Sociedad
Cristina L. Schlichting: «Con el coronavirus es irresponsable mantener la manifestación del 8-M por interés»
Cristina L. Schlichting.- De tres a ocho personas fallecidas, ese es el triste saldo del día de ayer en España, sin que consuele el argumento de que los muertos son mayores, porque todos tenemos mayores en casa y entre los afectados graves hay varios sin patologías previas y perfectamente fuertes antes del contagio. Los datos ofrecidos por Sanidad elevan a 441 el número de contagiados por el coronavirus y se buscan varios de los focos de la epidemia, como el del funeral en Vitoria donde fueron contagiados 60 asistentes, nada menos. Madrid, que se ha convertido en el mayor centro de preocupación, se han cerrado 213 hogares de ancianos y se ha desarrollado un protocolo de actuación en residencias, después de que la residencia La Paz y el centro de Mayores de Valdemoro resultasen gravemente afectados por el virus. En Cataluña hay más de un centenar de trabajadores sanitarios aislados. También allí se ha producido un fallecimiento.
Parece inmediata la posibilidad de que comiencen a evitarse las grandes concentraciones de gente, como han decretado Alemania y Francia, que tienen bastantes menos infectados, en relación a su tamaño y su población, que España. Cabe preguntarse cómo es posible que, con este panorama, la plataforma del 8 M mantenga la convocatoria mañana para una gran manifestación por el día de la mujer que tradicionalmente satura el metro y los autobuses y obliga a los participantes a mantenerse en peligrosa proximidad, en particular cerca de las cabeceras.
Teniendo en cuenta que no se trata de una emergencia, cabe decir, aunque sea políticamente incorrecto, que se trata de una soberana irresponsabilidad.
Cisma a cuenta del feminismo en el Gobierno
Y se explica, simplemente, por razones políticas. Porque los dos partidos en el Gobierno tenían planificado hacerse con el rédito de la concentración al grito de “somos más feministas que nadie”. Tan evidente era su afán, que las ministras Carmen Calvo, socialista, e Irene Montero, podemita, han chocado como dos trenes de alta velocidad al calor de la bandera femenina. Irene ha montado, justo en estas fechas, una Ley de Libertad Sexual que ha resultado un fiasco y Calvo ha salido con sus juristas a reprocharle la chapuza de un escrito que no hay por dónde coger. Las mujeres hemos tenido que escuchar estos días desafueros tan absurdos como la poco edificante reclamación ministerial de que las mujeres puedan regresar borrachas y solas a sus casas, una forma torpe de interferir con malos ejemplos en la batalla contra el alcoholismo de los jóvenes que hace tiempo es una prioridad nacional.
Tan gordo ha sido el asunto que Pedro Sánchez ha tenido que mediar y ayer se desarrolló la mesa entre PSOE y Podemos para intentar poner paz entre ambos partidos. Y es que lógicamente, las discrepancias ideológicas se están percibiendo con fuerza, no sólo en este asunto, sino en otros como el coronavirus, con la ministra de Trabajo emitiendo normas al margen del ministro de Sanidad Salvador Illa o la reclamación de podemos para perseguir a Don Juan Carlos, a estas alturas de la película. Los episodios amenazan con parecerse a las películas de Almodóvar, con Pablo Iglesias llamando al ministro de Justicia “machista”, Echenique calificándolo de “machote” o el Delcygate de Ábalos revelando que el Gobierno está nervioso por las relaciones del régimen de Maduro con el partido financiado desde Caracas.
Un panorama muy desalentador
No es un panorama alentador en medio del desplome de las bolsas. El coronavirus le ha costado ya 96.000 millones al IBEX, que se ha hundido un 15 por 100 en dos semanas y que ha llegado a los niveles de la crisis, en 2008. Las empresas de logística prevén problemas de desabastecimiento en España a partir de la primera semana de abril, sobre todos en textiles y alta tecnología. Nada hace presagiar que la sangría vaya a detenerse y se calcula que Wall Street está apenas a la mitad de su caída. Ya mucho miedo en los parqués a los efectos internacionales del coronavirus.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
