España
El «coraje para servir a España», Majestad, se demuestra con hechos y no con palabras
AN. La princesita estaba emocionada el viernes. Debutaba como princesa de Asturias en el imponente teatro Campoamor de Oviedo. Y lo hacía leyendo un discurso repleto de elevados conceptos que nada significan provenientes de según qué ‘negros’. Atrás quedaron horas de preparación en Palacio con mamá Letizia. Y se notó. La perfecta declamación había sido sin duda el resultado de un arduo ensayo.
No nos referiremos sin embargo a lo que tuvo que leer quien no deja de ser una niña de 13 años ajena aún a los asuntos de Estado. En cambio, sí es procedente referirnos al discurso del Rey Felipe VI, cuando pidió «coraje para servir a España» a Leonor.
Lamentamos no poder compartir el ideal corajudo que tiene el Rey. Se esta viviendo la semana más trágica de Barcelona desde la del verano del 2009, con cientos de heridos y detenidos, decenas de policías heridos, amplias zonas de la ciudad condal devastadas, un presidente de la Generalitat apelando a la insurrección y la razonable sensación de abandono por parte del Estado que tienen muchos catalanes que se sienten españoles. ¿Debemos compartir el concepto del coraje para servir a España que tiene quien mantenido el silencio y la lejanía institucional que no procedía en circunstancias tan excepcionales? ¿Qué papel más acorde a su condición de jefe del Estado que haber visitado estos días Barcelona, transmitiendo un mensaje de apoyo de la Corona a los ciudadanos pacíficos y solidarizándose con nuestros compatriotas catalanes que sufren la violencia de los grupos secesionistas? ¿Qué cosa más importante había en la agenda regia que acudir a Cataluña para defender la autoridad del Estado gravemente cuarteado por su máximo representante en la región, Quim Torra? ¿Era más importante para la dignidad nacional la boda de Rafa Nadal en Mallorca que la visita a Cataluña que la gravedad del momento exigía?
A muchos les habría tranquilizado ver al Rey, con su uniforme de capitán general, dirigiéndose a los españoles, con brevedad y concisión, en las circunstancias extraordinarias que en estos momentos estamos viviendo, como hizo su padre la noche del 23-F: «La Corona, símbolo de la permanencia y unidad de la patria, no puede tolerar en forma alguna acciones o actitudes de personas que pretendan interrumpir por la fuerza el proceso democrático que la Constitución votada por el pueblo español determinó en su día a través de referéndum».
¿Qué lecciones de coraje puede dar el Rey que hace poco se refirió al franquismo como una «trágica dictadura», lo que nunca se hubiera atrevido a decir de otras que gozan de tan buena prensa? ¿Sería hoy Rey Felipe VI si la figura cenital de esa «trágica dictadura» no lo hubiese dispuesto? Más allá de lo probable diríamos que no. Lamentamos tener que remover hechos que la amnesia nos aconsejó ignorar durante años, pero se diría que los Borbones no tienen memoria histórica, que representan a una institución huérfana de pasado. Debe ser la única en el mundo que no bebe ni se nutre de la tradición ni de la herencia. Al menos no para los que quieren desenterrar ahora parte del pasado para exorcizar el presente y garantizarle un futuro a la princesita.
¿Qué lección de coraje más creíble habría sido la de exigir explicaciones al CNI por no prever un escenario de tanta violencia y del que muchos venían advirtiendo? Lo que se está viendo estos días en las calles catalanas ha precisado de una gran preparación y requerido de grandes medios. Nuestros servicios de inteligencia, una vez más, han sido completamente ineficaces, como lo fueron cuando un puñado de secesionistas pudieron burlarles y mantener escondidas las urnas fabricadas en China durante semanas.
Si que ha exhibido esta semana es el coraje que la princesa heredera debe tomar como ejemplo y modelo, entonces Majestad, lo mejor es no prolongar la agonía y darle sepultura a la Corona con los honores que en cambio no tendrá la exhumación de Franco, al que su familia tanto debe.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
