Sucesos
Decretado el ingreso en prisión de un hombre que apedreó a un perro hasta la muerte delante de su hijo menor
El Juzgado de lo Penal número 2 de Mérida ha decretado el ingreso en prisión de un hombre, vecino de la capital extremeña y de 54 años, condenado a 27 meses de cárcel como autor de dos delitos de maltrato animal por apedrear, delante de su hijo menor de edad, a dos perros en una nave abandonada, de los que uno de ellos murió y el otro quedó gravemente herido.
Este hombre ya fue condenado, por una sentencia de fecha 15 de enero de 2018, declarada firme el 21 de enero de 2019, a un total de 27 meses de prisión, 16 de ellos por el delito de maltrato animal con resultado de muerte, y 11 meses por el perro que resultó malherido.
Tras la primera sentencia, el condenado recurrió ante la Audiencia Provincial, que en una sentencia del 13 de junio de 2018 desestimó la apelación y confirmó la condena. Además, este hombre ya había sido condenado previamente por delitos contra la flora y la fauna por sendas sentencias dictadas por el Juzgado de lo Penal nº 2 de Mérida, con fechas 13 de febrero y 16 de octubre de 2013.
Ahora, en un fallo dictado el 27 de mayo, el Juzgado de lo Penal número 2 de Mérida ha confirmado la ejecución de la pena de prisión para el condenado, del que destaca que en su «hoja histórico penal» le constan «otros muchos antecedentes en relación a delitos de distinta naturaleza».
Según recoge la sentencia del Juzgado de lo Penal número 2 de Mérida, los hechos ocurrieron sobre las 17,00 horas del 27 de diciembre de 2016, cuando el ahora condenado, José María C.R., vecino de Mérida, acudió a una nave abandonada situada en la avenida del Lago de la capital extremeña «con el propósito de acabar con la vida de dos perros de raza cruzada labrador retriever», y «estando acompañado en todo momento por un menor de edad».
Esta sentencia considera además hechos probados que el hombre «introdujo por la fuerza y a rastras» a los perros al interior de la nave, donde siempre en presencia del menor, «arrojó a los dos animales a un foso de unos dos metros de profundidad, y una vez dentro les apedreó, causando la muerte de uno de ellos e hiriendo al otro de gravedad».
El segundo animal pudo salvar la vida ya que los agentes de policía que acudieron al lugar trasladaron al perro malherido a una clínica veterinaria, en la que pudieron curarle de sus heridas.
Delito de maltrato a animal doméstico
Por todo ello, el juez establece que estos hechos son «legalmente constitutivos de un delito de maltrato a animal doméstico, en presencia de menores y con el resultado de muerte» en lo que se refiere al perro fallecido, y de un delito de maltrato a animal doméstico en presencia de menores tipificado sobre el perro que resultó lesionado, hechos en ambos casos recogidos por el Código Penal.
En su sentencia el juez resalta la «crueldad del medio empleado» por el acusado para acabar con la vida del animal que fue «arrojado a un foso de dos metros de profundidad y apedreado desde las alturas sin posibilidad de refugio o defensa», y añade además que en este hombre concurre el agravante de reincidencia.
Por todo ello, el juez condena a este hombre a 16 meses de prisión por el primer delito con resultado de muerte, así como a otros 11 meses de prisión por el segundo delito en el que el perro resultó malherido.
También ha sido condenado a inhabilitación especial para el derecho de sufragio pasivo durante el tiempo de la condena y accesoria de inhabilitación especial para el ejercicio de profesión, oficio o comercio que tenga relación con los animales y para la tenencia de animales por tiempo de tres años y nueve meses en el primer delito y de dos años y nueve meses por el segundo.
La sentencia también condena a pagar 583,10 euros a la clínica veterinaria por el tratamiento del perro que pudo salvar la vida, así como al pago de las costas.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
