Arropado, al parecer, por un par de fiscales anticorrupción, tan preocupados como Jorge Javier Vázquez por plancharle las sábanas a Pablo Iglesias, financiado por los gobiernos narcoterroristas hisopanoamericanos y por los ayatolás de la musulmanada yihadista, blindado en La Moncloa y con la patente de corso que el abyecto gremio periodístico español le ha regalado, Pablo Iglesias se puede permitir seguir haciendo de su bragueta un harén, de su Vicepresidencia una satrapía y de su gestión  política una necrópolis de ancianos mientras construye estúpidos sofismas que expone con engolada solemnidad y fingida inocencia en esas entrevistas con final feliz que le hacen sus pajilleros de los Medios de Comunicación, en las que se muestra tan firme y lenguaraz en la mentira que es capaz  de echarle la culpa  de su pasión marroquí a los Reyes Godos, tal y como ha sido capaz de echársela al gaitero de Pontevedra, Mariano Rajoy, que entre sus muchos pecados no cuenta con el de haber hecho de alcahueta berebere para Pablo Iglesias.

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Y todo sin que se les caiga la cara de vergüenza, ni a él ni a los profesionales que le hacen gayolas periodísticas para ocultar la verdad: que la muerte de miles de ancianos y el jolgorio vaginal bailan juntos en la bragueta de Pablo Iglesias.