Sucesos
Detenida una madre por regalar a su bebé a una pareja tras dar a luz
La Policía Nacional ha detenido a una pareja que intentó cambiar la paternidad de una recién nacida en un hospital de Fuenlabrada, y a la madre biológica de la bebé, al querer desentenderse de ella «desde el primer momento».
Los hechos ocurrieron el pasado día 24 de febrero cuando una mujer tras dar a luz se desentendió totalmente de los cuidados de la niña, hecho que alertó al personal del hospital. Los sanitarios, además, habían detectado la presencia de una pareja «sospechosa» dentro de la habitación. Estos se encargaron del cuidado de la recién nacida, llegando incluso a tener conversaciones con las enfermeras sobre «qué nombre elegir para la niña».
Ante estos hechos, el hospital contactó con la Policía Nacional que se hizo cargo de la investigación. Los agentes determinaron que el hombre, a la hora de rellenar la ficha para una prueba médica, había puesto su propio nombre como padre de la niña para alterar la paternidad de la menor.
Intentaron engañar a los agentes en varias ocasiones, ya que en las primeras declaraciones ante los investigadores, la madre biológica y la pareja mantenían el engaño y trataban de convencer a los policías de que el hombre era el padre biológico de la recién nacida.
Los agentes constataron finalmente que la madre no quería hacerse cargo del bebé, lo que aprovechó el detenido para tratar de apoderarse de la misma. Para ello acordó con la madre, que tras el nacimiento, él se haría pasar por su legítimo padre, registrando todo a su nombre. La pareja del detenido, colaboró en el engaño, haciéndose cargo de los cuidados iniciales de la niña, por lo que también fue arrestada.
Los tres fueron detenidos y puestos a disposición judicial, mientras que la menor ha quedado ingresada en el hospital de Fuenlabrada, a la espera de la decisión judicial.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
