenezco a esa generación que presenció y vivió desde su madurez, porque en aquellos tiempos a los 25 años las mujeres y hombres ya habían madurado, el cambio de Régimen. Muchas esperanzas se pusieron en aquel cambio, el tiempo nos ha enseñado que ha habido muchas cosas buenas, pero también muchas otras negativas.
A lo largo de mi vida he pasado momentos buenos y malos, pero el ser humano tiende a olvidar lo malo y retener lo bueno, es una condición que va unida a nuestro genoma.
Hace pocos días me llevé el golpe más duro de mi vida, cuando a través de un vídeo vi y escuché a unos directivos sanitarios que impartían instrucciones a un grupo de facultativos sobre cómo actuar ante el problema que se les sobrevenía dado el gran aumento de pacientes en los centros sanitarios. (VEAN EL VÍDEO)
En ese momento me di cuenta que acababan de condenar a millones de españoles, ya que al «no tener rentabilidad social» quedaban excluidos de ser atendidos como el resto de los españoles, tal y como dice la Constitución Española, que establece que no habrá diferencia entre los españoles por razón de raza, edad ,condición o sexo.
Entre esos millones de españoles hay hombres y mujeres que combatieron en la guerra civil , hombres y mujeres que sufrieron en su niñez los rigores de la posguerra, hombres y mujeres que apoyaron decididamente los cambios en España, hombres y mujeres que lo dieron todo para que España mejorase sus condiciones de vida y salud, hombres y mujeres que legaron a sus hijos y nietos, con su esfuerzo y sacrificio, una España mejor que la que habían recibido.
Tristemente ahora solamente somos esos viejos jubilados que reciben una pensión, que en muchos casos ha sacado de la crisis a sus hijos y nietos. Es ahora cuando a esos millones de españoles que lo dieron todo, nos dicen que «no tenemos rentabilidad social».
Esas personas que hoy molestan en los hospitales fueron rentables durante toda su vida y ahora estorban. Este Gobierno las condena a no tener derecho a una asistencia sanitaria digna.
Estos millones de seres humanos que siempre han pagado sus impuestos, que siempre han abonado su cuota de la Seguridad Social, ahora se les niega el derecho a la asistencia sanitaria que han estado pagando toda su vida.
La excusa que se pone es que hay que priorizar los escasos recursos sanitarios. ¿Pero acaso no teníamos el mejor sistema sanitario del mundo? El sistema universal de asistencia sanitaria que se permitía atender a inmigrantes ilegales, sin reparar en medios, ahora deja morir a nuestros ancianos. El mismo sistema que permitía mantener 17 tipos distintos de atención sanitaria, totalmente independientes e insolidarias entre sí, con todo el gasto que conlleva el mantenimiento de su aparato administrativo, puestos políticos y de alta dirección, muy bien remunerados.
Pues ese sistema sanitario ha hecho agua y no ha resistido el ataque del COVID-19. El Gobierno tiene excusa para todo esto. Dice que ha sido algo desproporcionado, que ha sido algo inesperado , que al estar descentralizado el sistema sanitario, era difícil de manejar. Todo son excusas de mal pagador.
La realidad es que durante años no se ha hecho previsión ninguna para prevenir catástrofes de este tipo, se ha gastado el dinero solamente pensando en la rentabilidad política del partido en el Gobierno.
Se desmanteló en su día la red de Hospitales Militares, el último el de Sevilla abandonado hace muy pocos años, por la Junta de Andalucía, cuando estaba totalmente terminado.
Los laboratorios de Farmacia de los Ejércitos sufrieron el rigor de los recortes y finalmente fueron centralizados en 2015 en Colmenar (Madrid), pero dotados muy escasamente de presupuesto. Su actual director ha manifestado que estarían en condiciones de producir gran número de medicamentos , si se lo ordenasen.
No se ha creado una reserva estratégica de medicamentos y equipo sanitario para mantener permanentemente la capacidad sanitaria.
No se ha apoyado la investigación. Nuestros científicos e investigadores emigran a otros países donde sí son valorados. La investigación no da votos.
Todas las unidades militares de cualquier nación mantienen una dotación de seguridad para atender en situaciones de emergencia; el Ejército Español no es una excepción a esta regla. No se puede empezar a comprar munición y equipo cuando se declara la guerra.
Hemos tenido unos dirigentes faltos de previsión, cuando ya en enero el jefe de recursos humanos de la Policía Nacional alertaba para dotar a los agentes del material de protección necesaria ante la epidemia declarada en China. Por hacer esta advertencia , este funcionario policial ha sido cesado por el ministro del Interior, Grande Marlaska.
El sindicato CSIF alertó de la misma situación. Ninguna de las dos advertencias fue oída por el Gobierno.
El Gobierno nos dice que esto está sucediendo en todos los países y no es cierto. El Gobierno miente y lo sabe, pero está actuando como siempre, buscando la rentabilidad política. Solamente tenemos que analizar a algunos datos de países de nuestro entorno y compararlos con España
El gasto sanitario en España por habitante está en unos 3.300 euros, en Alemania es el doble y en Francia 4.900 euros.
En España se gastaba en sanidad antes de la crisis el 7% del PIB y ahora se gasta el 6,2%. Eso supone 8000 millones menos de euros.
En España tenemos 30,1 sanitarios por cada mil habitantes; Italia, 32; Francia y Gran Bretaña, 60, y Alemania 71 sanitarios por cada 1000 habitantes.
España tiene la mitad de enfermeros que países de su entorno
Analicemos ahora un dato muy sensible y manejado estos días.
Las camas de las UCI, En Alemania tienen el 222% de más camas que en España, en Francia el 22% y en Italia el 33%.
Estos datos reafirman nuestras críticas a la falta de previsión o ineptitud, y en el gasto no rentable sanitariamente empleado. A este Gobierno se le deben exigir responsabilidades políticas y penales.
Las responsabilidades se las exigirán en última instancia los españoles cuando acudan a las próximas elecciones. Ese será el momento en que aquellos españoles que «no somos rentables socialmente», nos acordemos de ese partido que nos ha calificado como piezas de desguace, como seres de segunda categoría, por el delito de ser pensionistas.
Por todo ello, señores del Gobierno, nosotros los jubilados y pensionistas, nos consideramos rentables socialmente. Impusieron el aborto casi por obligación, de ahí que seamos el país con más baja natalidad del mundo; aprobaron la ley que regula la muerte digna, pero como todo eso no era suficiente, ahora deciden quién vive y quién muere en función de su rentabilidad social.
Pero como siempre, son unos sectarios, porque cuando se trata de la rentabilidad social de sus mayores, de sus padres o abuelos, en ese caso no existe ese condicionante.
Somos muchos millones de españoles los que tenemos el derecho y el deber de ser rentables socialmente.
Señores del Gobierno, aparte de la desidia, imprevisión e ineptitud que han mostrado, no tienen ustedes altura moral para decidir quién debe vivir o morir. Si ustedes hubiesen actuado pensando en el bienestar de los españoles y no en el suyo propio, entonces habrían acertado.
Una sociedad que reniega de sus mayores está condenada a su extinción.
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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.
Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.
Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.
También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.
A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.
Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.
Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.
¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?
Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.
Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…
Por Diego Fusaro






