España
El nauseabundo servilismo de algunos Mandos de la Guardia Civil con sus Amos Políticos: La Comandancia de Logroño, un ejemplo de bajeza y humillación consentida
Dicen que, últimamente, el responsable de la Comandancia de Logroño, ha solicitado cambiar unas palabras del lema de la Guardia Civil para adoptarlo a los nuevos tiempos socialistas: de aquel «El Honor es mi divisa» cree el Oficial al cargo que sería más adecuado cambiarlo por el mucho más realista «¿El Honor? ni se divisa».
Todo ello queda bien demostrado, parece ser, por lo acaecido en los últimos días en dicha Comandancia, que ha avergonzado a los mandos medios y números del acuartelamiento, por lo que de humillación tiene y de insulto hacia la ciudadanía ha provocado.
Hete aquí que, con motivo de la visita a la citada Comandancia de su excelentísima señora la Directora General (¿O será directore generale?) del Benemérito cuerpo de la Guardia Civil, la inefable y casi desconocida María Gámez Gámez, los oficiales superiores y mandos del lugar, henchidos de emoción e ilusión, sabiendo, además, que a esa «reunión de interés mundial» acudiría la eximia Delegada del Gobierno de La Rioja (acólita del PSOE) María Marrodán, tuvieron la genial ocurrencia de –agárrense ustedes los machos– organizar un bonito, patriótico y clásico «Vino Español«. Que para eso están en la Rioja y aquello es Logroño. Coño.
Si bien no tenemos la completa seguridad de si el evento etílico –el vino español– fue una luminosa idea del jerifalte benemérito o de la inefable Delegada del Gobierno, sí tenemos la completa seguridad de que esta individua, Delegada del Gobierno Comunista del Frente Popular que malgobierna España desde esa casa de lenocinio en que se ha convertido La Moncloa, hacía pocos días que había endurecido las condiciones de vida de la región, clausurando total, completa y absolutamente los servicios de hostelería en La Rioja y todo comercio no esencial. Con dos coj…
Es más; sabemos, porque nos consta, que en la propia Comandancia de la Guardia Civil se dieron instrucciones internas para extremar las medidas, prohibiendo incluso que dos compañeros pudieran caminar juntos por el patio, si no pertenecían a la misma «unidad de convivencia», bajo pena de sanción.
Pero, oigan, vean que es enterarse que va a venir de visita la zángana de la Directora General, y las normas se envían -por correo urgente- directamente al oscuro abismo por dónde amargan los pepinos.
¡Un vino Español! mandos, oficialidad, cargos políticos y representantes públicos soplando morapio de La Rioja –por supuesto– mientras los hosteleros se arruinan, sus familias pasan hambre y necesidades, se hunden en la depresión y la miseria, y algunos llegan hasta el suicidio.
Por no mencionar el bonito ejemplo de Honor, Disciplina y Vergüenza Torera que muestran a todos esos jóvenes Guardias Civiles que arriesgan sus vidas por amor a España y espíritu de servicio a la Patria.
¿No es esta acaso una imagen ideal, ajustada al milímetro con lo que desea este Gobierno y dictan sus reglas morales?
Efectivamente, señoras y caballeros. Para algunos Guardias Civiles -y solo para algunos, por fortuna- el Honor, ni se Divisa.
A los responsables de este desatino, de este desprecio a los muertos de la pandemia, a esos que se han ciscado en sus propias normas, que se han aprovechado de sus privilegios como agentes de la Autoridad para saltárselas, no haremos el menor reproche ni les afearemos su conducta. Nos limitaremos a pedirles -amablemente- que reflexionen, si es que son capaces de realizar esta simple tarea, sobre las siguientes palabras:
“El honor ha de ser la principal divisa del guardia civil; debe por consiguiente conservarlo sin mancha. Una vez perdido no se recobra jamás”
¡VIVA LA GUARDIA CIVIL!
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.


