España
El historiador mexicano Fernando Cervantes defiende la Hispanidad y desmonta la leyenda negra
EL ESCRITOR SEÑALA LAS ARISTAS POSITIVAS DEL PROCESO DE CONQUISTA DESDE EL PUNTO DE VISTA RELIGIOSO, CULTURAL Y ECONÓMICO
Desmontar la leyenda negra contra España es un compromiso de pocos historiadores hispanoamericanos. Pero uno de ellos lo ha hecho recientemente, y nada menos que lo expuso ante la BBC, medio perteneciente a lo que alguna vez fue el eterno rival de España en la conquista de los mares: el imperio británico.
«Es absurdo hablar de genocidio en el contexto de la conquista de América», destacó el historiador mexicano Fernando Cervantes, quien relató cómo sucedió el proceso que dio lugar al mayor proceso de evangelización, de acuerdo a la evidencia disponible.
Respecto a la supuesta conversión forzosa, Cervantes cuestiona enfáticamente: «¿Cómo iban a imponer el cristianismo por la fuerza? ¿Con qué recursos si poblaciones como las de México tenían 20 millones de habitantes, y los españoles eran 1.000 escasos y 12 frailes?»
Si bien no lo destaca en su entrevista, el Cardenal Sandoval de México explica cómo el proceso de evangelización fue un reto en México, dada la sencillez de los frailes franciscanos -que hacen votos de pobreza-, versus lo ostentosos que eran los sacerdotes prehispánicos.
Para destacar su poder, nada menos que el conquistador Hernán Cortés se puso de rodillas y besó el manto de un fraile. De esa manera, él, con su armadura y poderío como guerrero quedaba subyugado al poder de los religiosos que podían consagrar.

Además, la brutalidad de las prácticas de los mexicas -mejor conocidos como aztecas- los muros de cráneos y los sacrificios humanos, sumado a los tributos exigidos y el aislamiento de rutas de comercio (sobre todo en el caso de los tlaxaltecas), lograron el rechazo de los pueblos vecinos que se convirtieron en el 99 % de los soldados que lucharon para lograr la caída de Tenochtitlán. Apenas el 1 % del aquel ejército eran españoles peninsulares. Vale destacar, además, la participación del africano Juan Garrido, sobreviviente de la noche triste.
En cuanto a la esclavitud, Cervantes detalla que era la excepción y no la norma. Precisamente porque la ley castellana prohibía la esclavitud. Por tanto esclavizar era jurídicamente un crimen. Por eso Cristobal Colón tuvo que parar en un calabozo.
Los Reyes Católicos ordenaron que los indígenas esclavizados fuesen devueltos a su lugar de origen con la estricta orden de no permitir que nadie los revendiera. Los indígenas eran por definición vasallos y no podían ser esclavizados. Mediante una cédula real, la Reina Isabel la Católica dejó expresa la orden de garantizar no solo su libertad, sino su derecho a propiedad como señores de sus tierras.
Cervantes explica que la escuela marxista de los años 60 y 70 fue la que sembró el relato que el sistema de extracción de oro era el fundamento del imperio, pero asegura que realmente nunca lo fue. De hecho, es mayor la riqueza que se quedó en América que aquella que fue extraída.
Aclara que para los indígenas de América el oro y la plata no eran moneda; no significaban un poder económico. Eran estrictamente metales decorativos que sabían trabajar. No les llamaba la atención desde el punto de vista económico. No tenían moneda sino que empleaban el trueque.
En su obra Conquistadores: una historia diferente, Cervantes destaca el testimonio de Alejandro von Humboldt, el geógrafo y explorador alemán que viajó a la Nueva España a principios del siglo XIX y que describió a la Ciudad de México como la ciudad de los palacios.
De hecho, la obra impresa por Columbia University, “La Nueva España, 1680-1809: un análisis a partir de las cajas reales”, incluye el testimonio de Humboldt, en el que destacó la extraordinaria riqueza de la Nueva España (hoy México) en el periodo español y su gran desarrollo en el siglo XVIII.
Contrario al relato de que “se llevaron todo el oro”, Humboldt estimaba el volumen anual de la producción minera en alrededor de 23 millones de pesos, el de la agricultura en 29 millones y el de las manufacturas entre 7 y 8 millones. De modo que la agricultura superaba a la minería.
Además, la extracción era orientada primordialmente hacia el mercado interno y sólo los tintes comerciales, algo de azúcar, algodón, especias y condimentos se enviaban a Europa (lo que en promedio representaba en los años de paz alrededor del 20 % del total de las exportaciones). Es decir, el 80 % se quedaba en América.
La riqueza de la Nueva España era tal que se convirtió en el centro de la civilización occidental. Humboldt viajó a lo que es hoy Estados Unidos. Fue a las ciudades más sobresalientes, como Boston, Filadelfia, y Nueva York, pero aseguró que México era en esa época 20 veces más grande y muchísimo más importante, con una prosperidad realmente notable.
La deuda inglesa empobreció a Hispanoamérica, no España
Esto desmonta el mito que la región fue empobrecida, al punto de que muchos anhelan haber sido colonizados por los ingleses y no descendientes de los conquistadores españoles. Pero la realidad es que fue precisamente la corona inglesa parte del empobrecimiento de la región.
La deuda en la que incurrieron las jóvenes naciones para el proceso de secesión del imperio español -comúnmente conocido como independencia- requirió más de 150 años en pagarse. De modo que los británicos fueron no solo instigadores de este proceso sino que también financistas y en algunos casos, como Argentina, aprovecharon para invadir los territorios.
Por ejemplo Colombia –entonces conocida como la Nueva Granada- registra el pago de su deuda en libras esterlinas. En 1821 Francisco Antonio Zea consolidó la deuda colombiana en £ 729.342, equivalentes a 3´646.210 de pesos, dejando por fuera las £180.000 reclamadas por James Macintosh por suministros y barcos rechazados por su pésima calidad.
A la vecina Ecuador le tomó 150 años el pago de su deuda. Ante la dificultad de pagar 1,4 millones de libras, incluso estuvo sobre la mesa la posibilidad de entregar las Islas Galápagos, un tesoro único en el mundo.
El mismísimo “héroe de la independencia” Simón Bolívar decía que «Se pueden entregar al gobierno británico las provincias de Panamá y Nicaragua para que forme de estos países el centro del comercio del universo».
Por eso y más el historiador mexicano Fernando Cervantes exclama que la historia hispana es muy rica comparada con la expansión de la cultura anglosajona, más basada en el comercio y en lo material. De allí que llama a un entendimiento de las raíces comunes que tenemos todos los hispanos y de la cultura que ha surgido de ese encuentro.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
