Opinión
El pucherazo que viene
Pues, como decíamos ayer, alerta españolitos que triscáis entre raciones de bravas y birras, entre sálvames y futbolerías, porque ya tenemos aquí la madre de todos los pucherazos: el 10-N.
Decíamos ayer… yo fui una de las tres personas que vaticinaron el alevoso fraude electoral del 28-N ―una semana antes de que se produjera―, y aquí estamos otra vez, con el cuchillo entre los dientes, bajando al barro de nuevo, dispuestos a contar otra vez este «dejá vu» del espanto que se avecina en el sombrío horizonte de España. Y es que, españolitos, «la vida sigue iguaaaaal».
Para empezar la serie de artículos que dedicaré al tema, intentaré explicar en qué consiste un pucherazo tomando un símil de la vida animal.
En 1778, Edward Jenner, el descubridor de la vacuna de la viruela descubrió algo menos relevante para la historia de la humanidad, pero esencial para explicar la epatante dictacracia española, los extraordinarios fenómenos que se están desarrollando en España desde la Transición.
En efecto, en el año reseñado, Jenner reveló que había una especie de pájaros tan corruptos y deshonestos, que ponían sus huevos en nidos ajenos, para ahorrarse la engorrosa tarea de fabricarlos, y para que la especie parasitada se encargara de su alimentación. O sea, que estamos ante un ave «okupa»: el cuco. De ahí que la palabra «cuco» haya pasado a ser una metáfora para describir a los personajes que son muy listos, especialmente para engañar a los demás.
El fenómeno parasitario es de una precisión maquiavélica, pues el cuco es capaz de poner huevos de distinta coloración, por lo cual los puede camuflar en los nidos ajenos, engañando a la especie parasitada hasta el punto de hacerla creer que los huevos son suyos. A este fin, la hembra del cuco se lleva un huevo de la otra especie de ave y lo sustituye por uno suyo.
Y no acaba aquí la cosa, porque los pollos del cuco, una vez han eclosionado del huevo, expulsan del nido a los huevos y los polluelos de su anfitrión. La crueldad genocida de estos polluelos es tal que, en el caso de que coincidan dos cucos en un nido, pelean, y la cría más fuerte tira a la otra del nido, en lucha cainita.
La historia del cuco, como se ve a simple vista, es una perfecta parábola de la política española de siempre, pero alcanza una rara perfección a la hora de explicar la hora presente, pues nuestra Patria ha conseguido criar a un cuco devastador, a un personaje maléfico que amenaza con poner huevos socialistas camuflados en todos los nidos, es decir, en todas las urnas de las próximas elecciones, cambiando los votos de tal manera, que al final solo queden los suyos, arrojando de las urnas todos los que no sean socialistas. Con lo cual, igual que los huevos del carricero y la bisbita común se convierten tras el engaño en huevos de cuco, los votos de muchos partidos políticos ―en especial del PP y de VOX―, se transmutarán en votos socialistas.
En conclusión, el cuco es un ave que va de pucherazo en pucherazo, golpista de manual, metáfora perfecta para ilustrar el siniestro complot de los pucherazos políticos. Porque, damas y caballeros, estamos a las puertas de otro pucherazo, donde «alguien volará sobre el nido del cuco», paráfrasis de la famosa película dirigida por Milos Forman en 1975, que obtuvo cinco Óscars de la Academia, precisamente los más relevantes.
Nada tiene de extraño que esta película sea un paradigma perfecto para explicar el pucherazo que viene el 10-N, porque, además de la inmejorable comparación entre el Castejón y el cuco, también figura en ella la palabra «volar», la pasión más irresistible de Pedro, que va falconeando por esos mundos, que ve a vista de pájaro igual cómo arde España, que cómo se inunda, que falconea hasta para ir a conciertos, sin cuidar con su gasto de combustible ese medio ambiente cuya alerta ecológica ha declarado. Y es que ya lo decía más arriba: tenemos un cuco tan perfecto, que hasta hace sus vuelos en aviones ajenos, que ni siquiera vuela él, y, ¿qué cuco puede presumir de Falcon?
La película de Forman se basa en una novela de Ken Kesey del mismo título, cuyo origen hay que situarlo en una rima infantil americana: «Había tres gansos (u ocas) en la bandada. Uno voló hacia el este, uno voló hacia el oeste y uno voló sobre el nido del cuco». Título genial, pues en el manicomio donde se desarrolla la trama dos pacientes mueren y un tercero logra escapar. Pero lo más significativo es que en Estados Unidos, según la jerga al uso, «el nido del cuco» es una forma peyorativa de definir un manicomio.
Y, ¿existe una mejor forma de describir no solo la Monkloa, el Kongreso de l@s diputad@s, sino hasta a la misma España, que decir que estamos ante «el nido del cuco»? Pues como manicomio hay que calificar a un país donde la gente aparentemente sigue votando a un partido golpista, corrupto, mentiroso, pucheril, matacuras, quemaconventos y violamonjas; a un partido creador de paro, cuya política económica consiste en subir los impuestos a los autónomos y las clases medias para alimentar una agenda social cuyos principales favorecidos no son los españoles que pagan sus impuestos; a un partido cuyo Gobierno está formado por no pocos ministros que crean sociedades fantasma para pagar menos a Hacienda, con altos cargos presuntamente plagiadores de tesis, empezando por su líder; a un partido favorecedor de la inmigración ilegal, que se abraza con filoetarras, que no es capaz de decir que no indultará a los golpistas catalanes, otorgando prebendas sustanciosas a los catalanitas; a un partido cuyo líder es cruelmente vapuleado en los debates por sus opositores; a un partido que tenía como medida estrella la profanación de un cadáver, anunciada como inminente en julio pasado, y que todavía no ha sido capaz de cumplir; a un partido que está llevando a España a una inminente recesión, que quiere disparar la recaudación fiscal en 30.000 millones de euros, diciendo que la pagarán los ricos (sic); a un partido que amenaza gravemente las libertades constitucionales con leyes totalitarias de violencia de género, de identidad de género, y de memoria histórica.
Gran misterio éste, mediante el cual un señor-cuco, practicando estas dementes políticas, aumentará enormemente sus nidos hasta más del 30% ―incluso hay alguna encuesta tezanera que le llega a dar el ¡41,3%! de los votos―, viniendo de dos estruendosos fracasos electorales, los peores de la historia socialista. O sea, que un inepto, fracasado y perdedor, practicando una política basada en medidas que van contra los intereses del pueblo español, a los tres meses de volar sobre el nido de Rajoy en la moción de censura, cuando todavía no había puesto los huevos de los «viernes sociales», ya contaba con más de 120 diputados en las encuestas, ganado cuarenta escaños en unos meses.
Y ahora, en la siguiente voladura sobre las urnas del cuco, llegará todavía más allá, hasta la apoteosis. ¿No es esto un manicomio?
Y es que podemos decir algo parecido a lo que dijo Harry Limes, el malévolo personaje de la película «El tercer hombre»: 40 años de supuesta democracia en España, y… ¿qué tenemos?: el reloj de cuco.
Así que, españolitos, al loro ante el pucherazo que viene: tic-tac, tic-tac, tic-tac…
España
El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite
Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.
Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.
La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado
Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.
El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.
Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.
La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag
Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».
Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.
Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.
La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.
Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.
El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista
Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.
Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.
Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.
La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».
Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.
La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre
Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.
La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.
Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.
La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.
