España
El Gobierno de Sánchez podría permitir el casamiento de musulmanes con menores de 16 años tras la exigencia de un imán en Dinamarca
La integración de europeos con los inmigrantes musulmanes ha generado un choque cultural e ideológico que preocupa más a la sociedad que a las autoridades de cada país.
Ante esta situación se generan diferencias que, culturalmente, parecen insalvables, una de ellas es la exigencia al gobierno español para que los musulmanes puedan casarse con menores de edad, tal y como es costumbre en sus países.
Oussama El-Saadi, una reconocida autoridad religiosa del Islam que vive en Dinamarca, exigió a todos los países europeos donde haya refugiados que permitan el matrimonio con menores de edad, tal cual ocurre en sus países de origen. La polémica surgió después de que la ministra de Integración danesa, Inger Stojberg, decidiese separar a las menores de edad de sus maridos adultos al llegar a su país.
Este requerimiento del imán El-Saadi, llevará a que el gobierno español deba permitir el casamiento de hombres musulmanes con mujeres menores por contar con inmigrantes musulmanes en su territorio. La oleada inmigrante trae consigo una cambio en todo el continente incluyendo no sólo a quienes reciben a los refugiados, sino también al resto donde luego puedan instalarse.
Si el Gobierno de Pedro Sánchez cede a las exigencias de El-Saadi sería necesario modificar la Ley de Jurisdicción Voluntaria, que elevó la edad mínima legal para casarse de los 14 a los 16 años.
La Ley de Jurisdicción Voluntaria impide a los menores de 16 años contraer matrimonio en España e impide que un juez permita contraer matrimonio a personas menores de 16 pero mayores de 14. Antes se podía otorgar una dispensa de edad o considerar emancipado a un menor para que este pudiese contraer matrimonio. Se trataba de una posibilidad recogida en el Código Civil.
(La Gaceta Europea/AD)
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
