Opinión
«Elecciones Andaluzas» por Miguel Ángel Velarde
Ante la inminencia de las elecciones andaluzas (ya huele a campaña), os doy un breve resumen de las posiciones políticas a elegir, sobre todo para los que sois del norte de Despeñaperros y no estáis muy al día de la situación de Vandalusia:
– PSOE: La mafia que se aferra como metástasis en las instituciones. La opción de los delincuentes, los criminales, los parásitos, lo que pretenden vivir sin trabajar, alrededor del 75% de los funcionarios, y de algún viejo que aún ve Canal Sur.
– PP: El partido socialista. La opción de alrededor del 20% de los funcionarios, de los jubilados y de los que quieren un mundo aburrido, ordenado y limpito, dirigido por unos señores con master, para evitar que su vecino (el de la tiendecita de la esquina) perpetre alguna barbaridad con la excusa esa de la libertad.
– Ciudadanos: El partido socialista de los que no consiguieron un carguito en el PSOE ni en el PP. Es la opción de los que les da vergüenza admitir que votan a algún otro y no pudieron esconderse en la cabina con cortinilla.
– VOX: El partido conservador, con asesores de imagen a los que pagan poco y que les odian. Es la opción de quienes buscan votar al PP de principios de los 90 y de los que están cabreados con el mundo.
– Por Andalucía: Los tontos del pueblo. La opción preferida de quienes se hartan de Cruzcampo tirados en un banco de la Alameda un miércoles por la tarde, de los que tienen objeciones filosóficas contra la ducha, y los afectados por años fumando porros.
– Adelante Andalucía: Los que eran tan lelos que no los quisieron en Por Andalucía. Liderados por la que guarreó las paredes del centro de Sevilla diciendo que era la Khaleesi de Andalucía (antes de llevarse un chasco y que en la serie acabara como una psicópata) y Wonder Tere, con diadema y todo.
– Del resto ni me molesto.
Miguel Ángel Velarde
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
