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«Dime a quién no puedes criticar y te diré de quién eres esclavo»

Redacción

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Alberto Buela/AN.- En la pseudo cultura mass mediática, supuestamente, se puede hablar de todo y criticar a todos. Sin embargo, a poco que uno se detenga en leer los miles y miles de comentarios y juicios diarios que aparecen publicados, las críticas giran siempre sobre los mismos personajes y los mismos asuntos.

El lugar común de la crítica es amplio pero no pasa de los mismos temas: Trump, los terroristas islamistas, los curas pedófilos, los gobiernos que están en contra de los gay y el aborto…

Pero, ¿qué es lo que no critican? A personajes como Barack Obama, que fue premio Nobel de la Paz apenas asumió el cargo y que puso fin a sus ocho años de gobierno con el récord de ser el presidente de EEUU que más bombas lanzó y que dejó como regalo al mundo la creación del Estado Islámico, Isis, o mejor, Daesh.

La pseudo cultura mass mediática rechaza el argumento de que no se es ciudadano de un país por el documento sino por participar del ethos nacional del mismo. No existió ni puede existir inmigración sin integración.

Tampoco critican a los cientos de rabinos pedófilos que andan sueltos por las grandes ciudades de Occidente. En Nueva York fueron condenados a cadena perpetua cuarenta y cinco de ellos hace poco tiempo.

Otro tema tabú es la desaparición progresiva de la población autóctona en muchos países europeos, fruto entre otras cosas de las prácticas abortistas y de la ruptura del núcleo de la unidad familiar. Francia, España y Alemania son los ejemplos más graves.

Se critica a los narcotraficantes pero no el consumo de drogas. Se critica el imperialismo de las transnacionales, pero no el imperialismo internacional del dinero. Nadie es encarcelado por criticar a Coca Cola o a Ford, pero sí puede serlo si critica a los banqueros sionistas que manejan gran parte del mundo a su antojo.

La pseudo cultura mediática ha consolidado en estos últimos treinta años un pensamiento único que se impuso monolíticamente, donde cualquier tema tiene una receta o un relato que lo explique y sea adoptado por todos. El ejemplo clásico es hoy la defensa de la democracia y los derechos humanos, sobre el cual nadie puede estar en contra porque se expone a ser considerado un nazi en potencia. Sin embargo, la mayoría de las democracias occidentales son solo democracias formales o procedimentales. A Maduro no se leo critica por los 150 jóvenes que mató en dos meses de manifestaciones, sino porque clausuró el Congreso.

En cuanto a los derechos humanos, a esta pseudo cultura mediática no le interesa tanto resaltar la falta de derechos sociales a que están sometidos muchos pueblos, como el derecho al trabajo, a la educación, a la justicia, a las vacaciones, a la salud, sino los derechos subjetivos de las minorías: el matrimonio gay, los hijos por encargo, la comunión de los divorciados y las mil demandas del mundo burgués.

Cuando los yihadistas cometieron la masacre en Barcelona en el verano de 2017, el ex presidente Rajoy habló de defender la democracia y los derechos humanos. ¿Y qué importancia tenía, en medio de la tragedia, la democracia y los derechos humanos? Lo que quieren las víctimas que quedaron con vida y millones de europeos es la expulsión del territorio nacional de todos aquellos yihadistas que viven en  nuestro país, incluidas sus familias. Claro está, esto es políticamente incorrecto y ningún gobierno lo va hacer. Y si lo intentaran, la prensa y los partidos progresistas se opondrían con uñas y dientes.  Si hasta el mismísimo Papa Francisco compró el mensaje de la prensa progresista cuando afirmó que la seguridad personal de los inmigrantes que están llegando ilegalmente a Europa estaba por delante de la seguridad nacional de los Estados que los reciben. Solo falta que termine echando la culpa a los cristianos por los atentados de que son objetos casi a diario. Todo se andará.

Se cumple el adagio: «Dime a quién no puedes criticar y te diré de quién eres esclavo».

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Pánico total en los sindicatos. Por Jesús Salamanca Alonso

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«Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, …»

Dos insignes sindicalistas vallisoletanos me confiesan que los sindicatos mal llamados «obreros» han entrado en pánico ante futuros gobiernos de VOX y de la «derechita cobarde», que se ha tenido que amoldar al acuerdo para formar gobierno regional. Ya sucedió en Castilla y León la legislatura pasada hasta que la insigne derecha de VOX se rasgó las vestiduras, pero se dio un paso importante de legislatura como fue eliminar las subvenciones multimillonarias que recibían los sindicatos «comegambas» o «rebaña-ostras».

Aquel paso, que llevaba tiempo reclamando la ciudadanía, tuvo una vergonzosa retrocesión por parte del PP al verse desamparado, acobardado y sin apoyos, pero quedó patente que los ciudadanos exigen que ese paso se dé de forma permanente. Y ahora se debe hacer; los sindicatos clasistas de la izquierda ventajosa y fomentadora de odio y desigualdad no han hecho nada importante para ser mantenidos por papá Estado a toda costa y a lo grande. Hasta la ministra, Yolanda “Varufakis” Díaz o Yoli «cohete», alias «Tucán», ha hecho el más burdo ridículo con las subvenciones sindicales. Lo raro es que no los haya traicionado, que es su especialidad, aunque nunca es tarde. Está apartada del Consejo de ministros desde que se marchó a la entrega de los Óscar. Cada día despierta más desprecio y menos simpatías. Doy fe.

En los últimos siete años de izquierda presuntamente (y sin presunta) corrompida con apoyos golpistas, comunistas, independentistas y terroristas ha habido infinidad de motivos para convocar huelgas sectoriales y hasta generales, pero el dúo «comegambas» practica el famoso «do ut des». En pocas palabras: dame pan, llámame perro y lléname la faltriquera. ¡Manda huevos! Bien es verdad que han perdido la calle, se han hecho casta, incluso se creen con derecho de pernada con los trabajadores y hoy corren el riesgo de que se les echen encima esos trabajadores responsables, honrados y que no viven de un mundo subvencionado ni duermen hasta las doce de la mañana por estar liberados. Las movilizaciones contra esos sindicatos no se harán esperar y conocerán la horma de su zapato. Al tiempo.

Hay sindicatos sectoriales que no reciben ni un euro, ¿por qué estos vividores sí las reciben? Nunca serán respetados mientras no se hagan cargo de las nóminas de sus propios liberados, ¿qué es eso de que sean las empresas quienes sigan pagándolos si no producen? ¿Qué es eso de que Yolanda y los dos sindicatos más denostados socialmente decidan las subidas salariales sin contar con la patronal? No estaría de más que alguna vez pagaran ellos con el dinero público que reciben. Ellos invitan y el Estado paga con dinero público. ¡Cuánta indignidad y descontrol tienen y cuánta acumulan cada día! ¡Joder, qué tropa!, repetiría incesante don Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones.

Este modelo sindical ya no sirve, nadie cree en ellos, son la mofa y el hazmerreír permanente y, cuando salen en TV los líderes de esas formaciones izquierdosas y ultra-izquierdosas, lo primero que se escucha en los bares, restaurantes y mesones es «¡ladrones!» y, además, se enfatiza, repite y contagia a los asistentes. Incluso calificativos, o descalificativos, muchos más gruesos. Y es que han hecho méritos para ello, llevan siete años holgando y presenciando la corrupción de varios miembros del Gobierno y aledaños, incluso viendo y comprobando como huye el galgo de Paiporta o se esconde, a la vez que miente o entorpece la acción judicial, el avestruz de Adamuz o cómo la UCO saca los colores a la «fontanera», «la Paqui», Ábalos, Koldo, Cerdán y demás parroquia, a veces amparados por las hojas parroquiales de izquierdas: las misma que acusan al juez Peinado de tener dos DNI o a Julio Iglesias en falso.

Hoy, los trabajadores ven unos sindicatos fundidos, acomplejados, vendidos al poder, lamerones de lo ajeno, aprovechados y con menos credibilidad que la Fiscalía general del Estado, el Tribunal Constitucional, el Ministerio de Transportes o la presidencia de las Cortes, por no añadir a Felisín Bolaños, Yolanda «Tucán» o Isabelita Rodríguez, más parada que un baile agarrado de los años setenta.

El gran logro sindical español se alcanzará cuando los sindicatos paguen la nómica de sus propios liberados y los gastos de mantenimiento del propio sindicato. Ese día llegará, doy fe de que llegará y tendrá el apoyo de los organismos europeos y de los propios trabajadores. Precisamente será el momento del nacimiento de la modernidad sindical en España y sospecho que Juanma Moreno será quien dé el primer paso junto con Castilla y León, que ya tiene práctica de ello.

Tras las elecciones andaluzas, y el futuro nuevo gobierno de Moreno, ha anunciado que revisará y recortará drásticamente las subvenciones públicas que reciben CC.OO. u UGT cada año. Hablamos de decenas de millones de euros que reciben esas formaciones y cuyo control deja mucho que desear. Ni siquiera sabemos si actúa el Tribunal de Cuentas al respecto ni cómo actúa. Lo del patrimonio sindical lo dedicaremos artículo aparte y en exclusiva.

Los líderes sindicales ya han salido en tromba y planean movilizaciones para seguir mangoneando y chupando del bote, aunque saben que no tienen apoyo de los trabajadores y menos de la ciudadanía en general, pero tranquilos, que llega el día grande de las gambas, el 1º de mayo.

Está claro que lo que proyectan esos sindicatos es «¡un ataque a los trabajadores!» y una amenaza a la Administración para seguir mangoneando y desprestigiándose, aunque ya no pueden desprestigiarse más.

Yo, como trabajador, sigo luchando para acabar con esos privilegios de señoritos y abusadores. Ni creo en ellos ni he creído nunca y jamás me han reportado nada. De ello, doy fe.

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