Opinión
«El calvario de ir al banco» por José Luis Rodríguez
Tras un sufrido mes de trabajo, la empresa ingresa lo que queda de tu nómina tras descontar impuestos, en el banco, donde juegan con él varios días sin pagarte ningún interés por ello, antes de reflejarlo en tu cuenta y comenzar la procesión de recibos y tributos.
Será mejor que reces para que el saldo satisfaga todos y cada uno de los pagos, porque si no es así, el banco, en consideración a ti como cliente, y entendiendo que ese mes tienes dificultades, te cobrará por devolver un recibo un importe en muchos casos superior al propio recibo, cantidad que tendrán la gentileza de aumentar cada día que pases en números rojos.
Lo de pedir cita previa, le da un valor añadido a la aventura de ir a solicitar una tarjeta nueva y salir de allí sin un juego de sartenes, un seguro para una moto con un casco de regalo, o un teléfono que no necesitas.
La chica que me atendió en la tienda de telefonía, que por cierto me atendió sin cita previa se negó en redondo a darme un crédito, a pesar de que le expliqué que en el banco me vendieron un terminal, y que lo justo para que su negocio no se viese perjudicado, era que me dieran ellos un préstamo personal. No hubo manera.
Como aquella chica no me conocía, pensé que sería por eso, y me fui a hablar con Javi, que tiene un bazar de menaje y es conocido del barrio de hace muchos años.
Traté de explicarle que las sartenes me las dio el banco, pero que necesitaba una Visa para las compras por internet y tal, pero acabamos discutiendo. Siempre ha tenido mucho carácter.
Soy una persona ágil en esto de las tecnologías, y me desenvuelvo medianamente bien con sus truños de aplicaciones, claves y confirmaciones para hacer una simple transferencia, tanto que solo acabo medio mareado.
Me imagino a mi pobre abuelo, intentando hacerlo, pagar su recibo del agua con su dinero a través del cajero, o del móvil, ante la mirada de desesperación de quienes aguardan detrás, y la pasividad de esos empleados, que cobran del dinero de la cartilla del abuelo.
El primer Domingo de Mayo, espero que todas sus mamás reciban mis saludos, sin aplicaciones ni claves ni recauchutados, así, al natural, completamente orgánicos.
Como respuesta, estaría muy bien sacar el saldo disponible el día 6, tras haber atendido los pagos, y funcionar con efectivo en los comercios locales el resto del mes, a ver si teniendo a los bancos en dique seco 25 días al mes, cambian esa actitud soberbia e irrespetuosa hacia quienes depositamos nuestra confianza y nuestro dinero en ellos, al tiempo que mejoramos la economía local.
A lo mejor, nos evitamos las colas y las citas previas, por lo menos, y con un poco de suerte, ofrecen unas condiciones menos abusivas, pero claro, para eso tenemos que ponernos de acuerdo, así que no cuento con ello.
Somos incapaces de bajar el automático de la electricidad durante una hora para dar un toque de atención a las compañías eléctricas, ¿Cómo vamos a ser capaces de dar una lección a quienes administran nuestro dinero?
Voy a ver si hago las paces con Javi, el del bazar, que pronto me vence el seguro del coche….a ver si lo pillo de buenas y me hace un descuento.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
