España
El Ferrari de Albert Rivera
Tomás Gómez.- Pablo Iglesias se presenta a las próximas elecciones haciendo frente a su enésimo fraccionamiento, el de Íñigo Errejón que, más allá de que sus votos puedan venir del PSOE, de Podemos o de ambos, es todo un símbolo de la descomposición interna a la que han llegado los morados, recuerden, aquellos que no venían por el poder, sino por la gente.
Entre deserciones y confluencias, cada una de su palo, nunca hemos visto al líder podemista más desnutrido. Seguro que en su eterno conflicto entre inteligencia y soberbia, buscará alguna manera de intentar maquillar el sablazo electoral que le darán las urnas para, si fuese capaz de salvar los muebles, volver a la intransigencia que le caracteriza.
El otro “partido emergente”, Ciudadanos, apenas se ha mantenido en la superficie antes de volver a hundirse, nadie sabe hasta dónde ni hasta cuándo. Rivera no adolece de ataques de soberbia ni se beneficia de momentos de brillantez, su mal ha venido porque sin haber cumplido los 18, políticamente hablando, le han puesto a los mandos de un ferrari con el que ha terminado estrellándose.
Al comienzo de la campaña electoral todos daban por hecho la debacle de los naranjas. Quedarse con la mitad o menos del electorado ya es una ruina en sí misma que no soportaría ni el mismísimo Pedro Sánchez.
Pero, cuando parecía que nada podía ser peor, Rivera ha encontrado la manera de que lo sea, de pronto se ofrece al PSOE para la gobernabilidad de España y, además, desempolva del museo arqueológico a UPyD, que parece que seguía registrado como partido político.
Lo peor de todo es que ni siquiera está engañando cuando anuncia estas cosas, sencillamente está tan asustado que no solo diría, sino que haría, lo que fuese para evitar lo que le pronostican.
Albert Rivera no se merece los escaños que ha tenido y tampoco los que intenta desesperadamente tener.
Puede que a estas alturas dé igual lo que quiera hacer con los diputados que le den los españoles el 10N porque es posible que sean insuficientes incluso calculando el puñado de diputados de Errejón o, también es probable, que a partir de las elecciones, Rivera no pueda seguir dirigiendo su partido porque no se lo permitan sus compañeros.
Hace cinco años que irrumpieron en el panorama político nacional estos dos nuevos partidos que llegaban para echar a la “vieja política” y a “regenerar las instituciones”. No ha sido necesario mucho tiempo para comprobar lo que daban de sí.
En realidad, solo han servido para generar incertidumbre e ingobernabilidad, no tanto por sus posiciones políticas, en algún caso ininteligibles por los continuos bandazos, en otras cegados como adolescentes que han jugado a ser adultos.
El bipartidismo imperfecto made in Spain habrá adolecido de muchos defectos y los partidos habrán cometido numerosos errores, pero llevamos desde el 2015 sin un gobierno estable, sin presupuestos y sin paciencia. La partida a dos siempre ha sido mejor para España que la partida a cuatro.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
