España
De Faisán a Rianxo
Gabriel Albiac.- Es algo que un ciudadano debe recordar siempre: en ausencia de Estado, sólo hay mafias. El poder aborrece el vacío, y allá donde un Estado se gangrena, florecen los poderes sin código socialmente pactado y regulado: son poderes sin ley, brutalidades primarias que disponen de la ley a su servicio, gansterismos.
Dos ministros dimitidos (por fraude a Hacienda y por falsificación de título académico). Un presidente cuestionado (por plagio de tesis doctoral). La ministra de Justicia ahora… Y, sobrevolando todo, el poder ejecutivo en manos de un partido que cuenta con poco más del 24% de los escaños en Congreso y Senado: un castillo de arena, en suma, que se desmorona. Y, en el vacío que la gangrena abre, proliferan las mafias. Es inexorable.
En las cintas de Delgado se cruzan dos líneas de podredumbre. Vieja y nueva: Villarejo y Garzón; la herencia de las zahúrdas de la dictadura y la prevaricación judicial que es siempre un riesgo en las democracias. Oír el compadreo festivo de esa gente, tiene la acidez del vómito. No por la zafiedad de una fiscal y de un entonces aún juez que denigran la sexualidad de otro magistrado. Sí por algo más peligroso. Para todos. En 2009 y en el restaurante Rianxo, se cruzan los nombres clave de una operación opaca que dejó estupefacto a este país y que no será nunca puesta en claro: la del restaurante Faisán en 2006.
Aún hoy, al recordarlo, parece una mala versión de las novelas de espías de Le Carré. Los recaudadores de ETA están reunidos en ese bar de Irún. La Policía, que los viene rastreando desde hace meses, va a detenerlos en unos minutos. Entonces, un agente se cuela en el local con un teléfono, a través del cual un alto mando policial avisa del peligro.
«No me lo puedo creer», exclama Elosua, «me acaba de dar el cante la txakurra». El caso cae en las manos del entonces juez Garzón, quien lo entierra en un cajón de su escritorio. Luego, se va de sabático. Durante todo un año, habrá de ser un joven juez, Grande-Marlaska, quien deba partirse el pecho para desenterrar el caso. En 2009, y ya con Garzón de nuevo al mando, cuando el festín de juez, Policía y fiscala se produce, su estrategia parece encarrilada al éxito: la Fiscalía pide a Garzón que archive el caso por ausencia de pruebas. A punto está de conseguirlo. Ha logrado, el juez luego expulsado por prevaricación, empantanar la instrucción hasta reducir al mínimo los costes de los delincuentes.
Los odiosos enjuagues entre policías corruptos y jueces prevaricadores no son precisamente nuevos en la historia de España. Basta leer al Valle-Inclán del Ruedo Ibérico para hacerse una idea de esas bellas tradiciones nuestras. Hoy, sólo diferenciadas por la sencillez técnica que permite a un guripa despabilado grabar a jueces pardillos que se juzgan demasiado listos. Pero es lo mismo de siempre: allí donde no hay un Estado que esgrima fuertes garantías, hay imperio despiadado de los gánsteres.
Nadie sabe ahora cuáles nuevas grabaciones aguardan a la incauta parlanchina: sí sabemos que nadie que precie en algo su reputación puede compadrear con gente así; y que, si lo hace, es un cadáver político.
Gentes como Garzón y Villarejo son riesgos convencionales en las sociedades modernas: parásitos que habitan en las sórdidas cloacas del Estado. El verdadero problema sólo surge cuando un Estado se gangrena hasta perder sus controles y eficacias. Entonces sí, en ausencia de Estado, el poder se transfiere a las cloacas. En ausencia de Estado. Esto es: ahora.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
