España
El comunismo chino tiene miedo
Ramón Pérez-Maura.- En medio de la pandemia del coronavirus, la República Popular China ha dado una nueva muestra de la singularidad de ese régimen político. Una singularidad que demuestra la debilidad del gigante.
Esta semana hemos visto cómo el Gobierno del Partido Comunista de China ha ordenado la expulsión de aquel país de los periodistas que tenían destacados allí tres grandes diarios norteamericanos: «The New York Times», «The Wall Street Journal» y «The Washington Post». En total aproximadamente una docena de informadores. La razón sería que el régimen de Pekín acusa a los tres medios de ser agentes del Gobierno americano y esbirros del presidente Trump. Creo que lo de que el Times y el Post son esbirros de Trump es algo que la inteligencia china tiene que analizar con mucho cuidado. Eso sí que es novedad. Ése es el nivel de la verdad que difunde el régimen de Pekín. Y al tiempo que China expulsa a esos periodistas, exige un trato respetuoso y profesional para los corresponsales en Estados Unidos de los medios estatales chinos. Porque en la mejor tradición comunista, hay que respetar a quienes son los portavoces de la verdad del Estado. Y los que cuentan «la verdad» de acuerdo con los intereses de ese Estado.
Es evidente que los corresponsales de esos tres medios norteamericanos estaban contando lo que veían en China al margen de los intereses de la Administración norteamericana. Y eso le puede parecer muy bien al Gobierno chino. Lo que no pueden soportar es que cuenten la verdad de lo que ocurre dentro de su país. El capitalismo salvaje que aplica el régimen comunista chino no alcanza a la libertad de expresión. Eso es simplemente inimaginable porque si un solo periodista chino intentase hacer al presidente Xi cualquiera de las preguntas que se hace cada día al presidente Trump, ese periodista dejaría de serlo. Puede que incluso dejase de consumir oxígeno.
Como muy bien ha dicho el columnista Walter Russell Mead («Beijing Escalates the New Cold War» WSJ. 19-03-2020) «en el pasado los comunistas se conformaban con impedir que la población china leyese lo que tiene que decir la prensa libre. Eso hoy no basta. Hoy están trabajando en construir un nuevo Telón de Acero que impida conocer lo que está ocurriendo dentro de las fronteras de China.» Porque cada vez es más difícil de mantener el equilibrio entre una pujanza económica, que permite a la población reclamar algún derecho, y la falta total de libertades que sigue poniendo el régimen chino. Es cierto que el chino es un pueblo extremadamente sumiso, que rara vez habla de sus libertades. Pero lo está haciendo de forma incansable en Hong Kong y saben que no va a renunciar a ellas en Taiwan. El afán de la China unida de reprender crea incertidumbres. Y la única forma de contestar a ellas no es con mayor libertad o escuchando a la población.
La respuesta siempre es la de la fuerza y la opresión del Estado. Y con ella se intenta imponer que la mayor sabiduría del partido debe ser reconocida siempre. Pero los medios extranjeros han estado contando e investigando errores que se han puesto de manifiesto en Wuhan, donde empezó esta pandemia todavía pendiente de una explicación. Y la solución de esta pandemia sólo se explica –hasta ahora– con la mentira. Mentira en sus orígenes y mentira en su resultado, porque por mal que lo estemos haciendo en algunos países europeos, no es creíble que ya haya más muertos en Italia que en China. Lo que hay en Italia es más medios de comunicación libres que pueden decir la verdad. Y el comunismo chino tiene mucho miedo a la verdad.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
