España
El golpe que no cesa
Isabel San Sebastián.- Ellos no van a parar, a menos que se les obligue, y el presidente no parece dispuesto a hacerlo. Ni este ni el anterior. Claro que si Rajoy pecó de extrema tibieza, Sánchez se acerca más a la complicidad. No en vano ocupa la poltrona merced al apoyo de esos golpistas. En política nada sale gratis y el poder cuesta muy caro; su precio es proporcional a la debilidad de quien lo persigue.
Transcurrido un año desde la consumación del mayor desafío a la democracia perpetrado desde 1981, la situación en Cataluña no ha dejado de deteriorarse. A cada nuevo gesto de apaciguamiento ofrecido por un Ejecutivo humillado sigue una bofetada sonora propinada con creciente chulería por algún caudillo independentista. Y como la paciencia tiene un límite, los catalanes oprimidos, los leales a la Constitución, hartos de sufrir abusos, han empezado a ejercer sus derechos en la calle porque se niegan, con razón, a ser expulsados del espacio público. Si nadie lo remedia pronto, las cosas pueden complicarse mucho.
El balance de estos doce meses no puede ser más desalentador. Salvo la actuación de la Justicia encarnada por Pablo Llarena, ejemplar cumplidor de su deber con el Estado de Derecho, todo ha sido cobardía y claudicación. La respuesta política al golpe consistió en una aplicación raquítica del 155, no solo insuficiente sino contraproducente.
En nombre de la mesura y la proporcionalidad mal entendida se dio rienda suelta a los complejos que han lastrado desde antiguo el modo en que el Gobierno central trata a esa región española, tan respetable e «histórica» como cualquier otra. Ni más ni menos. Ni se clausuró la costosísima televisión local que, con cargo a nuestros impuestos, difunde propaganda separatista las 24 horas del día, ni se disolvió el cuerpo de los Mozos, implicado hasta el cuello en la asonada del 1-O, tal como revelan las informaciones contenidas en el sumario que vamos conociendo con una mezcla de estupor y vergüenza, ni siquiera se les puso bajo el mando de una persona inequívocamente fiel a lo que establece el ordenamiento jurídico. La Policía autonómica sigue estando al servicio de una Generalitat abiertamente rebelde al mandato de la Carta Magna, que controla igualmente la educación, el presupuesto y los demás resortes del poder. ¿Por qué? Porque faltaron en Madrid convicción y coraje suficientes para hacer valer la Ley, aplazar tanto tiempo como fuese necesario la convocatoria de unas nuevas elecciones y castigar con todo el rigor posible ese atentado a la democracia que hoy por hoy sigue impune. ¿Qué digo impune? ¡Ha tenido premio! Dentro de la tómbola administrada por Sánchez tirando de nuestro dinero, Cataluña acaba de ser agraciada con 1.400 millones más. Otro tributo infamante e inútil que nutrirá las arcas del secesionismo gobernante. Paralelamente, se multiplican las voces partidarias de aplazar sine die el pago de la cuantiosa deuda que tiene pendiente en el FLA, donde es de lejos la más morosa, y aumentan las inversiones en infraestructuras de vanguardia, mientras ciertas capitales de provincia carecen de conexión ferroviaria digna.
Y suma y sigue. Hay ministros que abogan sin pudor por la liberación de los golpistas presos, la delegada del Gobierno va más lejos y pide indultos, las calles de Barcelona se llenan de insultantes lazos amarillos y fuera de nuestras fronteras el golpismo va sumando apoyos, mientras las distintas administraciones encargadas de impedirlo se lavan las manos o fracasan con estrépito.
Un año después, estamos peor. España se ha quedado huérfana. El golpe sigue su curso a falta de líderes que le hagan frente.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
