Opinión
«El símbolo del fracaso» por Jano García
Todos, incluido el séquito de la turba morada, sabemos cómo Irene Montero ha llegado a ser ministra; lo que es del todo inexplicable, en cambio, es cómo llegó a ser cajera. Cada intervención de la asamblearia reconvertida en «ninistra» es un insulto al sentido común y la inteligencia.
Hay que reconocer que tiene mérito. Hacer el ridículo todos los días está al alcance de muy pocos, y si encima lo consigues por partida doble en veinticuatro horas el mérito es aún mayor. Tras una esperpéntica intervención en la que insultaba a Macarena Olona, la marquesa de Galapagar se vanagloriaba de que las niñas de 16 años van a poder abortar sin el consentimiento de sus padres.
Eso sí, seguirán sin poder votar, comprar una cajetilla de tabaco, conducir, entrar en una discoteca o tomarse una cerveza. Pero más allá del despropósito, el desprecio al ser humano que manifiestan es realmente inquietante. Perciben la vida de un niño inocente como si de una especie de producto adquirido a través de Amazon se tratara y que si no nos convence lo devolvemos. Un espectáculo de decadencia moral que refleja a la perfección la putrefacción en la que vivimos.
En un país sano –y siendo enormemente optimistas– Irene Montero sería la niñera y no la que disfruta de media docena de ellas.
Pero al haber derrocado la relación talento-éxito en España, nos encontramos con que este tipo de personajes son los que aprueban las leyes que posteriormente nos imponen a través del uso de la fuerza del Estado. Somos testigos, sin ser conscientes todavía de ello, de la más terrible derrota de la razón y del triunfo del vacuo sentimentalismo que nos ha conducido al borde del precipicio.
Irene Montero es el símbolo del fracaso de una sociedad que demuestra que cualquier ágrafo analfabeto puede autoproclamarse mesías de cualquier causa y contar con un rebaño de fracasados, amargados, resentidos, envidiosos, fanáticos y personajes espantados de ellos mismos que celebran la barbarie y aúpan a tipos indeseables.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
