Opinión
Democracia de partido único
Las versiones franquistas han sido cualquier cosa menos “finas”. La república fue un caos, pero el FP fue algo ya muy distinto: de hecho fue régimen criminal, de terror, desde las mismas elecciones fraudulentas del 36, que por sí mismas constituían un golpe de estado. En la república no había mucha democracia, pero sí la suficiente para que en 1933 el movimiento original izquierdista del régimen diera paso a una evolución derechista al ganar ampliamente las elecciones la CEDA y Lerroux. Lo demás ya lo sabemos, sin olvidar la conducta enloquecida de Alcalá-Zamora.
Algo muy semejante ha ocurrido desde la transición: la derecha buscó a propósito olvidar la historia, dejando ese terreno a izquierda y separatistas. Al estilo, un poco, de don Niceto, Aznar, por hacerse el «demócrata», se atrevió a insultar y tratar de criminales a sus propios padres y abuelos. ¿Qué entendería por democracia? Y sin embargo el cambio real del régimen se produjo poco después, con Zapatero, que introdujo leyes totalitarias. Ha sido un cambio sin violencia aparente porque el PP optó por colaborar en él. Por lo visto aquí todo el mundo cree que un régimen no cambia porque se destroce su legalidad, y que una democracia puede seguir funcionando como tal con leyes como las impuestas por ZP y continuadas por el PP.
La farsa generalizada se ve ahora mismo en relación con la histérica demagogia feminista: todos los partidos se vuelven locos con “la igualdad y la libertad”, también “la dignidad”. ETA, PP, Podemos, C´s, los separatistas, PSOE todos son un solo partido, el partido de la igualdad y la libertad. ¡Si es que tenemos una democracia de partido único!
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
