Sucesos
Demostramos que el Gobierno Español es una piara de malnacidos: Algeciras despide al sacristán asesinado sin ninguna representación del Gobierno
Al funeral de Diego Valencia sí han asistido el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, o el alcalde de la ciudad, José Ignacio Landaluce
Día de luto en Algeciras. El funeral de Diego Valencia, fallecido el pasado miércoles tras ser apuñalado por un hombre de 25 años y origen marroquí que perpetró un ataque en dos iglesias de esta ciudad gaditana, se ha celebrado este viernes en la Iglesia de Nuestra Señora de La Palma, de la que era sacristán y que también ha acogido su capilla ardiente desde la noche del jueves. Eso sí, el evento ha transcurrido sin representación gubernamental, ya que ni el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, ni ningún ministro se ha dejado ver por la iglesia. Tampoco ha acudido el representante del Gobierno en la comunidad andaluza, Pedro Fernández.
De esta manera, el obispo de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Rafael Zornoza, ha sido el encargado de oficial la misa, junto a Juan José Marina, el párroco de la Iglesia a la que han acudido a dar el último adiós a Diego familiares, amigos y autoridades andaluzas, como el presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, o el alcalde de la ciudad, José Ignacio Landaluce.
La ausencia de figuras gubernamentales del máximo nivel es especialmente extraña si tenemos en cuenta que el propio Marlaska se desplazó a Algeciras este jueves para hablar de la operación, asegurando que la misma está centrada en analizar la «naturaleza terrorista» de lo sucedido, aunque también se están indagando «otras posibilidades» como el hecho sus antecedentes psiquiátricos en su país de origen. En cuanto al Delegado de Gobierno, Pedro Fernández, justifica su ausencia porque también este jueves ya se personó en la localidad para dar el pésame a los familiares
«Dolidos y consternados», ha afirmado el obispo que quedan sus familiares y amigos, a los que ha vuelto a manifestar sus condolencias y «cercanía paternal a todas las comunidades de Algeciras que han vivido este horror de cerca». «Ha muerto por su fe y recordando su fe», ha añadido. Asimismo, el obispo ha señalado que «es la Iglesia entera la que sufre junto a la sociedad» y ha recordado que «a los cristianos nos han enseñado a perdonar, orar por nuestros perseguidores«. «De no perdonar nos habría ya ganado el mal y hechos como esto nos obligan a fomentar y construir una cultura de la convivencia, del respeto y paz».
«No basta solo con condenar la violencia, que no tiene justificación, como tampoco el terrorismo o la falta de respeto a la persona y sus libertades«, ha añadido Zornoza, que ha afirmado que «debemos construir sujetos capaces de participar en la construcción de la civilización del amor y del respeto a la vida».
Diego Valencia, de 65 años, casado y con dos hijas, era sacristán de la parroquia desde hacía 16 años, que había regentado una floristería y muy querido en el mundo cofrade algecireño y en la ciudad, como ha quedado patente con las multitudinarias muestras de dolor expresada por los ciudadanos en general con una concentración en la Plaza Alta y depositando velas y flores en el mismo lugar donde fue asesinado y a la salida del féretro de la Iglesia, entre aplausos de los asistentes en la plaza.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
