Opinión
¡EH OIGA! «LO PP», ¿Pero no era ‘comunismo o libertad’?
(LGI)
Cuando alguien en el Partido Popular parió sin dolor el eslogan electoral de «comunismo o libertad» de las pasadas elecciones madrileñas del 4 de mayo, lo aplaudimos; como luego lo aplaudió una notabilísima cantidad de votantes, no la suficiente como para ganar el Gobierno por sí solos, pero bastante como para que VOX consintiera con generosidad un Ejecutivo monocolor. Entendió VOX, como entendieron los votantes, que Isabel Díaz Ayuso había prometido libertad frente al comunismo; un grito al que, por cierto, se le unieron otros barones populares autonómicos como el presidente andaluz, Juanma Moreno Bonilla, el que —recordemos— obtuvo los peores resultados del PP andaluz en toda su historia y que gobierna con lo que hoy queda de Ciudadanos gracias, de nuevo, a la generosidad, jamás agradecida, de VOX.
Ahora bien, la pregunta que nos debemos hacer casi 90 días después es qué entiende el Partido Popular por comunismo y qué entiende por libertad.
Empecemos por lo primero. El comunismo ya no asalta el Palacio de Invierno, ni liquida a la Familia Imperial en la Casa Ipátiev. Ya no crea gulags físicos (otra cosa son los culturales), ni organiza la lucha de clases desde una dacha (que por mucho que se le parezca moralmente, un casoplón en Galapagar no aguanta la comparación física). Tampoco dispone planes quinquenales, levanta koljoses ni aplasta con tanques las ansias de libertad de Hungría, que para eso bastan burócratas europeos… Podríamos seguir, pero seguro que hasta el más obtuso lanzador de huesos de aceitunas entiende por dónde vamos.
No es contra ese comunismo contra el que el Partido Popular de Ayuso, de Moreno Bonilla, de Feijóo y, por ahora, de Casado, nos prometió libertad. Aquel comunismo fue demolido por la razón, el tiempo, algún Papa santo y un par de presidentes desacomplejados.
El comunismo de hoy, modelado con ingeniería social a partir de las cenizas del antiguo, es otra historia. Ha abandonado la lucha de clases porque ha comprendido que la negación de la identidad de de las naciones es un camino mil veces más fácil para conseguir sus objetivos, sobre todo cuando le sigue el mismo ejército de idiotas de buena voluntad, en feliz expresión de Muñoz Molina. Es cierto que sigue camuflándose tras la democracia, de la que abusa sin miramientos, pero se le reconoce bien cuando usa políticas identitarias, provoca guerras de sexos, niega las tradiciones que son el alma de los pueblos, se abraza al globalismo, invoca el borrado de las fronteras, reescribe la Historia y, a la menor oportunidad, las Constituciones; derrocha nuestros impuestos en políticas energéticas caras e insostenibles para camuflar sus ideas totalitarias detrás de causas humanitarias y ecologistas…
Más sencillo, para que lo entiendan en la Real Casa de Correos, en el Palacio de San Telmo y hasta en Génova: el nuevo comunismo, ese socialismo del siglo XXI que permea tantas ideologías y partidos, es el que te da libertad para decidir y luego te la quita para actuar. Y te la quita con desprecio positivista por el imperio de la ley justa; legislando a conveniencia por su mera voluntad y sancionando con multas, cancelaciones culturales e ilegalizaciones todo lo que no sabe defender desde la razón.
Y contra eso, precisamente contra eso, y no para defendernos de los motines de marineros del Acorazado Potemkin, es contra lo que el Partido Popular nos prometió luchar al grito de «comunismo o libertad».
Hoy, 90 días después, el eslogan electoral de «comunismo o libertad» que resonó desde Madrid y en toda España yace arrumbado mientras Moreno Bonilla imita a Feijóo y a lo peor del macronismo y el sanchismo y anuncia que el pasaporte covid, es decir, el certificado de haber sido inoculado con una medicina en fase experimental (hasta 2023 en el caso de la vacuna de Pfizer), que no evita contagiarse y contagiar el virus, será obligatorio para ciertas actividades. Ayuso, al tiempo, confirma que está a favor de estudiar una medida tan discriminatoria, represiva, inconstitucional, dictatorial y acientífica.
Noventa días desde el triunfo relativo de Ayuso, casi 900 en el caso de la derrota exitosa de Moreno Bonilla, y las leyes ideológicas siguen ahí, el derroche del dinero de nuestros impuestos sigue ahí y la libertad real va desapareciendo. Y si la libertad va desapareciendo, es que el comunismo, con el inapreciable apoyo de la dictadura de los moderados, va ganando.
Santiago Abascal ya ha advertido al PP de que tendrá en frente a VOX, y es un notable consuelo que haya un partido, como bien saben en el Tribunal Constitucional, que no se tome la libertad como un eslogan.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
